La música suena y los dioses responden,
Kalirvalion ruge estruendosa en el esplendor de su propia gloria.
La vida se da sagrada, llena de oro extraordinario, llena de ímpetu efervescente,
llena de todo el numen de la esencia deleitosa del Dios supremo.
La abundancia es el signo de la bienaventuranza de los dioses eternos,
porque los dioses favorecen a Kalirvalion, le dan de beber del elixir de las múltiples glorias.
El cielo y la tierra se dan en armonía en el imperio de imperios,
bajo el estandarte de Reivaj y Aileda-Ralip, reyes sempiternos,
reyes infinitos,
ejes centrales de la circunferencia mayor de las promesas celestes,
pues Mercurio dio buena nueva cada vez que entrevió algún asunto de estratos distintos a los que uno podría esperar de un dios transeúnte.
Porque lo diferido dio a luz a los millonarios mercaderes,
que en sus podios llevaron con gloria el orgullo de Kalirvalion,
y dieron al pueblo la merienda sugerida por aquellos buenos consejos del conde indulgente.
Así las imágenes pasaban, tantas historias eran las que acaecían en Kalirvalion,
imperio de dioses, imperio de la luz,
reinado idílico de magnánima belleza, de inefable incorrección,
de astuta técnica indiscreta.
Kalirvalion, eres intemporal en todas las facetas que puedan hallarte,
pues eres inconmensurable en el ser, y te sobra la dicha de recibir la consecución de todas las figuraciones divinas de la inteligencia mayor.
Dado así como los hombres dieron la dirección correcta hacia las latitudes de las altas estancias de la realidad, pues la disconformidad de los estúpidos no dio abasto a la grandeza de aquel reino que todo lo pudo bajo la fianza de los latidos feroces del ser anónimo.
Pues la vida salvaje es aquella que se da hacia lo que desea sin mediación intermedia,
es aquella que empuja su magia hacia la materialización de la verdad y la buena mesa.
Descriptivas intenciones serían aquellas las que fueran a dar a luz a un niño entrometido,
que viera en su inocencia el rostro de Dios en su aterradora inmensidad,
pues quienes se atreven a ver, ven,
quienes se atreven a recibir, reciben,
y quienes se atreven a conquistar, conquistan el orden de todas las cosas.
Así fue Kalirvalion, así fue su historia mayor;
no hay relatos que puedan abarcar la infinitud de expansiones y logros,
no hay registros que den abasto a tanta numinosidad hecha civilización,
no hay forma de encuadrar la hondura de sus falanges extensas,
de aquellos feroces guerreros que buscaban dar gloria a su amada ciudad paterna,
de linaje limpio y puro,
de superioridad eterna, de moralidad extraordinaria,
de asunto descriptivo y deficiencia augusta,
de interiores reflectantes y eficientes en cuestión adversa,
pues la magia fue la abundancia hecha carne, bajo todos los contornos posibles.
El oro es el rostro de la divinidad,
puro goce es el que se recibe bajo la bendición de su propia imagen,
pues la sacralidad del dinero debe honrarse, debe ensalzarse, debe elevarse hacia las estancias de las cuasi-divinidades adversas.
Así, y con el ánimo limpio, es que yo canto tales visiones,
bajo la regularidad de la vista extendida y la medida de mi voz exacta;
así debo rellenar los vacíos de lo que parece inerte,
así debo intencionar lo que es bajo el hálito de mi figura expansiva,
como quien da a un vagabundo los secretos supremos del universo.
Pues el enigma siempre será para nosotros el motivo preciso de toda nuestra devoción.
Que la gloria de la prosperidad sea una con Kalirvalion, ahora y siempre.
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