Y entonces con las miradas cómplices, Javier y Pilar-Adelia se notaban unidos bajo una poderosa magia que venía de tiempos remotos. La sincronicidad de saber que Júpiter les brindaría todo lo bueno que trajera era algo extraordinario, pues les hacía sentir confianza, soltura, una buena dosis de alivio frente al glorioso futuro que les esperaba.
De aquella mirada los cuerpos se soltaron, y el amor fluyó potente por los canales energéticos que se entremezclaban en su coito sagrado. La magnificencia de Venus se hacía presente ante ellos, entre los alaridos y el placer.
Aquel objeto prometido que pudo darse en la posesión de los amantes, dio materialización a una serie de seguidilla de hechizos respectivamente atenuantes. Todo iba dándose en una radicalización de la incoherencia hermética, que daba tan buenos frutos cuando aquellos se relajaban bajo la confianza de la buena vida.
Así, de números en aumento, pasaron a haber muchísimos clientes, consultantes, gente que iba y venía en búsqueda de la buena sanación. Porque claro está que no solo Hermes estaba presente, sino también Asclepio, que instruía en los secretos de las sanaciones definitivas. La brillantes de la locura divina se daba bajo el éxtasis del sostén seguro de los espíritus jupiterinos. Porque la apertura de los códigos de la realidad más bien se dieron bajo una incandescencia secreta, interna, de extraordinarias visiones que convivían con la concretud de la vida terrena.
Más bien la aliteración de las cosas que se entretejieron en los viejos verbos, fueron siempre la regla, no hubo nada salido por haber en aquellos pasos diferentes, como grandes hálitos alienígenas habidos bajo ciertas reglas incomprensibles. Porque los acertijos eran muchos, pero la comprensión inefable, y la lejanía de los astros que hallaban versos bajo los puentes de sueños fijos, no eran otra cosa sino una figuración de ideas que siempre iban hacia un gran delante, una gran movimiento que siempre sintetizaba las grandes estancias de los invisibles anónimos.