El estruendo de la música llama a que se la deje estallar
como estallido de supernovas lejanas nunca antes vistas por el hombre,
de la imagen de los antiguos que fue trastocada por algunos imbéciles adictos a los números
y la materia.
Se quedaría corta la seguidilla,
y no encontraría camino acaso
si un ente existente no reclamara el derecho propio de mencionar realidades secretas
y expuestas a todo el mundo en cuestión de eones,
y millones de situaciones que no incumben al hierofante.
Las secciones de los tiempos venideros
se entrecruzan como entablando un diálogo,
mientras Hermes hace de juez mediador encaminando a las estancias estelares,
aquella imagen inimaginada,
discutida por tantos filósofos que nunca han llegado a nada,
y nada por tanto entablados y referencias,
de aquel sonido que se dejó morir,
en los estruendos ondulados que quedaron en el rumor de los espacios,
cuando la imago se hizo carne,
y la cruz se irguió ahora como una posibilidad extraterrestre
e intraterrena, pues lo que sube también baja,
y lo que se proyecta en el espacio también entra en las posibilidades inciertas de la psique.
Todo este diálogo no es otra cosa que un cantar de los dioses,
tan incomprendidos y esterilizados en simbologías antropomorfas,
que solo quedaron como el recuerdo vano de una conjetura estética.
Pero los poderes del alba son reales para quien entabla en valentía la interacción,
y se atreve a alzar el verbo como aquella apuesta hacía el vacío,
donde el abismo comienza a contemplar nuestra pequeñez humana,
y lo indeterminado habla en el sonido del viento, y en la falsa idea de la muerte,
y deja en evidencia que los pastizales una vez pensados en los recuadros del opus alquímico,
fueron reales y palpables, tanto así como una geometría en posibilidad que se acalló cuando llegara.
Para eso deberíamos considerar que la palabra efectivamente crea una posibilidad celeste,
como tan claramente asignó Huidobro y William Blake en aquella isla lejana,
donde los celtas miraban las estrellas, y uno que otro misterio en la oscuridad de la noche.
Ahora las grandes mentes apuntan a los astros, al intercambio de hogar hacia alguna otra esfera posible, y se especula en osadía e ingenuidad que la solución estribaría en buscar otro punto en el espacio y el tiempo de todas las posibilidades, pero no ven que aquella oportunidad buscada está suspendida en el misterio infinito de la cuestión del ser.
Tambores y mas tambores,
y las voces de una tribu indivisa
que canta pero no se le halla en ninguna parte,
pues ¿de dónde viene el sonido sino de adentro donde uno puede considerar que lo vivo es eterno?
Vivamos para contarlo,
y muremos para callarlo.
J.F.
como estallido de supernovas lejanas nunca antes vistas por el hombre,
de la imagen de los antiguos que fue trastocada por algunos imbéciles adictos a los números
y la materia.
Se quedaría corta la seguidilla,
y no encontraría camino acaso
si un ente existente no reclamara el derecho propio de mencionar realidades secretas
y expuestas a todo el mundo en cuestión de eones,
y millones de situaciones que no incumben al hierofante.
Las secciones de los tiempos venideros
se entrecruzan como entablando un diálogo,
mientras Hermes hace de juez mediador encaminando a las estancias estelares,
aquella imagen inimaginada,
discutida por tantos filósofos que nunca han llegado a nada,
y nada por tanto entablados y referencias,
de aquel sonido que se dejó morir,
en los estruendos ondulados que quedaron en el rumor de los espacios,
cuando la imago se hizo carne,
y la cruz se irguió ahora como una posibilidad extraterrestre
e intraterrena, pues lo que sube también baja,
y lo que se proyecta en el espacio también entra en las posibilidades inciertas de la psique.
Todo este diálogo no es otra cosa que un cantar de los dioses,
tan incomprendidos y esterilizados en simbologías antropomorfas,
que solo quedaron como el recuerdo vano de una conjetura estética.
Pero los poderes del alba son reales para quien entabla en valentía la interacción,
y se atreve a alzar el verbo como aquella apuesta hacía el vacío,
donde el abismo comienza a contemplar nuestra pequeñez humana,
y lo indeterminado habla en el sonido del viento, y en la falsa idea de la muerte,
y deja en evidencia que los pastizales una vez pensados en los recuadros del opus alquímico,
fueron reales y palpables, tanto así como una geometría en posibilidad que se acalló cuando llegara.
Para eso deberíamos considerar que la palabra efectivamente crea una posibilidad celeste,
como tan claramente asignó Huidobro y William Blake en aquella isla lejana,
donde los celtas miraban las estrellas, y uno que otro misterio en la oscuridad de la noche.
Ahora las grandes mentes apuntan a los astros, al intercambio de hogar hacia alguna otra esfera posible, y se especula en osadía e ingenuidad que la solución estribaría en buscar otro punto en el espacio y el tiempo de todas las posibilidades, pero no ven que aquella oportunidad buscada está suspendida en el misterio infinito de la cuestión del ser.
Tambores y mas tambores,
y las voces de una tribu indivisa
que canta pero no se le halla en ninguna parte,
pues ¿de dónde viene el sonido sino de adentro donde uno puede considerar que lo vivo es eterno?
Vivamos para contarlo,
y muremos para callarlo.
J.F.