Los ritos mercuriales, eran festividades muy propias de la ciudad de Kalir que eran celebradas cada 6 meses estacionales al año. La ciudad de Kalir poseía un mito fundacional –del cual ya tendremos tiempo de narrar– que vinculaba al estado a la figura sagrada de Mercurio. Kalir por tanto era una ciudad de mitología profundamente mercurial y jupiteriana tanto en relato como en prácticas místicas y religiosas.
Los ritos mercuriales, como se viene diciendo, eran festividades consagradas al fugaz Mercurio, dios regente de todas las transacciones económicas del imperio. Estas festividades, llamadas a veces tan solo como las mercuriales, se daban en una siguiente estructura general. El rito era celebrado el primer miércoles del solsticio estacional, en el que toda la ciudad se reunía gozosa alrededor de la plaza de Forágide, el corazón central de la ciudad imperial, para presenciar y ser partícipe de la excelsa ceremonia. Allí, el rito partía con desfiles de hombres disfrazados de pastores que movilizaban vacas y ganado, y exhibían estandartes que en su punta sostenían banderines impresos con la palabra lapis auri aeterni. Los hombres desfilaban 8 veces en dirección de las manijas del reloj, para luego detenerse y formar un camino con piedras que se abría más allá de la plaza y abrirse a los suburbios de la ciudad. El círculo de la plaza central era ampliado los límites fronterizos de la ciudad, para formar una circunferencia limítrofe que rodeara todo el arco de la metropoli. Al formarse el gran círculo, eran asignados 8 corredores que tenían la misión de representar al intrépido Mercurio. El primero, disfrazado del astuto Mercurio, partía desde la plaza de Forágide con una gran bolsa de oro, para correr con energía hacia su relevo que lo encontraría unos kilómetros más allá. Al encontrarse con el relevo, este recibía la bolsa y corría hacia su siguiente relevo para hacer la transacción. Esto se repetía hasta que el octavo y final regresaba al centro de la ciudad, para encender una llama central con hiervas e inciensos que yacían sobre una ofrenda de oro, riquezas y especias de todo tipo. En esto, los emperadores aparecían escoltados para encender la primera chispa de llama. Al realizar el acto de iluminación, los emperadores se inclinaban ante el gran altar, los militares quienes le escoltaban le seguían y luego debían seguirle los subditos. Ya todos inclinados ante la ofrenda, se hacía un canto reverencial al gran dios de los ladrones. Luego, los emperadores se inclinaban en una pequeña cama y hacían en amor como una ofrenda sexual al dios de los comercios. El acto terminaba con un gran canto que luego derivaba en una gran fiesta donde todos celebraban.
Este gran rito, muy propio de la capital imperial de Kalir, tenía una potencia mágica impresionante y era profundamente valorado por el dios Mercurio. A través de estos ritos, el vínculo entre la ciudad de Kalir y Mercurio se renovaba y fortalecía de forma exponencial. Cabe de mencionar que luego de la realización de festividades bianuales, solían venir semanas extremadamente abundantes y auspiciosas donde las transacciones comerciales se multiplicaban a pasos agigantados. Cada una de estas explosiones de crecimiento eran saltos exponenciales que llevaban al imperio a otro nivel de prosperidad. Por cada mercurial el imperio expandía su poder económico en movimientos financieros que multiplicaban las riquezas al triple.
Era así como el imperio de Kalir crecía exponencialmente y expandía su influencia económica hacia niveles cada vez más altos. Es por esto sin duda, que Kalir llegó a convertirse en el imperio más poderoso jamás haya existido sobre la tierra. Sobre el tipo de economía y los movimientos económicos que solían darse en el imperio, ya se hablará en otra ocasión.