domingo, 6 de agosto de 2017

El Loco, el Héroe y el Dragón: LA BELLEZA COMO SENDERO EXISTENCIALEstar en el...

El Loco, el Héroe y el Dragón: LA BELLEZA COMO SENDERO EXISTENCIAL



Estar en el...
: LA BELLEZA COMO SENDERO EXISTENCIAL Estar en el mundo, es habitarlo. En realidad no es posible otra formula que ésta. La cuestión de...

LA BELLEZA COMO SENDERO EXISTENCIAL



Estar en el mundo, es habitarlo. En realidad, no es posible otra fórmula que ésta.
La cuestión del ser, de la vida, de la realidad son tópicos que desde el origen de los tiempos han movido la motivación de los seres para la elaboración de respuestas a la altura de tales preguntas. Si bien no es mi intención hacer una revisión de las formas en que el ser humano ha abordado estas problemáticas a lo largo de su historia, me parece pertinente hacernos recordar, la presencia de preguntas inmemoriales que hasta el día de hoy actualizan su vigencia.

El habitar el mundo, es una cuestión cotidiana, democrática. Democrática en el sentido que, si bien la cultura ha puesto parámetros y diferencias (sociales, ideológicas) que condicionan y diferencian tal habitar entre las personas, todas ellas en realidad están en una situación igualitaria: la situación de vivir. Esta situación de vivir, además de igualitaria, es ineludible, en el sentido que la experiencia del vivir en estricto rigor no puede ser postergada; incluso los suicidas no pueden escaparse de ella, ya que, aunque decidan poner un "fin" a sus vidas adelantándose a las "causas naturales", la experiencia del vivir es ya un suceso presente, en cual, desde ese mismo vivir, se decide una dirección hacia el destino de su "ocaso"; por lo tanto tal decisión se enmarcaría dentro del fenómeno mismo de la existencia, y de esta manera, tampoco ajena a ésta.

Pienso que un "correcto" habitar el mundo, supone necesariamente una dirección hacia la pregunta por el ser, la existencia, la realidad y el universo. Con este "correcto habitar" no me refiero a una idea moral de "estar en el mundo", sino una dirección que nos sitúe de una manera más íntima con la naturaleza inefable del existir. Tal dirección, evidentemente no posee recetas o senderos "objetivamente establecidos", pues, direccionarse hacia lo inefable es necesariamente caminar en la "incertidumbre" y alejarse de los "puntos de referencia". Sin embargo, podemos identificar cinco áreas en las cuales el Humano ha direccionado sus preguntas fundamentales: el misticismo, la religión, la filosofía, la ciencia, y el arte.

Todas estas áreas requieren de un amplio desarrollo, estudio y comprensión; pero para efectos de este escrito, me interesa enfocar nuestra mirada en el arte. Dicho esto, mi intención es indagar en el arte desde una postura existencial, más allá de la dialéctica "obra-espectador" común para toda la historia artística. ¿En qué consiste hacer del arte una postura existencial? Es hacer del "habitar el mundo" un arte. Este habitar, basado en las cosas "en sí mismas", es hallar la belleza en el mundo cotidiano y actuar en base a ella, es reconocer el misterio en todas las cosas existentes y entregarse a éste sin esperar comprenderlo.

De acuerdo a lo anterior, más que elaborar ideas sobre la belleza del mundo circundante, es menester llevar a cabo una tarea contemplativa en el mundo cotidiano del suceso. Esta labor es la que busca desarrollar el gran arte: poder expresar en un modo representativo la belleza, el misterio, lo indecible; de modo que el espectador logre penetrar en el mundo contemplativo que ha dado a luz a la obra que está ante sus ojos. Pero esta idea, de evidente influencia platónica, no queremos volverla una metafísica de la experiencia de la belleza, sino una fenomenología capaz de "tocar" eso indecible, que no necesita ser definido de ningún modo. Y esta fenomenología es justamente la "acción" contemplativa capaz de encontrarse con las "cosas mismas" del mundo circundante.

Contemplar significa "tocar", "acoger", y "sostener" los fenómenos del mundo dejando espacio para que éstos se expresen en sí mismos y en cuanto tales. El canto de un pájaro no requiere de mis juicios para "ser", tal canto tiene su propia dimensionalidad, su propio modo de "aparecer", que en sí mismo expresa un "algo" que apela directamente a nuestro propio existir. Esto se replica con todos los fenómenos de la realidad. Así, la contemplación nos hace situarnos en la realidad fugaz y momentánea de lo presente, pues requiere que nuestra intencionalidad se "sitúe" en las cosas que son, que están siendo, y que se encuentran en constante movimiento.

