Ya estaban listos todos los preparativos dentro del Templo de las Glorias Eternas para recibir a los generales victoriosos de las nuevas campañas expansivas de Kalirvalion. Dalco, Maxímides y Gulbandrimón habían logrado la conquista de 6 países nuevos, antes fuera de las fronteras del gran imperio. Las campañas militares se dieron extremadamente exactas y exitosas, el genio de los generales logró una victoria de tan solo meses y con muy pocas bajas dentro del ejército profesional del reino superior.
Las victorias merecían su condecoración, pues hasta ahora de tal tamaño triunfo ningún kalirvaliano había sido testigo jamás. Y en Kalirvalion los victoriosos son enaltecidos con sus respectivos honores. Es por eso que aquel día todos los nobles de la gran ciudad se reunieron en el templo central de Apolo para acompañar la condecoración de los genios generales.
En Kalirvalion, existía una antiquísima tradición asociada a Apolo, que consistía en la premiación espiritual de los héroes guerreros victoriosos en el campo de batalla. Tales honores no eran dados a cualquiera, sino solo a los guerreros cuyos logros hayan sido extraordinarios. Se les llamaban “Caerimoniae Lucis Victoris” en la que los guerreros recibían el título de “señor solar”, una de las funciones más importantes del imperio kalirvaliano.
Los Señores Solares eran un séquito de guerreros selectos que pasaban a formar parte del consejo real de los grandes emperadores. A ellos solo se accedía por honores, por habilidades extraordinarias. Una de las formas de acceder a tal título era por medio de, precisamente, las Caerimoniae Lucis Victoris. Otra forma era el nombramiento personal del emperador debido a alguna habilidad extraordinaria que haya adquirido fama entre el pueblo superior.
Los emperadores no tardaron en llegar al gran templo. Con ayuda de súbditos, Reivaj y Aileda-Ralip se instalaron en sus poderosos tronos para recibir a los extraordinarios generales. Cuando todo parecía en orden en el altar central, se dio paso a los generales, que orgullosamente entraban por el pasillo principal del gran templo. Los generales sonrientes miraban a los asistentes y contemplaban sorprendidos la belleza del templo. La gran estatua de Apolo detrás de los emperadores era especialmente impresionante. Luego de caminar unos 20 metros llegaron a los aposentos de los emperadores, quienes les esperaban sentados solemnes pero orgullosos de sus talentosos súbditos.
Los emperadores hicieron una reverencia, quedándose agachados. Los emperadores procedieron a pararse y con sus manos extendidas hacia el cielo, ordenaron la invocación de los grandes dioses para que su presencia fuese poderosa en los rituales que actualmente se estaban dando en el gran templo. Reivaj procedió a prender un caldero que sus súbditos habían colocado al frente del trono. Los monjes asistieron al emperador para traerles las hojas de laureles que iban a ser utilizadas para la honorificación. Junto con eso, le trajeron además un contenedor de agua bendita por la luz de Apolo que el emperador prosiguió a utilizar para untar las hojas en la santa agua. Fue así entonces que Reivaj, acercándose a los generales que sentados se hallaban, les derramó agua con su laurel a cada uno de los individuos superiores. Luego de esto, Reivaj, recibiendo las placas solares por parte de los monjes del lugar, procedió a obsequiarles a cada uno de los estrategas militares. Los generales se pararon y se dieron vuelta para mostrar el trofeo a todos los nobles. El público con las manos extendidas recitaba: “gloria a los eternos”. La atmósfera del rito era impresionante y extremadamente lumínica.
Fue así el primer momento de los nuevos señores solares. Tales súbditos serían extremadamente fieles a los monarcas y traerían aún más victorias y abundancia para el imperio elegido por los dioses.
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