Oh, Mercurius,
Mercurius Lucrum.
Allí te veo, entablando buen comercio en las intersecciones sacrosantas de Kalirvalion;
allí te veo, direccionando la prosperidad hacia la consecución lumínica de las grandes riquezas.
Allí te veo, Mercurius,
de anaranjado porvenir,
de impresionante pujanza,
de exquisita sustancia y numen extático;
porque eres el goce de los dioses,
eres la sacralidad acontecida en movimiento,
el ser uno automanifestado en la realización de su devenir.
Allí te veo, alrededor de tantas riquezas, Mercurio;
el dorado te inunda, dios sideral,
y enaltece tu esencia prístina y ennoblecido semblante.
Porque eres el dinero fluyente, dios extraordinario;
eres la suerte dada a quienes rezan con fervor sobre sus más ardientes deseos;
eres quien ayuda a los humanos,
eres quien ayuda en la magia
y quien alberga sobre sí los secretos más profundos del universo.
Eres dicha, Mercurius magnum;
eres pura bienaventuranza enaltecida,
eres la satisfacción primordial,
eres la constatación del poder de todos los hechizos,
eres la recapitulación de los dioses en mensaje y buena nueva.
Eres la buena suerte,
eres la astucia insurrecta,
eres la fugacidad discurrida en eternidad,
eres el todo adornado sobre el contorno invisible de las fronteras anónimas;
eres el dios de los muertos,
de los espíritus profundos,
eres el dios de las riquezas y la astucia del buen negocio.
Dame siempre de tu inteligencia, dios extraordinario,
y dale a Kalirvalion el buen devenir de su imperialidad arrasadora;
porque los reyes son los testigos de la materialización del paraíso,
porque Kalirvalion es el reino superior, guardián de la voluntad divina.
Que la sacralidad guíe los pasos del reino de Dios,
para que las riquezas se den magnas bajo el rezo de los monjes extravagantes.
Que tu humor inunde las calles, dios de los milagros eternos,
y que el lucro sea siempre el axioma de los acontecimientos venideros.
Que así sea, Mercurius, y que de tu beneficencia bebamos quienes te rezan.
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