Cuando leo a un gran poeta, una llama se me enciende,
es como un recordar que la reflexión es una cosa vital,
y la meditación algo tan simple como el pensarse existente e indeterminado
en los asuntos ordinarios que suceden en el llamado día a día.
Pienso que las cosas a veces son más simples,
y solo requieren de la inocente pregunta sobre ¿qué es acaso todo esto?
Porque efectivamente, en la intimidad de mi honestidad, realmente poco sé.
No quiero con esto introducir una falsa modestia, o un cliché de mal gusto,
es la verdad.
Tampoco es algo que deba ensalzarse,
pues el arrobamiento de lo desconocido es tan grande, que a veces uno se da cuenta
que el solo hecho de ser carne es la máxima demostración de lo indeterminado.
Los dioses existen, yo lo sé,
me basta con imaginarlos y constatar que la imaginación existe,
sin embargo, también soy yo mismo, y me toca la vida común de un mortal desesperado.
Remo en mis temores, y reculo a ratos al constatar mi arrogancia
de esa eterna porfía de querer tomar el cielo por asalto,
y arropar con fuerza bruta un sentido trascendente que me saque del infierno de estar vivo.
Pero, en realidad, a veces los infiernos no son tan terribles,
te dan vida, y la vida te da dolor,
y el dolor de apoco te lleva hacia el placer y el goce de las cosas en su ardor más profundo,
y así uno se da cuenta que en esta danza aparentemente desesperada, hay belleza,
pero una belleza cruda, sin estampados ni etiquetas de modas de turno:
la belleza duele y es confusa, te atrapa y te lleva por lugares que a veces a uno no le gustaría estar.
Es así, cuando sabemos que lo ya dado no puede detenerse,
donde se vislumbra la posibilidad de dejarse llevar.
Pero insisto: a veces uno habla a otros para consolarse,
y así mismo como expongo estas divagaciones peligrosamente cursis de liviandad y vida ligera,
el descontrol es algo que me aterra en demasía.
Soltar, ¿soltar qué? ¿Es que acaso hay algo que pueda contenerse?
Todo es un arrojo, un frenesí, un caos, una visión enceguecedora.
Nacemos, crecemos, el apetito sexual se despierta, luego los proyectos, y las muchachas, y el avanzar, y apenas perdemos un segundo de atención y ya vamos directo a la zona indiferenciada de la muerte.
Ni siquiera es necesario el dejo de un gesto,
como para evidenciar la obvia inmensidad del abismo venidero.
Que venga el todo o la nada, poco importa.
J.F.