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viernes, 6 de enero de 2017

VIVIR SIN REFERENTES: UN ESPACIO ABIERTO A LO DESCONOCIDO

Es común en la cultura científica, que se exija a los investigadores trabajar en base a referencias y bibliografía que sustenten la exploración empírica que se llevará a cabo en la investigación. De esta manera, todo experimento, toda acción metodológica del investigador se direcciona a confirmar o desechar ideas, pero, aunque el experimento logre desechar una idea o teoría, rápidamente se ve reemplazada por una nueva explicación que el científico le otorga. Si bien no es mi intención hablar de ciencia en este escrito, arrojo esta idea porque representa de buena forma el modo de pensar y la forma de vivir que tenemos los humanos hoy en día.

Cuando hablo que nuestra forma de vivir se asimila al pensamiento científico, no me refiero a que nuestras vidas sean razonables, metódicas, empíricas y lógicas; tampoco digo que esas cualidades de la ciencia sean las que la vida humana debiese tener. Me refiero, a que nuestra formas de pensar, de sentir, de actuar y de relacionarnos, están íntimamente ligadas a referencias que a lo largo de la vida hemos incorporado. Pero ¿a qué me refiero con referencias?, ¿qué implican las referencias en nuestro diario de vivir?

Si examinamos detenidamente nuestras actividades diarias y vemos cuáles son nuestras acciones y reacciones que se relacionan con éstas, observaremos que cada una de ellas está guiada por un punto de referencia; es decir, una noción, una idea o pensamiento, que se ubican en una especie de telón de fondo en nuestra consciencia. Estas ideas y nociones, guían al individuo en la elección de sus acciones y sobre cuáles son las formas correctas e incorrectas de realizar una actividad. De esta manera las referencias actúan como la base donde se determinan los debería y no debería de una acción. Por lo tanto, las referencias son nociones mentales, son pensamientos que se configuran como verdaderos mapas para la interpretación de nuestra realidad.

Por otro lado, las referencias mentales se configuran y operan en cada individuo, pero también tienen un origen social y colectivo. Aquí no interesa si el huevo fue primero que la gallina o viceversa, simplemente observamos un fenómeno que se desarrolla en dos dimensiones fundamentales: en el ámbito psicológico, y en el ámbito social. En el funcionamiento colectivo, las referencias están en todos lados. Se podría decir que la sociedad misma se edifica en un castillo de referencias. La tradición, la escuela, los gobiernos y la publicidad, son ejemplos de lugares en los que se generan y se perpetúan las referencias que la colectividad maneja en sus vidas cotidianas. La educación nos educa moldeando nuestro comportamiento para someternos a la sociedad, la publicidad crea necesidades falsas e incita el consumo; los gobiernos nos imponen ideologías y leyes que configuran nuestros pensamientos y actitudes; etc. Todo esto constituyen referentes que moldean el pensamiento y las acciones de todos los individuos.

Dicho de manera, los referentes corresponden a todas las nociones culturales que nosotros llevamos dentro. Estas nociones culturales, como se viene diciendo en párrafos anteriores, son guías de conducta. Es decir, las nociones culturales condicionan la forma en que vamos a desenvolvernos en la vida cotidiana, llegando incluso a determinar la vida completa de un individuo. Por lo tanto podemos afirmar que los referentes mentales funcionan en base a la imitación: la mente crea una imagen, un ideal, y la persona realiza esfuerzos para mimetizarse con esa imagen mental que se ha creado. Por ejemplo, la imagen de un adulto en un automóvil lujoso junto a una chica guapa, puede condicionar la creencia de que para conseguir sexo debo tener dinero y prestigio; o la imagen católica de una vida después de la muerte, incita a las personas creyentes a expiar sus pecados alejándose de las tentaciones del cuerpo; etc.

