Estoy en mi laboratorio mágico. Al centro, hay una pequeña plataforma que magnetiza energía verde intensa. Atrás mío está mi mesa con artefactos de magia y sustancias alquímicas. A mi lado, ahora veo a Mercurio; parece saber lo que estoy haciendo. No lo llamé, pero llegó gustoso; parece haber acudido solo.
Trazo un cuadrado de luz en el piso donde escribo unos códigos que parecen tecnológicos. Me siento experimentado, como un mago de muchos años de experiencia. Ahora me paro y comienzo a recitar palabras de poder. De mi boca sale un vapor que se eleva y parece estar llamando a las energías cósmicas. Llamo a Asclepio, el dios de la salud. Mercurio me mira como aprobando lo que estoy haciendo.
En el centro de la plataforma aparece un rayo de arriba hacia abajo y, de él, un espíritu lumínico y brillante que parece estar identificándose como Asclepio. Ahora lo escucho y parece ser un daimon de Asclepio. Mercurio me mira y me asiente con la cara: el proceso va bien. Saco un libro y comienzo a recitar unas oraciones. El libro es antiguo, muy antiguo. Las palabras que me salen son de un idioma que no reconozco ahora; al parecer, son rezos mágicos en relación a la deidad de Asclepio.
Le rezo con convicción, con un sentido de autoridad. Me siento un mago viejo; casi que puedo sentir mi barba, mi túnica y mi gorro. Soy como un Merlín del plano astral. Sigo recitando. Ahora saco una varita y trazo unos triángulos en el piso: uno hacia arriba y otro hacia abajo. Con mi mente, ahora uno esos triángulos de luz y forman una estrella de seis puntas. Me posiciono dentro.
Ahora recito mi petición. Le pido al daimon de Asclepio que me dé salud y bienestar. Específicamente, le pido que mis exámenes salgan bien y que mi salud esté en buenas condiciones; que mi sangre esté limpia y vital, y que todos los exámenes arrojen una excelente salud para mí. También le pido que me sienta mejor de aquí en adelante, que se disuelvan estos estados de malestar que he estado experimentando y que la salud se dé fuerte en mí.
Me callo, cierro los ojos. Comienzo a visualizarme con muy buena salud, viendo los exámenes y dándome cuenta de que todos indican que tengo excelente salud. Me imagino hablando con un doctor que me dice que estoy bien y que logra identificar lo que me estaba pasando: un poco de estrés, alergia y los virus que han estado circulando desde la pandemia, pero que fundamentalmente estoy bien. Me siento bien al ver todo esto; muy vital, aliviado, con mucha fuerza y energía.
Vuelvo al espacio ritual y ahora, con mi varita, trazo un sigilo de luz en el aire y lo envuelvo en un círculo. El daimon me mira y yo se lo entrego. El sigilo se proyecta al corazón del daimon y él asiente con convicción: ha recibido la voluntad. Todo parece darse bien. Yo recito unos cuantos versos más y le digo al daimon que puede marchar en libertad. Quedo con una buena sensación. El daimon desaparece.
Todo está con una vibra exquisita. Mercurio me mira con una sonrisa orgullosa, cómplice, como si estuviera haciendo algo que le está divirtiendo mucho, como si estuviera captando sus mensajes. Me dice nuevamente: «Ves, Javier, esto sí es verdadera magia», y se marcha veloz antes de que yo siquiera pueda pestañear. Se va abruptamente, pero quedo con la sensación de aprobación de mi dios guía. Me siento poderoso, con un gran sentido de magia.
Ahora me quedo leyendo unos textos. Yo vuelvo a mí mismo aquí en la Tierra. Mi "yo mago" parece quedarse estudiando fórmulas y grimorios complejos y profundos. Siento el cierre, y hay plenitud.