Allí en el manantial,
bajo la cascada de Fólide —legendaria por las historias mágicas del folclore local—,
yacían los sátiros y las ninfas, disfrutándose en goce bajo la hermosura de su sacralidad.
Yacían preciosos: algunos en descanso, otros en goce y juego,
otros disfrutando de la frescura del agua santa.
Seres celestiales de ensoñada fantasía,
de inocente y lasciva impulsividad,
que a tan placenteros coitos se entregaban en sus cuerpos.
Las ninfas provocativas purificaban sus cuerpos en el afluente de la vida,
mientras los sátiros, en gozoso descanso, dormían; soñando quizás con los dioses mayores, que desde las alturas presidían el goce de su placer y dicha.
Porque en Kalirvalion los seres sobrenaturales todavía podían divisarse en la virginidad de la naturaleza vasta, y no era sino en Tamotricia, el continente más virgen en cuestión de tierras naturales, la región donde los seres míticos aún vivían en su merecida independencia y sacralidad.
Las ninfas y los sátiros eran adorados por una serie de cultos,
y numerosas escuelas mistéricas fueron fundadas alrededor de sus enseñanzas.
Porque no eran sino la expresión máxima de los misterios pánicos,
de los misterios dionisíacos dados en su más exquisita seguidilla de placer erótico;
no eran sino la expresión natural de los hijos de Hermes-Mercurio, que se entregaban en éxtasis en la simbiosis originaria del poder salvaje.
Y así podían verse,
disfrutando del paraíso original de la tierra prometida,
de la naturalidad sin moral, sin lenguaje, sin restricciones.
De sus cuerpos se evidenciaba el misterio superior,
de sus orgasmos se revelaba la dicha eterna de los astros,
y la inocencia extraordinaria se hallaba uno con el placer eterno.
La sacralidad natural expelía su verdor hasta las latitudes inciertas de la realidad primera,
para hacer eternos los instantes, para inmortalizar el juego irreflexivo de la sabiduría innata de la lascividad irrestricta.
Los sátiros y las ninfas eran dichosos,
y la magia en Kalirvalion florecía en la preservación de las inteligencias primitivas de la sacralidad salvaje.