viernes, 8 de marzo de 2019

Y ENCONTRÉ LA MÁQUINA A VAPOR


Y encontré la máquina a vapor impulsora de mis sueños más remotos,
allí escondida de la realidad convencional y esquinas de artificios,
Susurrando la posibilidad incierta de mi equivocación civilizada.

De haber anidado tanta inmundicia de percepciones yóicas,
De intentar en acto fallido endurecer la solidez de mis paradigmas que
                                                                                         [Nunca fueron,

Allí me encontré,
                            Perdido en el encuentro de la incertidumbre,
Alejado de las creencias que fundaron tanta academia innecesaria,

Porque la realidad siempre fue un abismo,
un espacio de infinita irresolución,
                                                     Que fue más allá de las modas
                                                   Pasajeras e inauditas del Dasein,
Que nadie nunca entendió,
Pero que el miedo revistió con atuendos empiristas y sistemas rimbombantes,
En remplazo del mito por fórmulas interceptas,
Prometiendo a un nuevo Dios bajo el ropaje de una razón esquizofrénica,
Anhelando el freno de la velocidad de un universo en expansión.

Por eso pienso,
                         Que la respiración es el disfraz de la vida eterna,
Pues quita y diluye la musculatura de la ansiedad,
Arrasando a la inquietud y suciedad de metropolis insurrectas,
Acosadas por fascismos disfrazados de nihilismo y feminismo,

Jurando en vano a la verdad más desdichada,
Divisada en paraje basural de temporalidad adversa,
Enclaustrada en impaciencia de feroces lozanías.

                                                                           Mientras la letra muerta muerde,
                         Una estrella nace en la profundidad de tu intimidad avergonzada,

Fue solo una sombra descubierta en claridad,
Fue solo el silencio que guardaste antes de nacer,

Bajo el brillo solar del punto suspensivo que no atreviste traspasar,
En el verso más honesto de la mentira por siempre anunciada.
                                                                                     

J.F.

martes, 27 de noviembre de 2018

EL NIÑO Y LA DIOSA


De una conjetura mayor,
Fue que abrí las puertas inconclusas de mi solida y gris ausencia,
Y ya no me importó ser desde entonces carnada de pirañas,
                                                                                        Pues sabía
Que tú preparaste un ensueño para nosotros,
                                                                       Ese día,
Donde acordamos olvidarnos que fuimos dioses,
Para navegar el misterio del cosmos,
Sin pensar la irrelevancia de los actos pensantes,
Pues no había nada con lo cual sonrojar a la estampa irreverente,

                                                                       Y los espíritus danzaban, 
Lo recuerdo muy bien,
A cual anatomía cuneiforme,
Al rededor de tantos círculos dirigidos por orquestas de tecnólogos anónimos,
En aquel fundamento que cobijó nuestro viaje estelar,
De motor salvaje e infinito rugir,
Hacia ondulaciones de realidad que nunca quisimos ver entonces,
De claridad inaudita, hallada estrepitosa en los espacios que gritaban por contenido palpable,
Contenido que nosotros fuimos, y alguien más,
En la vida y lo inaudito,
Sin pudor posible de civilización y parajes degradados en luz y forma.

De baraja y paradoja están hechas las estrellas,
Al igual que tu cintura escurridiza ante mis manos deseosas de manjar,
Muchacha hecha de cosmos,
Muchacha hecha de estrellas,
                                                   Porque no hubo nunca bóveda capaz
De asemejar tu cuerpo enardecido,
Reveladora de misterios,
Abridora de mundos y parajes imposibles,
Incitadora de orgasmos y horizontes inconclusos,
De estalactitas y tejidos de una verdad sin acabar.


J.F.

viernes, 7 de septiembre de 2018

UN ECO INACABADO (METROPOLIS POST MORTEM)


Piadosa ausencia aquella que entreví en tus conciertos de moralidad a disimulo,
                               —¡Cuánta cautela habrás bebido en esa copa de Martini Dry!—
Y yo que esperé tanto de tantos, para solo in-acabar en la tortura que se gestó en  
la morada de un alacrán muerto.

Así sucede en la epopeya pretendida en devorar sus propias sombras,
cuando cualquier objeción dividida es un volver a lo que no ha de volver nunca,
y las memorias se recrean en monedas perdidas como doblones marineros,
de los alguna vez el capitán Drake ultrajara en novela picaresca, 
ignorando al conflicto y resolución                                              [en desventura.

De una opinión a otra, no hay nada con lo cual revertir al tejido acuoso,
ni siquiera la tardanza de haberme adelantado a un entre tiempo,
ni la simbología idealizada de un Estado material estancado a tuerca floja,
ni las fábricas filantrópicas de la fiscalización y mecanización de la mentira.

Velado velador que enturbia al gran encuentro,
si tuviera yo acaso la posibilidad de aquel destello que se manifestó en los libros de tu húmeda sospecha, seguiría en retroceso inalterado, en curvatura de fierro invisible, destilando a la materia inerte de filogenética faltante, y alternando la ascendencia casta de un conocimiento que se veló inútil.

Pero las cosas nunca son como se pensaron de noche,
y el espectro enlatado de un salmón que fue muerto en una costa,
—por allá en rincones oscuros de corporación multinacional—, sabe siempre traer a buena mesa
lo que un político no pudo ocultar en el salón ilustre de un palacio de gobierno.

Sacudo entonces al ropaje enturbiado en desuso,
y comienzo en proyecto lo que algún día pudiera en buena nueva,
contrarrestar el Karma acumulado en historietas pornográficas,
como código encriptado de placetas comerciales que un tal Hegel aprovechó en tendenciosa oferta.


J.F.

LOS MISTERIOS DE LA SEÑORA DE LA NOCHE

¡Cuánto misterio residía en el templo antiguo de Xilión, dedicado a la diosa ctónica de las profundidades inciertas! Hécate, señora de la no...