Así viajaba yo en el Portal 64 de la Estancia 18 del Astral Mayor. Viajaba, sin duda, bajo la guía de Mercurio. Allí vi oro, mucho oro; vi el fundamento de las riquezas en la prístina fugacidad de sus movimientos.
El éxtasis era magnánimo. Entendía la fórmula perfecta de la consecución real de las grandes riquezas indestructibles. Fue así que vi cómo esa semana Javier recibía, entonces, tres pacientes nuevos que se incorporaban a su flujo nutrido de pacientes y buena clínica, porque sus pacientes abundaban y sus días se llenaban de sesiones varias con diferentes almas en busca de la esencia de lo que les pertenecía por derecho.
Vi el flujo nutrido del cual gozaba: una cuenta bancaria que diariamente recibía dinero, que diariamente aumentaba el número de dinero que albergaba en su fuente digital. Vi el movimiento, sentí la solidez, como así también vi la solidez de los soldados Kalirvalianos marchando hacia una nueva conquista gloriosa, y los emperadores dorados bajo el manto de Júpiter sonriendo en la certeza de su victoria segura.
Vi la expansión. Vi un imperio que ganaba terrenos jamás explorados por el hombre; vi un reino que logró un poder eternamente expansivo que jamás nadie había podido alcanzar en sus vanas ambiciones. Vi el poder sideral de una ciudad que logró la conquista del mundo con su economía, y así vi la correspondencia de los flujos, de las transacciones, de los movimientos eternos.
Vi a Mercurio —pues sí, lo vi otra vez—, pero lo vi en su esencia poderosa, en su multidireccionalidad y perfecta sincronía. Vi llegar el dinero abundante cuando tenía que llegar. Vi niños comer con placer; familias satisfechas cuyas cosechas florecían bajo la bendición de Deméter. Vi una pareja de amantes en fogoso coito bajo la luz de la luna, en los pastizales cercanos del templo de Dionisos, y el dinero circulando entre mercaderes, y mucha, mucha materia prima llegando desde barcos.
Vi bancos floreciendo, un sistema perfecto de higiene, caminos complejos y altamente tecnológicos; un imperio que estaba interconectado por cada una de sus fronteras. Vi a los brujos adquirir poder, a los magos ascender a la Henosis prometida; vi todo aquello bajo el ojo sideral de las Siete Realidades Infinitas.
Porque todo estaba confluyendo bajo una misma pujanza sideral y las correspondencias herméticas se daban justas, pues lo que pasaba en Kalirvalion bien se manifestaba en la realidad terrenal de Javier en su cotidiano. Se co-pertenecían; eran dos núcleos inseparables de la realidad, los nodos fundamentales de la creación de los mundos. Todo se daba eterno y la abundancia extrema iba mostrando sus frutos, y Javier comprobando el poder de su voluntad tan solo con su palabra, en la medida que organizaba en símbolo lo que exactamente quería en el centro de su corazón.
Así se iban dando las visiones: visiones de los hechos exactos, del dictamen de los dioses, del logro de la magia sideral jamás nunca conquistada por los eternos.