El poder jupiterino,
la dinámica de la expansión y el crecimiento,
se daban nutricios y luminosos en los espacios alternos.
Júpiter se expandía en todos los contornos del imperio,
para dar al reinado milenario el hálito tremendo de las glorias antiguas
y la inmortalización del poder y la abundancia.
Júpiter es el excelso protector de la ciudad prometida,
de poetas y profetas,
de místicos y viejos magos,
el benefactor de las riquezas, el poder gestor de las grandes opulencias.
La aristocracia, los nobles
la cultura superior, gozaba siempre de sus bienes y sus bondades,
Serolf Reivaj y Aileda-Ralip, los excelsos emperadores de las estancias,
gozaban de su compañía y protección.
Porque Júpiter les revelaba los caminos,
les aconsejaba en su íntimo interior, y les encaminaba a las decisiones
que destinaban al imperio a la gloria y el dominio eterno.
Porque la poderosa fuerza de Kalir Bujah fue eterna,
su ímpetu opacó a todo reino posible dentro de los mundos y submundos.
Su luz era tan intensa, que hasta los iluminados se inclinaban ante ella,
pues veían en su gloria el lenguaje de los dioses, y los designios del Gran Dios.
Veían en él la materialización de la verdad inaparente,
de la quintaesencia del espíritu,
porque Kalir Bujah era el cuerpo de Dios manifestado aquí en la tierra,
le daba carne y espacio para que lo inconcebible tuviera cabida en el mundo de las cosas.
Júpiter era la pujanza, el benefactor,
el hacedor de la justicia,
el feroz castigador de los injustos enemigos del reino.
Con Júpiter la vida siempre fue buena, profunda, con verdad y significado,
Júpiter le dio a quienes acudieron a él, la visión del largovidente aliento de las verdades de antaño, y el secreto de la consumación de las riquezas inacabadas.
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