Allí estaba Tuldorio, caminando con su antorcha por el profundo túnel al que se había aventurado adentrarse, movilizado por encontrar el templo de Hécate al que las leyendas de su pueblo narraban.
Tuldorio vivía en las tierras de Fúlgide en el occidente central del imperio Kalirvaliano. Tales tierras tenían la particularidad de conformar pequeños reinos en los que las antiguas tradiciones se habían preservado más que en las zonas más civilizadas del magno imperio. En Fúlgide, aún se adoraban a deidades antiquísimas que en otras zonas aparecían olvidadas y pocas veces nombradas. Una de esas deidades eran Hécate, Perséfone y los titanes de la antigua sucesión. Sus cultos eran marcadamente femeninos y nocturnos: se decía que en Fúlgide se preservaba la tradición mágica ctónica más poderosa del espectro imperial.
En el pueblo de Tuldorio, circulaba una pequeña leyenda de un templo perdido en las cuevas de Gonbrida, en el que las antiguas sacerdotisas iniciaban a las novicias en los misterios hecatéicos y la hechicería lunar. Se decía, que desde ahí mismo, las cuevas estaban encantadas con fantasmas y espíritus de diversa índole.
Tuldorio había decidido su aventura en el ánimo de buscar aliados nocturnos para sus prácticas mágicas. Buscaba conocimiento místico y el manejo de fuerzas espirituales para lograr el éxito en sus oficios de artesanía y ganar simpatía y protección por parte de los espectros nocturnos.
La cueva tenía una energía extremadamente inquietante. Tuldorio se sentía observado desde que entró a la estancia oscura. Tal observancia, no revelaba desaprobación y ira, estaba siendo evaluado por observadores invisibles, que parecían estar dejándolo adentrarse. Tuldorio había llevado un mapa y una piedra alcalina que, bajo procedimientos mágicos de su maestro, tenía la función de guiarlo en la oscuridad hacia el encuentro del altar tenebroso que el chico buscaba.
De pronto, la piedra comenzó a brillar más de la cuenta. Parecía que se estaba acercando a algo importante. Siguió caminando, recorriendo las bifurcaciones que se abrían ante él, hasta que el tuner desembocó en una amplia caverna interna, en la que al medio podía verse una estatua de Hécate, la triple diosa. Tuldorio se sintió invadido por un sentimiento profundo de reverencia y respeto inquietante. Realizó una reverencia y luego se paró con las manos hacia arriba para agradecer a la diosa que le haya permitido el ingreso al sagrado templo.
Allí mismo, revisando el altar notó que aún habían unas velas instaladas, las cuales procedió a encenderlas. Como lo había planeado entonces, Tuldorio procedió a efectuar un ritual de activación e invocación en busca de alianzas con el mundo de los espíritus. Rezó a Hécate y las espiritus femeninos ancestrales, y les pidió ayuda con el objetivo que tenía en mente. De pronto Tuldorio comenzó a divisar cómo los espectros se despertaban y comenzaban a crear una gran energía poderosa a través de él. El escenario era tenebroso, pero profundamente sagrado y significativo para nuestro aventurero mago. La operación había sido un éxito.
Sacó entonces un talismán que tenía intencionado llevar para cargarlo con los espíritus ctónicos. Les ordenó a los espectros ingresar al talismán para cargarlo de numen y fuerza mágica. Así lo hicieron los espíritus, quienes parecían estar colaborando muy abiertamente con Tuldorio. Realizó otras operaciones mágicas para sellar los portales y mantener vivo el contacto con la otredad, y habiendo concluido todo, procedió a retirarse para buscar la salida de la cueva. Su retorno fue exitoso y pudo salir con vida y victoria del profundo tunel. Tuldorio había hecho historia, y su hazaña le haría ganar el respeto de todos los ciudadanos de Fúlgide.

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