El curso de mi imaginación es impreciso,
refluye como una serpiente en pantanos acuosos y densos.
Cuando una figuración se me hace presente,
no hay nada en realidad que mi acción pueda realizar,
la visión en sí misma se me da como de antemano
y me instiga como receptor para que le trate con su debida reverencia.
Soy un pescador de ideaciones imposibles,
y lanzo anzuelos sobre océanos que desconozco pero que logro entrever.
En las fisuras de mi percepción interna hay rezagos de religiosidad pasada
y figuras que desfilan como chispazos intermitentes, hermosamente inestables.
Rezo ante mi mismo para que algún día la animosidad de lo oscuro me hable,
y me cuente los secretos que alguna vez conocí pero decidí olvidar.
La consagración de mi vida es un ir sin freno hacia aquello que fui y seré,
aquel gran salón de la no-dirección que cobijó mi deseo de existir,
antes que los ojos se abrieran y contemplaran el rostro invisible en el espejo del cosmos.
J.F.