El ojo,
Una criatura
cristalina,
Una
circunferencia mayor,
Tan dada a la
metáfora de misticismo vedántico,
Admisible solo a lo admisible,
Siendo lo
aprobado un todo en envoltura,
Sosegado por el
ciego que se ha visto merodear
Por el instante directo
de la vida omnipresente.
Para que hablar
de más,
Si todo ya fue
dicho en los pasajes de una Novena Sinfonía,
Un mensaje acaecido
de lo mismo,
Tan solo como el
eterno retorno de lo mismo,
Y pienso en
Nietzsche y su testaruda razón,
Y lo veo danzar junto
al poeta de las doce letras encriptadas.
Barometro
parlante,
Como Huidobro
acaso sentenciara,
Y yo no hago más
que mendigar los restos de una sabiduría arcaica,
En respiración y negación
de lo que no ha tenido aliento,
Dibujando
espuelas sagradas en maldición de serafín,
Sin dar importancia
a la entelequia adquirida en masa crítica,
En masa crítica y
unidad desfigurada,
Pues sólo fue aquel
ojo el que lo vio todo detrás del cristal de un hogar anónimo,
Jugando a la
realidad en sueños de rosas y claveles,
Expectante a la
autoreferencia que jamás halló su sombra.
J.F.