Filaxio estaba extremadamente entusiasmado al comprobar por él mismo el poder de sus capacidades mágicas. Desde que le había estado rezando a Júpiter, sus ventas de arte se habían disparado por los cielos. Nunca había experimentado un flujo de dinero tan abundante, nuestro artista estaba sorprendido. Las sincronicidades se habían activado por doquier desde que inició sus trabajos esotéricos con el gran largovidente. La vida se estaba dando muy nutrida, con mucho empuje y energía trascendente. El dinero iba y venía bien a cada uno de sus pasos.
Tan así que el taller comenzaba a crecer sin que su mente pudiera asimilar todo lo que estaba sucediendo. Nobles solicitaban sus trabajos; templos, recintos militares, municipalidades estatales, su buen arte comenzó a difundirse por todo Kalirvalion.
Fue así que Filaxio comenzó a abrirse paso entre las filas de los artistas y a ganarse un espacio respetado entre los grandes. La vida de Filaxio iba conduciendo al éxito y la gloria, sin que siquiera él pudiera darse cuenta.
Algo sí o sí podía saber con absoluta certeza: que debía continuar siempre trabajando con Júpiter. El gran dios de todos los dioses era el quinto elemento de las diferencias cuantificables, no debía abandonarlo nunca.
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