Estoy ad portas de aceptar
que quizás la única magia sea entonar bien mi garganta
y dar alaridos de odiosidad para que los fantasmas del pasado puedan enterrarse bajo el negro barro.
No hay otra magia, se me da bastante bien tal intuición,
y prefiero figurar mis materias desechadas antes de esperar milagros bajo designios que considero dudosos.
El tejido de mi silbido es tan profundo que ni yo entiendo el paraje del cual vienen mis imágenes,
es de una constatación casi tan obvia la perplejidad del misterio de lo que soy yo mismo,
que me basta con ser desconocido para comprender cuál es la verdadera religión.
La verdadera religión, esa que se irgue sobre la honestidad de ser un ser doliente,
y comprender la nula ignorancia que nos precede bajo la fugacidad de nuestros pasos.
Es aquella que deja morir lo que tiene que morir, y da pleitesía a la inmensidad del abismo oscuro.
Frente a tal situación anímica,
¿quién quiere acaso una magia de segunda mano a la postre de charlatanes y piratas?
No si no aquel que no a atrevido sondear la indeterminabilidad de su ser pensante,
de la materia prima de sus pensamientos automáticos,
de sus terrores nocturnos y sus fantasías más ocultas,
de la situación desastrosa del ser humano bajo la tutela de la pretensión del conocer.
Me inclino ante mi mismo,
soy abismo,
soy monstruosidad,
son una espaciosidad sin reverso que se mostró como mundo cuando quiso jugar a ser millones.
J.F.