Y allí estaba volando Mercurius Lucrum, de ciudad en ciudad, como la fuerza omnipresente que aquel realmente era, repartiendo el oro divino hacia los diferentes puntos energéticos de Kalirvalion.
Voló por el puerto de Pelidión, activando los núcleos lumínicos de la energía abundante: el padre Júpiter quería a ese puerto especialmente activo para las próximas semanas, pues estaba vaticinado que llegaran muchas nuevas reliquias al dominio kalirvaliano, provenientes de las recientes y lejanas colonias conquistadas por el excelso ejército.
Así entonces era como Mercurius ejecutaba las órdenes del grandísimo, potenciando los puntos estratégicos de la abundancia sacra.
Esta operación tenía un fundamento mágico secreto que solo algunos grandes iniciados del reino sabían. Todo el movimiento estaba en relación a generar nuevas condiciones materiales para proveer de un receptáculo firme y fuerte a un nuevo ciclo de espiritualización en Kalirvalion.
Júpiter, quien en su omnisciencia comandaba este proceder, tenía planificado para Kalirvalion consagrarse como una ciudad receptáculo de las hénades primordiales de la realidad una. Lo que estaba sucediendo en Kalirvalion era un proceso de encarnación: los dioses estaban adquiriendo forma para poder operar en los dominios densos y así espiritualizar la materia y ennoblecerla bajo el dominio de la inteligencia superior.
Y para esto, Kalirvalion debía volverse eternamente rico; las riquezas debían ser extraordinarias, el oro de inconmensurables cantidades, para así consagrar el receptáculo perfecto para el proceso de henosis colectiva.
De ahí que Mercurius activara todos aquellos puntos, pues eran los preparativos necesarios para las próximas etapas del proceso alquímico imperial.
Esto, en términos concretos, significaría un extraordinario incremento de riqueza para todas las esferas de la población. Todos se harían más ricos, a un nivel que ningún tipo de reino o sistema político ha contemplado con anterioridad.
Ese era el mandato, y aquello era lo que debía realizarse. Júpiter era el benefactor de un impresionante proceso de enriquecimiento espiritual.
Porque lo sacro, en Kalirvalion, era sinónimo de riqueza, y para sacralizar la tierra se debía lucrar hasta alcanzar cantidades de excedentes cada vez más extraordinarios.
Así se daban las cosas, y Mercurius Lucrum hacía su trabajo en todos los rincones del imperio.