La temporada es excelente,
la temporada es buena,
la temporada primaveral desborda todas las riquezas en el reino de Kalir Buhaj.
Las bocas se sacian de exquisitos manjares,
un niño feroz adquiere el juguete prometido en aquella celebración anónima de aquellos algunos que prometieron el todo.
El dinero fluye, el dinero llega,
el dinero concede los placeres y la vida cómoda que se visualiza en las antesalas del mundo.
Porque así es Kalir Bujah, la ciudad de los ricos, la ciudad de la religiosidad abundante y profundamente esotérica.
Las riquezas en aquella estancia se dan en comunión con los grandes misterios,
y todos gozan de una iluminación burguesa de la que cualquiera de otro reino envidiaría.
Porque la temporada es buena,
la temporada es fructífera,
las cosechas se efectúan y los frutos son sabrosos,
porque las damas en su exquisita desnudes corren coquetas por los contornos de las calles,
porque los perros son fieles a todos los amos de la superioridad entredicha.
Porque nadie queda sin nada en el imperio mayor,
y nuestros emperadores siempre triunfan en su infinita superioridad.
Serolf Reivaj, Aileda-Ralip, nuestros grandes monarcas,
nuestros grandes receptáculos del triunfo y la consecución de las riquezas.
El imperio de la voluntad se impone en todos los espacios,
adquiere dominio vital sobre los pueblos inferiores,
y consagra su fortuna bajo la hermosura de santuarios silenciosos.
La temporada es excelente y todos tienen todo,
las riquezas, el oro mayor, se da en el alma de todos los corazones en fiel usanza.
Los ropajes y el excedente favorable marcan aquellos días,
donde el mercader contaba sus grandes ganancias bajo la tarde de un viernes,
cuando la bendición de Dios fue a parar con grandes millonadas de diamantes.
Diamante profundo,
indestructible,
economía poderosa, imperiosa, grandilocuente,
el poder es eterno bajo la bandera del gran Júpiter y el agil movimiento de nuestro Mercurio sagrado.
Todo marcha a la maravilla,
todo marcha bajo la exacta perfección,
todo marcha bajo los designios del Gran Dios,
el único Dios dado en la inmanencia absoluta del silencio eterno.
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