Allí estaba Galicanto, un monje de jerarquías medias que con devoción presenciaba la hermosura de la devoción mercurial.
Su canto se tornó absorto,
la imagen de Mercurio tomó lugar en toda la consciencia del chico,
quien con fervor cantaba los mantras que en el templo se llevaban a cabo colectivamente.
La concentración era intensa, sostenida, y con una intensidad que incrementaba con cada verso del rezo litúrgico.
De pronto sintió que la imagen ya imbuía todo lo que era,
su yo dejó de existir para dar paso a la inconmensurabilidad de la imagen divina.
Mercurio irradiaba su luz y Galicanto recibía extraordinarias intuiciones de sutilezas que eran imposibles de traducir en el lenguaje común.
En eso, algo cambió dentro de su flujo interno,
una especie de transposición o transfiguración.
De la imagen omniabarcante de Mercurio parecía haber algo más allá,
una verdad secreta, una realidad aparte, una verdad invisible que comenzaba a sugerirse en las extraordinarias visiones.
Y fue entonces que se realizó en la extraordinaria realización: Mercurio y él eran uno, la unidad primordial los cobijaba en el seno mismo de la verdad absoluta del Ser primordial que le ha dado vida a todas las cosas.
Comprendió en el instante de un destello
que su verdadera naturaleza no era otra cosa sino la consciencia superior, el dios supremo, el Ser originario que le dio vida a todas las cosas. Mercurio, dentro de este mapa, no era otra cosa sino un espejo, un señuelo, un recuerdo que el Ser mismo se había colocado ante sí, para tener constancia de su propia verdad absoluta. Mercurio existía para hacerle recordar al Ser que él era en esencia la verdad absoluta de todos los acontecimientos.
Esto parecía extraordinario e iba más allá de la religiosidad común de las religiones medias.
Tomó algo de consciencia y recordó algunos textos de magia y misticismo no dual que alguna vez leyó en la biblioteca mayor de Salamicia. Parecía ser que no todos los ciudadanos de Kalirvalion estaban al tanto de la profundidad de la verdadera realidad. Pero los magos mayores, las jerarquías encargadas de los movimientos energéticos particulares, parecían saber más al respecto.
En estas divagaciones, el monje central se volteó para mirarlo fijamente.
Galicanto se estremeció, pues parecía haber “escuchado” las comprensiones que le venían surgiendo al entusiasta discípulo. La mirada fue definitiva y tremendamente reveladora: lo que los ojos del maestro transmitían era que los misterios de este templo sí están al tanto de tales verdades.
Aquello fue un balde de agua fría y un cable de cordura para nuestro monje. Comprendió que la revelación a la que estaba accediendo era la verdad profunda y absoluta que el templo, en sus prácticas, protegía y fomentaba en experiencia.
Galicanto no era el primero en realizar esta verdad, pero tal verdad era auténtica y le liberaba de numerosísimas ilusiones.