De algún modo, podríamos expresar, sin intensiones esquemáticas, que la belleza como fenómeno, está íntimamente relacionado con aquello "indecible" de la existencia. La belleza es la expresión fenoménica del misterio del ser, cuya dimensión no vale la pena categorizarla, como muchos metafísicos lo intentaron durante siglos. Hacer de nuestro "habitar el mundo" un acto poético, es dar cabida a tal belleza en todas las expresiones de nuestro existir; es tomar consciencia del misterio, de la vida, del amor, de la muerte, y quizás... de lo infinito. 

Y desde aquí, solo cabe hacerse cómplice de todo en cuanto existe.




H.S.















lunes, 29 de mayo de 2017

INVOCACIÓN


"Que la sombra de las voces 
no sucumban tu vuelo.

Que la luz de la mirada
desenrede tu entendimiento.

Que la estancia silenciosa
expanda tus horizontes.

Que la poesía geométrica
te haga vidente ante su belleza.

Que los rumores de antaño
florezcan en la tierra seca.

Que aquello que no tiene forma
se haga forma en tu coraje.

Que el espacio sin fin
borre las huellas de la ignorancia."


H.S.








lunes, 1 de mayo de 2017

REALIDAD Y REVOLUCIÓN INTERIOR: LA TRANSFORMACIÓN INMINENTE DE LA CONSCIENCIA HUMANA



Curiosamente, uno de los temas más olvidados para la sociedad moderna, y para el modo de vida de los individuos y colectividades de la actual civilización, es el fenómeno de la realidad. Es curioso, ya que toda la vida humana que conocemos se enmarca en lo que difusamente es llamado "realidad". Es algo que sucede siempre y que es el contenedor de todo lo que conocemos, pero sin embargo, olvidamos que esa cualidad fenoménica (la "realidad") está todo el tiempo expresándose en en nuestro acontecer.

A lo largo de la historia, hemos confeccionado y construido muchos modos de abordar la realidad. Lo que antiguamente lo dictaba la religión, hoy es la ciencia la encargada de confeccionar las pautas de interpretación del universo. Así, desde nuestra educación se nos instruye en ciertas disciplinas que nos enseñan una serie de leyes y formas que construyen toda nuestra cosmovisión. Las ciencias biológicas informan sobre la existencia de las células; la historia por su parte, menciona los procesos culturales, políticos y económicos pasados que han influido en la realidad presente; la física, nos habla de las leyes del mundo físico y las dinámicas del espacio y tiempo; y así siguiendo.

Pero contrastando todo este potencial informativo que la sociedad moderna ha configurado, se contrapone la monotonía de la vida civilizada. Se nos instruye en grandes cantidades de información, pero que la práctica solo provoca individuos con pautas de vida bastante acotadas. Nacemos, estudiamos en las escuelas, vamos a la universidad, hacemos postgrados y luego trabajamos con las ansias de ganar un prestigio imaginado. Entre medio de esta carrera, posiblemente surgen amistades, fiestas, sexo, parejas e hijos que buscan hacer más llevadera está marcha intelectual y sistémica en la que nos han criado.

En esta situación colectiva y existencial, el ser humano moderno, el ser humano burgués, olvida y deja de interesarse sobre cual es la naturaleza de su realidad. Lo que se vuelve importante es producir, generar dinero para la familia o para algún ensueño esperanzador que rompa con la aburrida rutina de la vida actual. Pero toda pregunta que no posea un rol sistémico, se deja de lado, olvidada en el viejo baúl de cosas inservibles.

Por lo tanto, los seres humanos viven en una graciosa paradoja: por un lado, han llegado a dominar la técnica y la información de tal manera, que han generado una interesante ilusión de control y dominio frente a la naturaleza (y por ende, la realidad); pero por otro parte, de la misma manera en que el Hombre parece tecnologizarse, la creatividad y la capacidad de cuestionar la propia realidad parece ir degradándose a pasos agigantados.

Así, asumiendo este contexto colectivo en el que vivimos, preguntamos: ¿qué es la realidad? Seguramente para muchos, esta pregunta puede resultar desconcertante, ya que al formularla pueden caer en cuenta que realmente no poseen herramientas para poder contestarla. Por otra parte, si surgen respuestas, lo más probable es que resulten apresuradas y dejen entre ver las creencias y preconceptos que la persona posee en su fuero interno.

