El fuego central se mostraba poderoso
mientras los monjes entablaban sus cantos frente a la gloriosa estatua de Júpiter.
El templo estaba lleno de tonalidades doradas;
riquezas de todo tipo yacían ahí, ofrendadas al dios,
y los ornamentos brillaban gloriosos bajo el oro sagrado de su tratamiento.
La numinosidad que acaecía en esos espacios era una experiencia que no podía referirse con palabras precisas.
El poder se sentía en potencia,
la sacralidad del mysterium desplegaba su transparencia entre los asistentes
y el Templo Mayor de Júpiter de la ciudad de Aramtricia brillaba con luz invisible,
atrayendo sobre sí la riqueza superior del dios padre, asegurando la expansión y la gloria venidera de Kalirvalion. Pues era sabido que Aramtricia poseía una tradición jupiterina extremadamente rica y compleja; los ritos celebrados en la ciudad eran admirados por todos los ciudadanos del imperio.
Porque la belleza florecía en la devoción de sus practicantes,
la potencia mágica podía presentirse en la vibración de sus espacios
y el Templo Mayor de Júpiter era la prueba viva de aquello.
Porque así rugía el canto de los teurgos:
se proyectaba a realidades celestes
para prefigurar la abundancia venidera.
Eran cantos sublimes,
de lenguaje ininteligible,
solo identificados por Júpiter-Zeus, quien en su omnisciencia recibía las ofrendas y se alimentaba de la grandiosidad que en Aramtricia acontecía.
Porque los teurgos de Aramtricia eran iniciados,
verdaderos receptores de la revelación divina
verdaderos receptores de la gnosis,
que en certeza absoluta ejercían su su proceder.
Y así se daba todo: el templo entronaba sus llamados,
estableciendo la conexión indispensable con las hénades primeras.
El horizonte del porvenir se mostraba como una promesa y dicha para la cultura aramtriciana.