La fiesta de las musas y los nobles caballeros
se da presidida por los dioses
una gran fiesta
una fiesta inolvidable
bajo la protección del gran Júpiter,
bajo el estímulo de Sátiros y Ninfas.
Deliciosos manjares
y deliciosas licores u néctares,
las risas y los cuerpos se tocaban los unos a los otros,
bajo el éxtasis de la noche festejada
de los dioses en fiesta, de la vida en celebración.
La salud y la inmortalidad era el don de todos sus asistentes,
una gran fiesta acaecida en los salones celestes de la más fina aristocracia,
llenos de vitalidad y de erotismo estimulante.
Bebidas e influjos,
grandes conversaciones,
encuentros inolvidables.
Porque la fiesta era sagrada bajo las estrellas primaverales,
y las hojas de los árboles bailaban en danza mística,
mientras el estado de ebriedad se daba suave bajo la mente de los asistentes.
Una buena fiesta, una enorme fiesta,
vivida allí en los jardines de palacio Raful-duhá,
aquel palacio arquetípico, milenario, sagrado, augusto.
Así fue la fiesta en la que el placer, la vida y los dioses se celebraron jubilosos,
bajo el silencio exquisito de los rumores sin rostro.