Fue así como Lecantro luego de 7 días de purificación y ayuno se dispuso a realizar el ritual que Mercurio le había asignado en sueños, con el fin de conseguir un demon asesor para todo tipo de trabajos mágicos.
Cuando ya era de noche, nuestro adepto subió al terrado de su casa y recitó la primera oración. Con una cinta de Isis sobre sus ojos, sujetando con su mano derecha la cabeza de un halcón que había cazado esa misma tarde. Se quedó toda la noche así para esperar al amanecer, y al salir los primeros rayos de sol, saludó a Mercurio agitando la cabeza y quemó un incienso de grumo y derramó un perfume de rosas, luego de haber quemado una planta de girasol sobre carbones sobre un brasero de barro.
Fue entonces que sucedió la señal: un halcón hermoso bajó volando para posarse frente a él. Batiendo las plumas en medio del terrado depositó una piedra de buen tamaño que tenía sobre sus patas. Luego de dejar el objeto, el ave se alejó volando nuevamente hacia el cielo.
Lecantro levantó la piedra que el halcón recién había depositado frente a él, para comenzar a tallarla en seguida. La grabó con el sigilo de Mercurio y le realizó un agujero para pasarle un cordón por dentro y colgársela en el cuello. Al atardecer, nuestro adepto subió nuevamente al terrado, colocándose de cara frente a la luna naciente, y pronunció su fórmula hímnica mientras quemaba nuevamente una mirra troglitis, en la misma postura. Después de encender el fuego, Lacantro sostuvo un ramo de mirto y lo agitó en señal de pleitesía a la diosa lunar. La nueva señal se manifestó: desde lo alto, una estrella luminosa descendió de los cielos para aterrizar en la parte central del terrado. Al desvanecerse la luz apareció el demon asesor que el mismísimo Mercurio había encomendado.
Nuestro experimentado adepto se acercó a la deidad para tomarle la mano derecha y besarla. Licantro conjuró al demon con unas palabras a modo de conjurarlo y mantenerlo a su lado, dispuesto a hablar y a obedecer. De esta forma, Licantro invitó a pasar al daimon al comedor de su hogar, a quien le ofreció alimentos y un dulce vino de exquisita calidad, ayudados por un niño sirviente que nuestro adepto había contratado unos días antes.
El demon se alimentaba gustoso y fue entonces que Licantro se dirió a la deidad con estas palabras: “Te tendré como asesor amigo, como dios benéfico que está a mi servicio cuando te lo pida, rápidamente, con tu poder ya como habitante de la tierra; sí, sí, muéstramelo, dios”. El demon asintió con gusto, y Lecantro para poner a prueba su juramento le pidió que hiciera aparecer una bolsa llena de oro sobre la mesa. El demon, sin ningún tipo de esfuerzo acató la orden e hizo aparecer un paquete lleno de oro, más abundante que el que Licantro hubiera imaginado.
Pasaron 3 horas y el demon se paró rápidamente. En eso, Licantro le ordenó al niño que corra hacia la puerta para despedir a la deidad. Fue así que Licantro le dijo: “Vete, señor, dios bienaventurado, a donde tú existes por tiempo indefinido, como quieres”. De inmediato el demon retornó a la invisibilidad.
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