¡Cuán admirables eran sus cuerpos!
¡cuán bellos, cuán perfectos!,
¡cuánta curvatura exquisita modelada por los mismos dioses!
Javier y Pilar-Adelia eran hermosos
brillaban juntos,
la belleza los acompañaba a todas partes,
y cultivaban con orgullo el don que los dioses les habían entregado.
Su pasión era infinita,
su placer mutuo perfecto,
cuánto sexo ido y por haber experimentaban en sus camas,
cuántos mordiscos, cuánto semen chorreando por el cuerpo de la hermosa Pilar-Adelia,
cuánto coito furioso, cuántos aplausos en ausencia de las palmas se daban en las noches estrelladas, cuando el silencio de lo eterno acaecía en el mundo, y los amantes se entregaban gustosos al manjar de sus fluidos anhelados.
La vigina de Pilar-Adelia,
concha sideral, choro delicioso que con tanta pasión e intensidad deseaba a Javier todas las noches y todos los segundos, aquella almeja sagrada que en palpitación gustosa esperaba el pene mayor de su amante cósmico, sideral, su compañero de pasiones y juego exquisitos.
Pene de erecta pujanza, de poderosa voluntad, pene venoso hecho por los dioses era aquel que Javier poseía y con el cual tanto placer le entregaba a su amada. Pene ancho y largo, pene de vigorosas venas que parecían casi explotar al ver desnuda a la hermosa hija de venus que presenciaba obnubilado en el secreto de sus encuentros.
Su sexo era cósmico, sin duda,
eran los verdaderos representantes de Venus y Marte
a quienes buena ofrenda siempre ofrecieron en sus encuentros.
Por cada coito que el matrimonio realizaba,
el mito de los amantes arquetípicos se reactualizaba con vitalidad y auténtica realidad,
el numen de los viejos dioses era honrado en el acto primordial que la pareja efectuaba,
coitos de eterna magia y de enorme creatividad entre las delgadas sabanas de la cuna de su amor.
Así se daba el amor pasional entre nuestra pareja perfecta,
compañeros que lograron todo en la energización de sus visiones venideras.
Los dioses siempre les acompañaron, y una vida de abundancia fue la tónica de las estancias perfectas.
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