Y encontré la
máquina a vapor impulsora de mis sueños más remotos,
allí escondida de
la realidad convencional y esquinas de artificios,
Susurrando la
posibilidad incierta de mi equivocación civilizada.
De haber anidado
tanta inmundicia de percepciones yóicas,
De intentar en
acto fallido endurecer la solidez de mis paradigmas que
[Nunca fueron,
Allí me encontré,
Perdido
en el encuentro de la incertidumbre,
Alejado de las
creencias que fundaron tanta academia innecesaria,
Porque la
realidad siempre fue un abismo,
un espacio de
infinita irresolución,
Que
fue más allá de las modas
Pasajeras e inauditas del Dasein,
Que nadie nunca
entendió,
Pero que el miedo
revistió con atuendos empiristas y sistemas rimbombantes,
En remplazo del mito por fórmulas interceptas,
Prometiendo a un nuevo
Dios bajo el ropaje de una razón esquizofrénica,
Anhelando el freno
de la velocidad de un universo en expansión.
Por eso pienso,
Que la respiración es el disfraz de la vida
eterna,
Pues quita y
diluye la musculatura de la ansiedad,
Arrasando a la inquietud
y suciedad de metropolis insurrectas,
Acosadas por
fascismos disfrazados de nihilismo y feminismo,
Jurando en vano a
la verdad más desdichada,
Divisada en paraje
basural de temporalidad adversa,
Enclaustrada en
impaciencia de feroces lozanías.
Mientras la letra muerta muerde,
Una estrella nace en la profundidad de tu
intimidad avergonzada,
Fue solo una
sombra descubierta en claridad,
Fue solo el
silencio que guardaste antes de nacer,
Bajo el brillo
solar del punto suspensivo que no atreviste traspasar,
En el verso más
honesto de la mentira por siempre anunciada.
J.F.
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