En base a estas nociones vamos configurando nuestro pensar. Es a través de la experiencia, que la mente va acumulando conocimientos, estos conocimientos se van articulando hasta configurar los referentes mentales de los que hablamos. Todo el pensamiento se basa en referentes. Para pensar, necesito una idea preconcebida, una imagen, una experiencia que me permita comparar los estímulos de la realidad con el conocimiento que ya poseo. Por lo tanto todo pensamiento, por muy sofisticado o erudito que pueda ser, se basa en referentes, y por lo tanto, en la imitación. Para confeccionar ideas, necesito de ideas previas para realizar un "nuevo" pensamiento. Pero esta novedad del pensamiento, es ilusoria, ya que el pensamiento mismo se basa en una construcción, en una serie de referentes y paradigmas que configuran nuestra propia realidad.
Todo lo hablado hasta aquí puede llevarnos a reflexionar, que nuestros pensamientos, nuestras emociones y acciones no son auténticas. Puede sonar duro, y probablemente más de algún lector reaccione en desacuerdo con esta afirmación. Sin embargo, todo lo que hacemos tiene un referente cultural que hemos aprendido y por lo tanto imitado. Vivimos vidas de segunda mano, ya que antes de vivir, antes de experimentar el fenómeno de la vida en sí misma, estamos todo el tiempo encasillando en nociones, ideas, percepciones y experiencias previas que hemos vivido. Por eso digo de segunda mano, ya que nunca nos encontramos con el hecho mismo de la vida, sino que siempre nos relacionamos con ideas acerca de la vida. De esta manera siempre la carga de nuestro pasado nubla el momento presente en el que nos encontramos. Así nos creamos la ilusión de una continuidad, de una especie de serial, de película que se haya en nosotros. Somos personas con historias que navegan en la deriva de la vida. Sin embargo, esta continuidad no es más que una interpretación, una creencia sobre nosotros mismos.

Llegando hasta este punto, es posible preguntarse ¿qué es la vida, aparte de todos los referentes que nos hemos construido? ¿qué es la vida, más allá del pensamiento? Ante estas preguntas, nos damos cuenta que la experiencia del vivir es algo desconocido, algo que en sí mismo no tiene referentes. Es una apertura, un constante fluir, un movimiento holístico y dinámico que sucede en un espacio abierto que llamamos presente. Uno no puede relacionarse con este movimiento, si vive identificado con los referentes mentales que posee en su interior. Los referentes mentales, son núcleos que separan la experiencia, son centros en los que la realidad se divide en dos: el yo y la realidad.

Nuestra identidad misma es un referente, en la nave nodriza de todas nuestras concepciones mentales. Decir "yo", decir "tú", decir "mío" y "tuyo", es la expresión directa de nuestra división como seres humanos. Es el pensamiento, las ideas, las que configuran la ilusión de una experiencia separativa, de una existencia objetiva separada del universo. Pues los referentes nos hacen pensar que la ideas que tenemos sobre la realidad, son la realidad. Sin embargo, esto no es más que una vulgar ilusión, una ficción de nuestro pensamiento. Por ejemplo, al nombrar la palabra "silla", podemos de inmediato imaginar el referente que hemos confeccionado de dicho fenómeno que llamamos silla. Sin embargo, ese fenómeno que llamamos silla ¿es realmente una silla? ¿qué es ese fenómeno más allá de las palabras que podamos concederle? para lástima de nuestro ego: no lo sabemos.

Llegando a este punto, nos damos cuenta que vivimos en una realidad que hemos normalizado, que hemos vulgarizado con nuestros referentes. Vivimos una vida ordinaria que en realidad es extraordinaria. El más insignificante fenómeno, esconde el misterio de todo el universo y la vida, pero es nuestro pensamiento y nuestros referentes los que solidifican la riqueza de la realidad. Lo que sea la vida más allá de nuestras ideas, nadie puede afirmarlo, sin embargo, en cada instante está en cada uno de nosotros la posibilidad de abrirnos a este espacio desconocido que llamamos vivir. Lo que encuentre cada uno en este espacio, nunca podrá expresarse con palabras.

H.S.


martes, 6 de diciembre de 2016

ÉXITO Y PRESTIGIO: LAS MÁSCARAS SOCIALES DEL MIEDO


Vivimos en un entorno en el cual se nos exige que debemos ser "alguien". Desde pequeños que la educación, el entorno familiar y la cultura, nos ha alimentado la creencia, la noción, de que para vivir, para conquistar nuestra felicidad, es bueno y conveniente tener éxito en los caminos que emprendamos. De esta manera se nos condiciona, muy desde temprano, a trabajar, a actuar y producir en base a la noción de generar éxito, posición y prestigio. Pero, realmente ¿qué es ser "alguien"?, ¿para que queremos ser exitosos?, ¿por qué se nos enseña de manera reiterada a buscar el reconocimiento social?

A simple vista, este tema parece ser bastante convencional, pues es probable que en  la adolescencia de varios de los lectores, cuestionamientos como estos hayan salido a flote. Incluso el ensueño hippie de encontrar una vida libre de estos aspectos, se ha impregnado en la cultura popular, siendo la base de expresiones cinematográficas como "In to the Wild" y ese tipo de películas. Sin embargo, nosotros al realizar esta reflexión, de ninguna manera estamos hablando de un asunto convencional y cliché, pues, a pesar de todo, el condicionamiento que implica el éxito, el prestigio y el reconocimiento, moldea la vida de todas las personas en esta sociedad y está presente en todo momento de nuestra interacción cotidiana. Por lo tanto, el abordar esta temática, requiere una observación de nuestra vida cotidiana, y darse cuenta de qué manera todas estas nociones nos han condicionado y restringido nuestra capacidad crítica y cuestionadora.