Preguntarnos por la naturaleza de la realidad puede acarrear las siguientes consecuencias: por un lado, puede hacernos caer en cuenta de nuestra total ignorancia respecto este fenómeno; por otro, nos revela que poseemos creencias y teorías internas que se apresuran en el intento de respuesta ante la pregunta; y finalmente, nos da constancia del completo olvido del ser de parte de los individuos y colectividades de la sociedad actual.

Este olvido del ser, desde mi punto de vista responde a una serie de acontecimientos históricos: al surgimiento de la era industrial del capitalismo, la crisis del cristianismo en Europa, el fracaso de la ciencia como fundadora de verdades, el surgimiento de los totalitarismos en el periodo de entreguerras, el auge de las ideologías materialistas (marxismo y neoliberalismo), y finalmente el surgimiento de la postmodernidad en las sociedades occidentales de los últimos 30 años.

Han sido más de dos siglos, en los cuales la cultura mundial se ha encaminado en una serie de cambios vertiginosos, que han traído desde valiosas oportunidades de evolución, hasta la alienación y decadencia de la vida humana. Y es que en la época en que vivimos, el Hombre es asechado por una gran ambivalencia: por un lado, se están abriendo las puertas para un posible despertar colectivo, pero al mismo tiempo va creciendo la amenaza de la autodestrucción. 



De esta manera, nuestra cultura actual, es la expresión de esta alienación, del olvido del ser y el sentido de lo humano. No ha habido época donde los valores y el sentido existencial del hombre este más degradado y decadente. Detrás de nuestra vida moderna se esconde el sin sentido, el nihilismo del que tanto habló Nietzsche. Sin embargo, es por esta misma crisis, que el ser humano anhela y busca más que nunca el sentido del ser.

Ya desde los años sesenta, hemos sido testigos de grandes cambios sociales y paradigmáticos. Los Hippies, las revoluciones sociales, y una renovación de la espiritualidad gracias a la llegada de maestros orientales a occidente, han dado forma a una cultura (o contracultura, más bien) de límites difusos, orientada a la búsqueda de una vida más autentica, más justa y más trascendente. Incluso la New Age cabe dentro de estas manifestaciones, a pesar de la desconfianza de los escépticos.

Esta contracultura, que aún está en periodo de gestación no es otra cosa que el
síntoma, la exteriorización, de una búsqueda inminente, una necesidad inefable que aloja en el corazón de cada ser vivo. Y preguntarse por la naturaleza de la realidad, es encaminar al transeúnte a ese sendero anhelado.

Estamos en una cultura en que el cuestionar la realidad es un asunto innecesario. Es por esto que el cuestionamiento dirigido hacia el fenómeno de la vida es un acto revolucionario, ya que establece las condiciones necesarias para salir de la prisión psicológica que nos hemos construido como raza humana. Una revolución, pero una revolución interna, una revolución total, ya que lo que está en tela de juicio no es solo el sistema, el gobierno, o las naciones: es toda la estructura de la consciencia la que quiere ser examinada.

¿Qué es la realidad? Es la pregunta más poderosa que puede hacerse el Hombre. ¿Es real lo que toda mi vida he creído real? Esas preguntas son lo que genera la revolución. Esta revolución, lejos de encasillarse a lo que conocemos como revolución, es el movimiento interno que genera el despertar en el ser Humano. El despertar de nuestro largo sueño, despertar del sueño de Bhrama, donde todas las estructuras (tanto internas como externas) se disuelven en la visión unificadora del universo.

El verdadero cambio solamente puede surgir desde la propia consciencia. Esperar que lo de afuera se transforme para luego transformar al individuo es una trampa autodestructiva. En la medida que los seres comiencen a despertar a la consciencia se producirá la sinergia inevitable y todas las estructuras sociales de dominación se disolverán como polvo en las cenizas. 



H.S.









sábado, 8 de abril de 2017


EL DARSE CUENTA: LOS PRIMEROS PASOS DE UNA CONSCIENCIA VACUA



Decir cosas siempre puede acarrear dos consecuencias: la primera y la más común, es construir una base en donde se desglosa esa cosa dicha (el discurso); y la segunda, que es menos común, es dar apertura creativa a algo que va más allá (o más acá, depende de la perspectiva) de las palabras. En la primera consecuencia, podemos incluir en ella a todos los discursos filosóficos, intelectuales y científicos que tenemos como cultura humana. En la segunda, en lo que respecta a la creatividad, se diferencia de la primera en que ésta verdaderamente no puede definirse del todo. Podemos observar que hay ciertos personajes que poseen un "algo" a lo cual se lo podría encasillar en la segunda categoría de "cosas dichas"; tales como un Krishnamurti, Fritz Perls, Gandi, Alan Watts, Silo, Tich Nat Han, Matías de Stefano, entre otros. Sin embargo la profundidad creativa de estos personajes, en sí misma no puede ubicarse en categorías definidas. Es tan así que todos estos personajes citados no puede concebírselos sin una atmósfera de misterio característico y común.

