Y ahí estaba en la colina, el gran Júpiter mirando al horizonte, preparado para mostrarle enseñanzas importantes a Javier, mientras la presencia de Mercurio mediaba este encuentro.
Júpiter alzó su mano extendida hacia el cielo, señalando la extensión del horizonte dorado que allí se divisaba, bajo el sol de un hermoso y brillante atardecer. Júpiter con sus manos comenzó a expulsar grandes torrentes de energía eléctrica, que iban generando múltiples puntos explosivos. A unos 15 metros un poco más arriba de ellos iba generándose una gran esfera de energía y electricidad que se iba acumulando. Desde la esfera, iba apareciendo una luz aún más brillante en el centro de esta, todo daba la impresión de un núcleo poderoso de pura voluntad concentrada en un punto. Cuando la esfera estaba lo suficientemente cargada, el largovidente la lanzó hacia el espacio natural. Automáticamente, en el contacto de la gran bola de energía con el piso, emergió una gran y hermosa ciudad imperial, del estilo helénico y grecolatino de antaño.
Júpiter transportó a nuestro protagonista y a Mercurio al centro de la ciudad, donde estaba el templo religioso y político de la polis. Júpiter indicó telepáticamente las condiciones necesarias para la preservación de los imperios: voluntad, poder, sabiduría y sentido de proyección futura. Esos eran los ingredientes básicos de todo gobernador próspero. El gran dios les invitó a pasar al gran salón del templo: una bóveda circular cuyo techo estaba adornado con sorprendentes pinturas. Todas ellas representando a las grandes fuerzas sobrenaturales de los dioses. Júpiter miró a Javier, indicando que el recuerdo de los dioses, de las fuerzas cósmicas en su conjunto, es esencial para la protección de todo reino. Los dioses deben estar presentes en cada uno de los movimientos del imperio. Todo quehacer se hace en compañía de los dioses.
Javier, mientras escuchaba, iba experimentando una sensación de expansión y de gran poder. Comprendía desde un lugar indescriptible la absoluta necesidad del recuerdo de los dioses en sus actividades cotidianas. Los dioses le dan empuje a la vida y despejan el terreno para que la verdadera voluntad gobierne el mundo. Javier, junto a Júpiter, se sentía tremendamente poderoso.
Luego de eso, Júpiter les hizo pasar a otro salón que tenía un espacio circular abierto en el techo, desde el cual un gran haz de luz caía hacia el centro del salón, y numerosas monedas de oro descendían de los cielos. Ese, era el centro generador de todas las riquezas del lugar. El dinero se generaba por intervención y gracia divina, ese era su origen. El dinero tenía un vínculo directo con la divinidad, era la expresión materializada de su poder. En el centro del templo, se generaba una hendidura circular que desembocaba en un orificio por el cual todas las monedas caían. El orificio daba hacia los canales ocultos de la riqueza del estado, que en sus ductos internos mantenían fértil y próspero todos los rincones del imperio.
Júpiter le mostraba todo esto a Javier, porque tal ciudad sería el receptáculo astral de su crecimiento económico jupiteriano. Esa ciudad sería la estancia astral destinada a desarrollar el crecimiento de la abundancia en la vida de Javier, hacia realidades antes no imaginadas por nuestro protagonista. Júpiter estaba aprobando las bases del éxito y la prosperidad de Javier y su amada Pilar-Adelia para los años venideros.