Primero que nada, si se dan cuenta, al abordar asuntos tan simples en apariencia, al preguntarnos sobre temas que parecen ser tan convencionales, surge de inmediato el reconocimiento que realmente no tenemos mucha idea sobre las razones de nuestras conductas cotidianas. Por ejemplo, al preguntarnos "¿Por qué me visto con la ropa con la que me visto?", seguramente surgirán respuestas instantáneas como "porque me gusta", "porque siento que me veo bien", etc; pero razones y explicaciones profundas, seguramente no aparecerán, y si aparecen más respuestas, seguramente reflejan directamente costumbres colectivas, creencias culturales, etc. Por lo tanto, si somos radicalmente honestos, llegaremos a la conclusión que no sabemos lo que hacemos.

Lo anterior, opera a todo nivel. Todas nuestras conductas, todas nuestras emociones, todos nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestras creencias: todo; está de una u otra forma relacionada con el entorno, relacionada con nuestras vivencias, nuestra familia, nuestra cultura, etc. Es decir, todo nos ha llegado de "afuera", a modo de aprendizaje e imitación, todo lo que somos está condicionado por el medio. Este condicionamiento, actúa como un molde que confecciona, uniforma y dirige nuestras acciones supeditadas al entorno en el que vivimos. Si queremos comprender el fenómeno del éxito y prestigio, es fundamental que lo anterior seamos capaces de observar en nuestras vidas.

Por lo tanto, estamos condicionados al éxito. Estamos condicionados a actuar en el mundo social en base al prestigio y al reconocimiento. Este estar "condicionados", es en gran medida algo "inconsciente", es decir, algo a lo cual no le damos importancia y tampoco tenemos una noción y claridad sobre estos sucesos mentales y sociales. Nos parece natural, por lo tanto actuamos en base este condicionamiento, y construimos una vida en base a este motor psicológico.

Pero esta noción de éxito, este deseo de reconocimiento propio, tiene dimensiones psicológicas más profundas, relacionadas íntimamente al conflicto humano. Pues, ¿en base a que medimos nuestro éxito?, ¿a través de qué medio reconocemos nuestro valor para los otros?, la respuesta es obvia: por medio de los otros. Es decir, nosotros pensamos al éxito debido a que internamente tenemos la noción de un otro. Es a través de este "otro" que la mente crea una referencia, una guía de conducta, que imita y que luego quiere superar. Por tanto, de esta noción de "otros" se liga de inmediato un constante fenómeno de "comparación". La mente, el pensamiento funciona en base a la comparación, pero para que exista comparación, es necesaria la noción de separación, de diferenciación, y es en este terreno donde descubrimos el fenómeno del ego.

Sin embargo, todo lo hablado, no es una seguidilla de causas y reacciones lineales. Tanto el éxito, como la noción de otros, la comparación, la diferenciación y el ego, son fenómenos psicológicos que se dan en conjunto, y que en esencia no son más que una misma cosa. Tenemos un mapa mental sobre la realidad, que nos hace percibir los sucesos desde una identidad (o ego) que se interrelaciona con un mundo que le es ajeno y aparte. Esta identidad lucha y batalla para poder encontrar una esencia, un valor, una autenticidad que la diferencie de este mundo que tiene frente a sus ojos, y al no poder encontrarla, va generando una acumulación de frustración que se traducen en sufrimiento.

Entonces, si somos agudos, podemos darnos cuenta que la frustración y sufrimiento surgidos del ego nacen de una contradicción fundamental: que la aparente noción de separación individual frente a la realidad (que se expresa como la personalidad) se ve constantemente atormentada con el hecho de que el ego no puede asegurar que esta separación exista. Por lo tanto, el ego quiere ser un ego, pero se ve en la imposibilidad de probar su propia existencia. Es esta contradicción la que moviliza nuestros deseos de éxito y reconocimiento: como no sabemos lo que somos, como no tenemos seguridad absoluta de lo que creemos ser, nos proyectamos al mundo social, para encontrar ahí nuestra identidad. De esta manera el reconocimiento y el éxito se convierten en una medida "salvavidas" del ego para certificar su propia existencia, y es justamente eso lo que sucede: el éxito se convierte en la medida que certifica a las personas, adjudicando el valor social que tiene la propia identidad.