Para hablar de un tema tal como el "darse cuenta", inevitablemente debemos entregarnos a una forma creativa y dinámica tanto para expresar como para "entender" (aunque "entender" pueda ser algo muy limitado) lo que queremos conversar. Pues, el darse cuenta, si bien es un concepto que ha llegado a formar parte de un cliché dentro de los ambientes psicoterapéuticos gestálticos y espirituales, en realidad, con esta palabra no nos referimos a nada más sino a nuestra realidad inmediata. Es por esto que hay que ser ágil y simple al abordar el fenómeno de lo que es darse cuenta, pues no es un concepto, no es un discurso filosófico, tampoco una idea vaga o ideal: se trata de algo que está sucediendo todo el tiempo al rededor de nosotros, y es tan simple, pero tan simple, que nuestra mente y capacidad intelectual no puede (o no quiere, más bien) comprender.

Por lo tanto esta tarea es un tanto vertiginosa, ya que al hablar del darse cuenta, nos referimos a algo que está siempre sucediendo y que siempre es nuevo. El darse cuenta, es como observar un río: puedes verlo horas y horas, intentar retener todos los movimientos del agua, puedes realizar teorías y mediciones con el objetivo de comprender el río en su totalidad; sin embargo al final del día quedarás agotado, ya que tu intento por retener el río fue totalmente nulo. Hiciste todo lo que pudiste y sin embargo el río seguía ahí, fluyendo y fluyendo, arrastrando litros y litros de agua por segundo. Te das cuenta que el río siempre es nuevo, que cada vez que lo miras y lo vuelves a observar, no es la misma agua que la que contemplaste hace un milisegundo atrás. De esta manera, estamos tratando con algo que siempre es nuevo, que en sí mismo no tiene referentes, que no tiene réplica anterior. 

Pero no nos compliquemos, el secreto de todo esto es que hay una simpleza extraordinaria e incluso cómica en la vida que estamos experimentando. Y para no enredar la madeja, es bueno aclarar que el darse cuenta no es un discurso intelectual, no tiene que ver con el pensar, no tiene nada que ver con un ejercicio de voluntad a modo de desarrollar una facultad extraordinaria. Estamos hablando de otra cosa. Por ejemplo, al observar por un momento a un águila que vuela merodeando el valle de una montaña, tal objeto de percepción (que es el águila) no se presenta ante nuestro espacio sensorial en base a un esfuerzo especial que deba realizar el ave, y tampoco por un esfuerzo de voluntad por parte del observador, el águila simplemente está allí presente ante el observador. Por el momento no es conveniente introducir aquella famosa interrogante filosófica sobre si la percepción del observador remite a características esenciales y objetivas del objeto (pensamiento positivista), o si aquella percepción es simplemente una proyección de la propia perceptualidad del observador (filosofía idealista). Simplemente nos atendremos a que la experiencia de la percepción solamente sucede, y ese suceder en sí mismo es un fenómeno instantáneo que posee su propia y total significación. A ese suceder, que es constante y fugaz, y que además no requiere de esfuerzos o reflexiones de un observador dado, le llamaremos el momento presente.

El momento presente, es toda la realidad que estamos experimentando aquí y ahora. Es simple pero fugaz, pues escapa constantemente de nuestro pensamiento y nuestras categorías racionales. El momento presente funciona con la misma "lógica" que con la fugacidad del río mencionado en la metáfora de unos párrafos más arriba. De este modo, el darse cuenta y el momento presente no son fenómenos estrictamente distintos, más el darse cuenta vendría a ser un "percatarse" del suceder del momento presente, que finalmente no puede decirse que estén separados. Muchas tradiciones espirituales han dado énfasis a este fenómeno, siendo el Budismo, el más característico y certero en traducir este entendimiento. Pero tampoco es conveniente identificar este fenómeno, esta capacidad de la realidad, con una tradición espiritual específica. Las religiones, las enseñanzas espirituales, en mi opinión son representaciones y traducciones de esa realidad esquiva que no puede ser atrapada por las palabras, por lo tanto confundir las traducciones de esa realidad con su representante es esterilizar las posibilidades de sumergirse en el fenómeno presente de manera directa. Las tradiciones espirituales son mapas y guías que han ofrecido (y ofrecen) al ser humano una aproximación al fenómeno de la vida; pero la vida, la consciencia, son fenómenos que en última raíz no dependen de cultura alguna.

