Profunda era la meditación del emperador Reivaj en el aposento central del templo real de Júpiter. Allí yacía el monarca, sentado con devoción y reverencia ante la gran estatua de oro del dios archi-emperador del cosmos entero. El templo lucía luminoso, lleno de abundancia y colores dorados. Reivaj permanecía con los ojos cerrados, comprendiendo cosas a las que hasta ese minuto no había podido acceder. Buscaba el cobijo de Júpiter y la amplificación de su poder mágico para el manejo místico de la gloriosa Kalirvalion. Buscaba poder, pero también conocimiento; buscaba la gnosis, la sabiduría de lo sacro, el conocimiento eterno de las hénades primordiales y la primera inteligencia del cosmos.
De pronto, pudo sentir una extraordinaria presencia, una inteligencia que parecía cobijarlo en una expansión hacia latitudes astrales imposibles de expresar en palabra escrita. Allí vio el cosmos y la expansión impresionante de las estrellas; presenció estallidos poderosos y luminiscencias que descendían de latitudes abstractas para materializar la información milenaria del primer dios. Allí sentía una pujanza suprema, un supremo misterio y una gran inteligencia que se expandía hacia todas las latitudes y las posibilidades circundantes. Era algo absolutamente ajeno, alienígena y distinto a todo lo que se puede concebir en la mente humana.
El todo por el todo y la multiplicidad de todos los tiempos estaban en esta inteligencia arrobadora, tremendamente extraordinaria, difícil de soportar y de una belleza indescriptible. Era lo absolutamente «más allá», el primero de los primeros principios, que no fue principio y no «es» en el sentido ontológico de la palabra; algo que simplemente sobrepasa la capacidad de asimilación de cualquier tipo de inteligencia. Júpiter se manifestaba en un misterio insondable, en un archi-poder trascendental capaz de realizar cualquier proeza con tan solo su omnipotente deseo. Se revelaba como un elixir transmundano que se expandía de estancia en estancia, dejando una estela de dioses e inteligencias infinitas para dimensiones extraordinariamente distintas de la realidad kalirvaliana.
Júpiter parecía transfigurarse a sí mismo y revelar su rostro invisible: sin rostro, sin ente, sin algo y sin nada; ni tampoco una nada basada en cualquier tipo de negación simplista. Detrás de todo, Reivaj obtuvo de pronto un don, un regalo de códigos indescifrables. Un nuevo poder había sido recibido por su inteligencia superior: un regalo de Júpiter, el invisible eterno, la heterogeneidad traslúcida de todos los misterios idos y por haber. Reivaj parecía comprender que aquel misterio requería de algo: quería manifestarse, quería encontrar el negativo denso de su quintaesencia a través del magno receptáculo de una ciudad teúrgica en la que su perfección pudiera autoevidenciarse a través de los ojos particularizados de la totalidad.
El emperador estaba siendo iniciado en un nuevo tipo de magia que jamás pensó posible; estaba recibiendo una revelación que no podía siquiera comprender del todo en aquel momento. Lo irracional inundaba todo su ser y, en el fondo, nacía un numinoso sentimiento de sacralidad en cuyo corazón vivía una certeza: la de estar recibiendo el poder directo del supremo innombrable. Al abrir sus ojos, Reivaj miró con profunda devoción a la gran estatua de Júpiter. El monarca, que ahora veía todas las cosas de un modo distinto, podía percibir lo inefable en todos lados.
Podía ver la abundancia eterna y el oro espiritual destinado a convertirse en riquezas y opulencia sideral. Reivaj sabía que Kalirvalion estaba destinado a la gloria, al poder absoluto, a la perfección y a la superioridad sagrada. Comprendió que su imperio era el receptáculo superior, capaz de dar cabida a la inteligencia trans-sideral de los dioses. Todo ello palpitaba con absoluta certeza en cada uno de sus campos sutiles.