Por lo tanto, el fenómeno psicosocial del éxito, no es otra cosa que el escape de esta contradicción fundamental de la mente humana. Esta contradicción en esencia es inseguridad y miedo, es el temor de la mente (el ego) hacia su naturaleza incierta y vacilante, que impulsa al ego a buscar (o a construir) estructuras de seguridad que lo alejen de la incertidumbre, y una de esas estructuras que el humano a creado, es justamente la noción de éxito y prestigio.

Llegando a este punto, podemos afirmar que la base psicológica de la sociedad exitista es el miedo. Es un intento colectivo desesperado, de dar la espalda a la enorme incertidumbre que el hombre de hoy vive. Pero este dar la espalda a la incertidumbre, tiene repercusiones enormes en el funcionamiento global de la civilización. Este continuo escape psicológico en el que la sociedad vive, genera constante confusión, ignorancia, violencia y destrucción. Si estamos constantemente escapando, no podemos ver la realidad, y nuestras acciones se desencadenan de manera torpe, ya que lo único que nos interesa es escaparnos de nuestro propio miedo y sufrimiento. Esta conducta, multiplicada en millones de personas, evidentemente genera un caos de importante envergadura.

He aquí nuestro condicionamiento. Hemos sido criados a la fuerza en una sociedad del miedo, en una sociedad insensible que posterga su existir y busca desesperadamente una seguridad ilusoria por medio del prestigio colectivo, con el precio de sacrificar su propia libertad. A cada uno de nosotros nos tocó nacer en una sociedad donde estos mecanismos ya estaban instalados y consagrados, y en nuestra desprotección infantil, tuvimos que adaptarnos a esta vorágine, a este monstruo de cien cabezas, creyendo que de esta manera podíamos ser aceptados por los demás. Así, nuestro condicionamiento estriba en que se nos ha hecho pensar que esta sociedad, esta forma de vivir es la única que existe y es aceptable, y cómo todo el mundo funciona de esta manera, caímos en ceder y aceptar todos estos absurdos. Hay una especie de mecanicidad colectiva, que se ha contagiado por medio de la imitación.

En el momento en que el ser humano comienza a cuestionarse todos estos asuntos, la barrera de la sociedad, comenzará a boicotear todas estas intuiciones, presionando por medio de la familia, el trabajo, la escuela, los gobiernos, la publicidad, etc. Y esta presión radica en acentuar el miedo en la persona, por medio de amenazas ilusorias que invaden la mente del individuo, haciéndole perder la fé en la propia intuición individual. La presión del dinero, el ser profesional, el obedecer a un jefe, pagar cuentas; son todos mecanismos que actúan devolviendo al individuo a la zona del miedo y al deseo de seguridad.

De esta manera, surge la pregunta ¿existe la posibilidad de liberarse de toda esta situación?. Más que exponer una respuesta definida, es necesario que estas preguntas comiencen a nacer en las mentes de todos los seres. Si observamos que el éxito y el prestigio tienen un respaldo psicológico, nos daremos cuenta que gran parte de las bases que sostienen a la sociedad son interiores, por lo tanto, un proceso de liberación primero debe comenzar en el interior. Es en el lugar más íntimo del corazón y la mente de cada ser humano, donde estas problemáticas pueden ser resueltas. Pienso que si un ser puede llegar a liberarse de todo este drama, esa liberación puede repercutir radicalmente en los otros individuos, generando un contagio de frecuencias elevadas de consciencia.

Bajo las enseñanzas de todo mito, de toda tradición y de todos los maestros que la humanidad ha presenciado, se ha escuchado que para comprender la libertad (que es el infinito, el misterio, lo inefable) es preciso morir para uno mismo. Este morir tiene la implicancia de dejar de buscar "ser alguien". Es precisamente esa búsqueda de un yo verdadero, la que trae sufrimiento y miseria para la humanidad. Debemos atrevernos a ser nada, debemos atrevernos a observarnos sin el lente de nuestro propio ego. Es en las dinámicas de esta observación, donde se aproxima la naturaleza de la propia mente. Sin embargo, no podemos llegar a comprender todo esto, si aún dependemos de alguna muletilla psicológica. Seguir una tradición, creer en un maestro, y adherirse a una religión no van a traer en sí mismo la comprensión y la liberación de toda la realidad condicionada. Para esto debemos morir para toda referencia externa, debemos atrevernos a estar solos, a indagar en el significado profundo de la soledad. Si es que llegamos a ser capaces de cultivar esta soledad interior, puede que surja la comprensión que nunca estuvimos solos y que nunca estuvimos separados.

LOS MISTERIOS DE LA SEÑORA DE LA NOCHE

¡Cuánto misterio residía en el templo antiguo de Xilión, dedicado a la diosa ctónica de las profundidades inciertas! Hécate, señora de la no...