Llegando a este punto, algún lector se podrá estar preguntando: ¿cómo uno puede desarrollar esta facultad del "darse cuenta" en nuestra vida diaria? Esta pregunta puede abordarse desde muchos ángulos, y una forma un poco desconcertante de hacerlo, pero dueña de una gran paradoja, es dar la simple respuesta que realmente no hay un cómo. Krishnamurti solía decir que las preguntas que engloban un "cómo", son preguntas erradas que nacen de una comprensión limitada de la realidad. Cuando preguntamos por el "cómo" desarrollar una facultad, en el fondo lo que estamos buscando es un método, una certeza y unos pasos definidos para obtener algo deseado para nosotros. Lo deseado siempre es algo imaginado, ya que el deseo está directamente relacionado con la imaginación, por lo tanto siempre se desean cosas que no se encuentran en el instante presente, cosas que no son; puede que en algún presente próximo ese hecho deseado por nosotros pueda presentarse, pero por el momento, el presente actual nos está hablando de otra cosa. ¿cómo desarrollar algo que ya está sucediendo? Ése es el asunto, el darse cuenta no puede desarrollarse, porque no es algo que se encuentre en el futuro, es algo que ya está aquí mismo. Por lo tanto no hay un desarrollo del darse cuenta, si no que simplemente hay darse cuenta. De instante en instante, atendiendo a lo que es, se abren las puertas de la realidad, por lo tanto no se puede decir que haya progreso ni retroceso, sino simplemente una apertura constante hacia lo que es nuevo.

¿Qué queda entonces? Radicalmente: nada. Pero, ¿qué es lo que hace que una mente, un ser, se de cuenta de todo este movimiento de la realidad, si es que a fin de cuentas no puede hacerse "nada"? Estar en contacto con lo que es, y estar en contacto con lo que es, implica meditación, y la meditación no es otra cosa que el darse cuenta. En el Zen existe la noción de que lo que trae confusión y sufrimiento al discípulo, es creer que éste existe, y la noción de la existencia propia está aparejada con la noción de conocimiento sobre el mundo. Cuando yo conozco me separo, pues la mente crea una abstracción de la cosa conocida, generando una separación entre el conocedor y el objeto de conocimiento. Por lo tanto, la verdadera sabiduría es trascender nuestros conocimientos ordinarios y descubrirnos como una mente, como una gran consciencia ignorante sobre sí misma, como un gran espacio vacío donde nada ha surgido y donde nada surgirá. Ese es la unidad total, esa es la naturaleza  incondicionada de Buda.


H.S.










viernes, 6 de enero de 2017

VIVIR SIN REFERENTES: UN ESPACIO ABIERTO A LO DESCONOCIDO

Es común en la cultura científica, que se exija a los investigadores trabajar en base a referencias y bibliografía que sustenten la exploración empírica que se llevará a cabo en la investigación. De esta manera, todo experimento, toda acción metodológica del investigador se direcciona a confirmar o desechar ideas, pero, aunque el experimento logre desechar una idea o teoría, rápidamente se ve reemplazada por una nueva explicación que el científico le otorga. Si bien no es mi intención hablar de ciencia en este escrito, arrojo esta idea porque representa de buena forma el modo de pensar y la forma de vivir que tenemos los humanos hoy en día.

Cuando hablo que nuestra forma de vivir se asimila al pensamiento científico, no me refiero a que nuestras vidas sean razonables, metódicas, empíricas y lógicas; tampoco digo que esas cualidades de la ciencia sean las que la vida humana debiese tener. Me refiero, a que nuestra formas de pensar, de sentir, de actuar y de relacionarnos, están íntimamente ligadas a referencias que a lo largo de la vida hemos incorporado. Pero ¿a qué me refiero con referencias?, ¿qué implican las referencias en nuestro diario de vivir?

