Muy gustoso caminaba Balandro por los hermosos jardines del templo central. El rocío matutino se sentía fresco, el dorado de la luz se asomaba hermoso de entre los árboles anunciando la mañana entrante. El maestro psique-mago veía desde lejos a los primeros pacientes de la mañana llegar para la realización de sus rituales terapéuticos. Mucha dicha era la que sentía Balandro al ver tanta cantidad de gente esperando su tratamiento: eran tiempos de abundancia, tiempos de salud, tiempos de dicha y gracia. El dios Mercurio se hacía notar en los nutridos movimientos del templo.
Para ese periodo, cada uno de los aprendices y adeptos de las artes psicoterapéuticas estaba atendiendo a más de 7 pacientes por día, un número robusto y bueno para el funcionamiento del templo. El ritmo de las atenciones era importante, pues la ritualística de los magos del lugar consistía en la ofrenda de riquezas y monedas para el dios de los comercios: parte del dinero se ofrecía como ofrenda y el logro de ciertos números económicos era el saldo del compromiso mágico que se contraía con Mercurio.
En ese sentido, las ceremonias mágicas y teúrgicas hacia Mercurio se sentían especialmente inspiradoras en aquellos días: la sacralidad se mostraba en su inefable manto, en su indescriptible susurro, y la llegada de la abundancia se vaticinaba como una bendición inevitable. La numinosidad de lo indecible inundaba todos los espacios de la arquitectura del templo. Los magos psique-terapeutas sabían con certeza que el favor de los dioses estaba a su lado.
Balandro solo respiraba dicha y sentía toda la riqueza alrededor de los acontecimientos. El psique-mago era un hombre sabio que no escatimaba en disfrutar de su riqueza: su sapiencia le permitía gozar de su dinero como cualquier otra persona del reino, pues sabía que su trabajo consagrado a Mercurio merecía el disfrute de las bendiciones recibidas. Le daba sustento a su familia y gozaba de su riqueza a su antojo, Balandro era un hombre libre y enraizado en los movimientos de la tierra.
Mientras meditaba todos estos asuntos con placentera contemplación, sus discípulos lo llamaron a la reunión mensual que tenían en la sala principal, para revisar asuntos administrativos y estadísticos. Durante el encuentro, Balandro fue informado de los movimientos de ese mes de marzo del presente año 2.487 del primer eón. Los números eran prometedores: los pacientes en el aposento habían aumentado en un 30% durante el mes. Balandro, sorprendido y feliz, corroboraba una percepción que ya había tenido durante esas semanas: el pueblo de Kalirvalion se mostraba cada día más interesado en la sanación de sus almas y el alcance de la salvación. Había un vuelco prometedor del pueblo hacia las artes mágicas psique-terapéuticas, que mostraba la influencia creciente que el dios Mercurio enfundaba en las gentes. El aumento de los excedentes del templo terapéutico permitiría mejores ofrendas para el dios psicopompo, el perfeccionamiento de la infraestructura (tanto estética como funcional) y el aumento del sueldo de los monjes-magos practicantes de las artes curativas.
Balandro al inspirar gustoso el aire fresco de la mañana kalirvaliana, sintió que era ya tiempo de entrar al templo y organizar los primeros movimientos del día. El mago debía coordinar una nueva reunión con los contadores contratados para organizar la distribución de las ganancias del templo y delinear el financiamiento de nuevos proyectos. Era la parte burocrática de ser el maestro del lugar, pero una parte muy necesaria para la subsistencia del lugar sagrado a largo plazo.
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