Me proyecto aquí mismo, en el astral. Me veo escribir en el computador; a la Pili la veo durmiendo. Comienzo a recordar el sueño de anoche: la erupción volcánica y estos cambios climáticos que nos hacían irnos a otro lugar.
Me siento a mi mismo. Veo el espacio del living y me voy a un sitio lejano; parece un monte, parecido a los montes que había en mi sueño. Comienzo a realizar movimientos similares al Tai Chi. Inhalo y exhalo. Voy movilizando la energía de mi cuerpo y la llevo a mis manos en movimientos armónicos y elegantes. Siento que el sistema nervioso en mí —o más bien mis cuerpos sutiles— se enciende como un cableado de luces. Con las inhalaciones voy captando energía cósmica y luego la voy exhalando por la boca. Llevo mis manos hacia arriba y proyecto un haz de luz hacia el cielo sideral. Se va creando un aura dorada alrededor de mí y, en mi pecho, va bailando una luz más intensa que mi campo energético.
Digo: "Yo Soy", y mi energía parece expandirse.
Voy generando un ritmo energético; rocas pequeñas comienzan a levantarse a mi alrededor, magnetizadas con la energía. En el cielo abro un portal y me introduzco en el momento donde estoy dando la segunda parte de mi clase magistral, el miércoles 29 de abril de 2026. Esta vez me coloco mirando hacia el sur, con el mueble de libros atrás. Me siento más elocuente, más seguro de mis palabras que en la primera sesión; siento que voy elaborando mejores reflexiones y con un lenguaje más fluido. Mis estudiantes van preguntando cosas muy interesantes y todo, en suma, sale extremadamente bien.
De esa clase, algunos de mis alumnos comienzan a recomendarme a otros. Veo cómo, de boca en boca, se difunde mi presencia como psicoterapeuta y profesor. Para la próxima clase que realizo, llegan aún más personas; voy visualizando cómo la energía de las clases va creciendo como una bola de nieve, cómo se va fortaleciendo por sí misma. Voy contemplando cómo, a final de año, la asistencia a mis clases suele ser muy alta y gano mucho dinero con ellas —más del que hubiera ganado en el SPI, por supuesto—. Siento solidez y tranquilidad al ver cómo la realidad se está conduciendo a una mayor solidez económica.
Con mis manos proyecto un chorro de energía a esa realidad y le imprimo un sigilo dorado en el aire para sellarla e incubarla en el astral. Le doy mucha energía a ese sigilo; le pido a Júpiter que me ayude. De mis manos comienza a fluir un torrente de energía impresionante, una energía azul que carga el sigilo con fuerza y poder. Siento cómo el torrente de abundancia fluye a través de mí e incuba la realidad que deseo. También siento que el torrente es tan grande que traerá más situaciones abundantes y buenas que aún ni siquiera voy imaginando. Lo más importante es que siento la solidez.
La energía termina de gestarse; el sigilo se ha sellado. Ya listo, lanzo el sigilo al espacio sideral en dirección al sol central del espacio astral. Respiro. De pronto, me doy cuenta de que aparece Mercurio a mi lado. Me dice que vayamos a Kalirvalion, pues me quiere mostrar algo. Me lleva a donde un grupo de burgueses mercaderes contemplan una pila de oro y se ríen con ganas; parece que son los dueños de una corporación de comercio de especias. Son millonarios, pertenecen a la alta cúspide de Kalirvalion.
Mercurio agarra esa realidad y la lanza en mi corazón. Siento un torrente de dinero, de energía abundante, fluyendo a través de mí. Le agradezco y ahora le digo que volveré a mi realidad habitual. Él asiente y se retira también.
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