Si examinamos detenidamente nuestras actividades diarias y vemos cuáles son nuestras acciones y reacciones que se relacionan con éstas, observaremos que cada una de ellas está guiada por un punto de referencia; es decir, una noción, una idea o pensamiento, que se ubican en una especie de telón de fondo en nuestra consciencia. Estas ideas y nociones, guían al individuo en la elección de sus acciones y sobre cuáles son las formas correctas e incorrectas de realizar una actividad. De esta manera las referencias actúan como la base donde se determinan los debería y no debería de una acción. Por lo tanto, las referencias son nociones mentales, son pensamientos que se configuran como verdaderos mapas para la interpretación de nuestra realidad.

Por otro lado, las referencias mentales se configuran y operan en cada individuo, pero también tienen un origen social y colectivo. Aquí no interesa si el huevo fue primero que la gallina o viceversa, simplemente observamos un fenómeno que se desarrolla en dos dimensiones fundamentales: en el ámbito psicológico, y en el ámbito social. En el funcionamiento colectivo, las referencias están en todos lados. Se podría decir que la sociedad misma se edifica en un castillo de referencias. La tradición, la escuela, los gobiernos y la publicidad, son ejemplos de lugares en los que se generan y se perpetúan las referencias que la colectividad maneja en sus vidas cotidianas. La educación nos educa moldeando nuestro comportamiento para someternos a la sociedad, la publicidad crea necesidades falsas e incita el consumo; los gobiernos nos imponen ideologías y leyes que configuran nuestros pensamientos y actitudes; etc. Todo esto constituyen referentes que moldean el pensamiento y las acciones de todos los individuos.

Dicho de manera, los referentes corresponden a todas las nociones culturales que nosotros llevamos dentro. Estas nociones culturales, como se viene diciendo en párrafos anteriores, son guías de conducta. Es decir, las nociones culturales condicionan la forma en que vamos a desenvolvernos en la vida cotidiana, llegando incluso a determinar la vida completa de un individuo. Por lo tanto podemos afirmar que los referentes mentales funcionan en base a la imitación: la mente crea una imagen, un ideal, y la persona realiza esfuerzos para mimetizarse con esa imagen mental que se ha creado. Por ejemplo, la imagen de un adulto en un automóvil lujoso junto a una chica guapa, puede condicionar la creencia de que para conseguir sexo debo tener dinero y prestigio; o la imagen católica de una vida después de la muerte, incita a las personas creyentes a expiar sus pecados alejándose de las tentaciones del cuerpo; etc.

En base a estas nociones vamos configurando nuestro pensar. Es a través de la experiencia, que la mente va acumulando conocimientos, estos conocimientos se van articulando hasta configurar los referentes mentales de los que hablamos. Todo el pensamiento se basa en referentes. Para pensar, necesito una idea preconcebida, una imagen, una experiencia que me permita comparar los estímulos de la realidad con el conocimiento que ya poseo. Por lo tanto todo pensamiento, por muy sofisticado o erudito que pueda ser, se basa en referentes, y por lo tanto, en la imitación. Para confeccionar ideas, necesito de ideas previas para realizar un "nuevo" pensamiento. Pero esta novedad del pensamiento, es ilusoria, ya que el pensamiento mismo se basa en una construcción, en una serie de referentes y paradigmas que configuran nuestra propia realidad.
Todo lo hablado hasta aquí puede llevarnos a reflexionar, que nuestros pensamientos, nuestras emociones y acciones no son auténticas. Puede sonar duro, y probablemente más de algún lector reaccione en desacuerdo con esta afirmación. Sin embargo, todo lo que hacemos tiene un referente cultural que hemos aprendido y por lo tanto imitado. Vivimos vidas de segunda mano, ya que antes de vivir, antes de experimentar el fenómeno de la vida en sí misma, estamos todo el tiempo encasillando en nociones, ideas, percepciones y experiencias previas que hemos vivido. Por eso digo de segunda mano, ya que nunca nos encontramos con el hecho mismo de la vida, sino que siempre nos relacionamos con ideas acerca de la vida. De esta manera siempre la carga de nuestro pasado nubla el momento presente en el que nos encontramos. Así nos creamos la ilusión de una continuidad, de una especie de serial, de película que se haya en nosotros. Somos personas con historias que navegan en la deriva de la vida. Sin embargo, esta continuidad no es más que una interpretación, una creencia sobre nosotros mismos.

