Excelsa flota naval de la sagrada Kalirvalion
que con furia aplastaba a los navíos enemigos,
se alzaba monstruosa hacia la conquista de los nuevos horizontes marítimos.
La batalla se veía tremendamente favorecida para el imperio prometido,
que tenía la seguridad del cobijo jupiteriano.
Los arcángeles cantaban los buenos augurios,
y el general Rilaxio comandaba sus huestes con el éxtasis de la victoria encaminada.
El escenario era extraordinario,
una ola de poder sobre los enemigos, que uno a uno sucumbían frente al ímpetu invulnerable de Kalirvalion.
La batalla se daba en favor de la luz,
el destino victorioso le pertenecía al imperio prometido,
que no hallaba límites en la expansión de su poder.
Pues era sabido que el mar de Valivar era abundante en islas metalúrgicas,
llenas de oro y buenas especias,
de dignidad y abundancia sacra.
Toda la abundancia era por derecho el destino de los grandes kalirvalianos,
y Júpiter beneficiaba su poder para la consecución de la gloria expansiva.
Los soldados luchaban con orgullo, con pasión aguerrida, con la valentía de ser los elegidos del gran dios. Porque el dios supremo era su regente, el rugido de su inspiración profunda, su señor quien dictaba los designios de la gloria eterna.
Porque el ejército de Kalirvalion era imparable, y aquella batalla matutina no fue la excepción. El poder de la luz se abría paso para derribar a todas las naves insurrectas e insolentes con el gran reinado sagrado.
Fue así como la extinción del enemigo fue la regla,
y los navíos fueron hundiéndose uno a uno hasta despojar a las islas de Valivar de su protección ilegítima. Se hundía en la derrota enemiga a los insolentes que osaron con ingenuidad desafiar al Sacro Imperio Kalirvaliano.
A eso del medio día fue que la victoria pudo cantarse para los buques kalirvalianos,
que con gloria intacta recibieron la victoria excelsa bajo Helios, que les cantaba con su hermosa luminosidad.
Fue así como se dio la consumación de la conquista marítima y la nueva anexión de las islas sureñas.
Una victoria de la que quedarían resonando ecos en toda la eternidad.