La vida sexual de los emperadores era exquisita, enormemente placentera y plena. Sus sexos se amaban con pasión todas las noches bajo el influjo de la diosa Venus, en el que sus cuerpos se unían en coito y vivían el sexo más pasional y pornográfico que pueda imaginarse.
Sus encuentros sexuales se daban todos los días, en coitos que duraban unos 10 minutos por lo general. Su sexo era realmente un ritual en el que entraban en comunicación con los dioses, un acto de magia archi-sideral en la que tomaban control de las energías el cosmos.
Su sexo se daba de manera privada y también en eventos ritualísticos en los que los emperadores se unían en coito para realizar actos de magia sexual para la gloria imperial. Estos eventos eran de suma seriedad, y solo podían asistir los iniciados en las altas magias de los diversos dioses y escuelas del imperio. El sexo de los emperadores era un motor primordial de todos los movimientos mágicos, económicos y militares del reino. En ellos yacía el motor generativo de todas las manifestaciones del imperio. De ahí que los emperadores funcionaran como deidades encarnadas elegidas por los grandísimos dioses eternos: ellos eran el axis mundi, los sostenedores del cosmos imperial, los estandartes de la civilización y los representantes del proyecto jupiteriano aquí en la tierra.
Pero además de ritualístico, los emperadores tenían un sexo desde una pasión y amor personal genuinos que les hacía sentirse pertenecedores del uno al otro, marido y mujer que enamorados gobernaban juntos el destino del mundo.
Era así que los emperadores se amaban y gozaban en placer. Reivaj y Aileda-Ralip encarnaron la fuerza, la magia, el amor, la abundancia y la pasión por siglos y siglos.