Llegando hasta este punto, es posible preguntarse ¿qué es la vida, aparte de todos los referentes que nos hemos construido? ¿qué es la vida, más allá del pensamiento? Ante estas preguntas, nos damos cuenta que la experiencia del vivir es algo desconocido, algo que en sí mismo no tiene referentes. Es una apertura, un constante fluir, un movimiento holístico y dinámico que sucede en un espacio abierto que llamamos presente. Uno no puede relacionarse con este movimiento, si vive identificado con los referentes mentales que posee en su interior. Los referentes mentales, son núcleos que separan la experiencia, son centros en los que la realidad se divide en dos: el yo y la realidad.

Nuestra identidad misma es un referente, en la nave nodriza de todas nuestras concepciones mentales. Decir "yo", decir "tú", decir "mío" y "tuyo", es la expresión directa de nuestra división como seres humanos. Es el pensamiento, las ideas, las que configuran la ilusión de una experiencia separativa, de una existencia objetiva separada del universo. Pues los referentes nos hacen pensar que la ideas que tenemos sobre la realidad, son la realidad. Sin embargo, esto no es más que una vulgar ilusión, una ficción de nuestro pensamiento. Por ejemplo, al nombrar la palabra "silla", podemos de inmediato imaginar el referente que hemos confeccionado de dicho fenómeno que llamamos silla. Sin embargo, ese fenómeno que llamamos silla ¿es realmente una silla? ¿qué es ese fenómeno más allá de las palabras que podamos concederle? para lástima de nuestro ego: no lo sabemos.

Llegando a este punto, nos damos cuenta que vivimos en una realidad que hemos normalizado, que hemos vulgarizado con nuestros referentes. Vivimos una vida ordinaria que en realidad es extraordinaria. El más insignificante fenómeno, esconde el misterio de todo el universo y la vida, pero es nuestro pensamiento y nuestros referentes los que solidifican la riqueza de la realidad. Lo que sea la vida más allá de nuestras ideas, nadie puede afirmarlo, sin embargo, en cada instante está en cada uno de nosotros la posibilidad de abrirnos a este espacio desconocido que llamamos vivir. Lo que encuentre cada uno en este espacio, nunca podrá expresarse con palabras.

H.S.


martes, 6 de diciembre de 2016

ÉXITO Y PRESTIGIO: LAS MÁSCARAS SOCIALES DEL MIEDO


Vivimos en un entorno en el cual se nos exige que debemos ser "alguien". Desde pequeños que la educación, el entorno familiar y la cultura, nos ha alimentado la creencia, la noción, de que para vivir, para conquistar nuestra felicidad, es bueno y conveniente tener éxito en los caminos que emprendamos. De esta manera se nos condiciona, muy desde temprano, a trabajar, a actuar y producir en base a la noción de generar éxito, posición y prestigio. Pero, realmente ¿qué es ser "alguien"?, ¿para que queremos ser exitosos?, ¿por qué se nos enseña de manera reiterada a buscar el reconocimiento social?

A simple vista, este tema parece ser bastante convencional, pues es probable que en  la adolescencia de varios de los lectores, cuestionamientos como estos hayan salido a flote. Incluso el ensueño hippie de encontrar una vida libre de estos aspectos, se ha impregnado en la cultura popular, siendo la base de expresiones cinematográficas como "In to the Wild" y ese tipo de películas. Sin embargo, nosotros al realizar esta reflexión, de ninguna manera estamos hablando de un asunto convencional y cliché, pues, a pesar de todo, el condicionamiento que implica el éxito, el prestigio y el reconocimiento, moldea la vida de todas las personas en esta sociedad y está presente en todo momento de nuestra interacción cotidiana. Por lo tanto, el abordar esta temática, requiere una observación de nuestra vida cotidiana, y darse cuenta de qué manera todas estas nociones nos han condicionado y restringido nuestra capacidad crítica y cuestionadora.

Primero que nada, si se dan cuenta, al abordar asuntos tan simples en apariencia, al preguntarnos sobre temas que parecen ser tan convencionales, surge de inmediato el reconocimiento que realmente no tenemos mucha idea sobre las razones de nuestras conductas cotidianas. Por ejemplo, al preguntarnos "¿Por qué me visto con la ropa con la que me visto?", seguramente surgirán respuestas instantáneas como "porque me gusta", "porque siento que me veo bien", etc; pero razones y explicaciones profundas, seguramente no aparecerán, y si aparecen más respuestas, seguramente reflejan directamente costumbres colectivas, creencias culturales, etc. Por lo tanto, si somos radicalmente honestos, llegaremos a la conclusión que no sabemos lo que hacemos.

