Tratar un hecho llano,
es realmente una aventura de la que pocos salen vivos.
Los hechos no son jamás sitios de facto,
se dibujan y se corroen con el correr de los años decrépitos,
llenos de sensaciones y una vida pasada ida y por venir,
como un círculo que se invierte y se devuelve hacia el final de todas las cosas.
Desolación de los tiempos sempiternos,
un final a cada cosa que comienza,
un ocaso que se esfuma en la porosidad de una muchacha apunto de parir,
como figura retórica de un poema nunca realizado.
Distinciones de acaso una sola cosa que no es posible discriminar,
y así de interrogantes los parlantes interceptan algunas ondas y frecuencias,
de un pasado arcaico que quedó en el aire,
como una fantasmagoría en agonía pero digno en entretiempo,
una pausa,
y pensarnos como hechos en línea recta, de un vacío hacía una displicencia que no se admite.
Rectángulos intrauterinos,
de dioses y diosas en una configuración de mentiras que en el fondo eran reales,
la gran paradoja de los otros,
de ser uno otro y uno mismo,
y miles al mismo tiempo y en otro sitio,
lugar,
planicie,
o quizás alguno que otro espacio que ni siquiera puedo nombrar a ciencia cierta,
porque lo real es siempre un fluir hacia cosas que no se conocen,
una apuesta enorme hacia lo vacuo,
a la tristeza eterna de ser felices,
y entablar disociaciones donde un erudito quería hallar la razón de las culturas.
El aliento es un reflejo de aquel rumor que se nos dijo un anteayer,
plasmado en verdades reveladas que terminaron a rajatabla sobre el silencio de los inocentes.
La verdad se vuelve tonta cuando se la deja caer por pendientes que no llevan sino a la cloaca de las sombras
imperecederas,
y diferentes si se quiere ser más preciso,
¡Cuánto ámbar habré gastado en el intento de que otros pudieran comprenderme!
Es que realmente no hay otros en cuestión que puedan releer los apócrifos y las necesidades narcisistas de corporaciones internacionales que unos cuantos locos tildaron del imperio venidero del caprino jamás bien ponderado.
Que se quemen los tejados,
y salga el humo feroz,
pues lo perecedero es deseable en su sentido inverso al sentido extraoficial.
Digámoslo:
lo vivo es siempre una muerte en tempo fuerte.
J.F.