Lo anterior, opera a todo nivel. Todas nuestras conductas, todas nuestras emociones, todos nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestras creencias: todo; está de una u otra forma relacionada con el entorno, relacionada con nuestras vivencias, nuestra familia, nuestra cultura, etc. Es decir, todo nos ha llegado de "afuera", a modo de aprendizaje e imitación, todo lo que somos está condicionado por el medio. Este condicionamiento, actúa como un molde que confecciona, uniforma y dirige nuestras acciones supeditadas al entorno en el que vivimos. Si queremos comprender el fenómeno del éxito y prestigio, es fundamental que lo anterior seamos capaces de observar en nuestras vidas.

Por lo tanto, estamos condicionados al éxito. Estamos condicionados a actuar en el mundo social en base al prestigio y al reconocimiento. Este estar "condicionados", es en gran medida algo "inconsciente", es decir, algo a lo cual no le damos importancia y tampoco tenemos una noción y claridad sobre estos sucesos mentales y sociales. Nos parece natural, por lo tanto actuamos en base este condicionamiento, y construimos una vida en base a este motor psicológico.

Pero esta noción de éxito, este deseo de reconocimiento propio, tiene dimensiones psicológicas más profundas, relacionadas íntimamente al conflicto humano. Pues, ¿en base a que medimos nuestro éxito?, ¿a través de qué medio reconocemos nuestro valor para los otros?, la respuesta es obvia: por medio de los otros. Es decir, nosotros pensamos al éxito debido a que internamente tenemos la noción de un otro. Es a través de este "otro" que la mente crea una referencia, una guía de conducta, que imita y que luego quiere superar. Por tanto, de esta noción de "otros" se liga de inmediato un constante fenómeno de "comparación". La mente, el pensamiento funciona en base a la comparación, pero para que exista comparación, es necesaria la noción de separación, de diferenciación, y es en este terreno donde descubrimos el fenómeno del ego.

Sin embargo, todo lo hablado, no es una seguidilla de causas y reacciones lineales. Tanto el éxito, como la noción de otros, la comparación, la diferenciación y el ego, son fenómenos psicológicos que se dan en conjunto, y que en esencia no son más que una misma cosa. Tenemos un mapa mental sobre la realidad, que nos hace percibir los sucesos desde una identidad (o ego) que se interrelaciona con un mundo que le es ajeno y aparte. Esta identidad lucha y batalla para poder encontrar una esencia, un valor, una autenticidad que la diferencie de este mundo que tiene frente a sus ojos, y al no poder encontrarla, va generando una acumulación de frustración que se traducen en sufrimiento.

Entonces, si somos agudos, podemos darnos cuenta que la frustración y sufrimiento surgidos del ego nacen de una contradicción fundamental: que la aparente noción de separación individual frente a la realidad (que se expresa como la personalidad) se ve constantemente atormentada con el hecho de que el ego no puede asegurar que esta separación exista. Por lo tanto, el ego quiere ser un ego, pero se ve en la imposibilidad de probar su propia existencia. Es esta contradicción la que moviliza nuestros deseos de éxito y reconocimiento: como no sabemos lo que somos, como no tenemos seguridad absoluta de lo que creemos ser, nos proyectamos al mundo social, para encontrar ahí nuestra identidad. De esta manera el reconocimiento y el éxito se convierten en una medida "salvavidas" del ego para certificar su propia existencia, y es justamente eso lo que sucede: el éxito se convierte en la medida que certifica a las personas, adjudicando el valor social que tiene la propia identidad.

Por lo tanto, el fenómeno psicosocial del éxito, no es otra cosa que el escape de esta contradicción fundamental de la mente humana. Esta contradicción en esencia es inseguridad y miedo, es el temor de la mente (el ego) hacia su naturaleza incierta y vacilante, que impulsa al ego a buscar (o a construir) estructuras de seguridad que lo alejen de la incertidumbre, y una de esas estructuras que el humano a creado, es justamente la noción de éxito y prestigio.

Llegando a este punto, podemos afirmar que la base psicológica de la sociedad exitista es el miedo. Es un intento colectivo desesperado, de dar la espalda a la enorme incertidumbre que el hombre de hoy vive. Pero este dar la espalda a la incertidumbre, tiene repercusiones enormes en el funcionamiento global de la civilización. Este continuo escape psicológico en el que la sociedad vive, genera constante confusión, ignorancia, violencia y destrucción. Si estamos constantemente escapando, no podemos ver la realidad, y nuestras acciones se desencadenan de manera torpe, ya que lo único que nos interesa es escaparnos de nuestro propio miedo y sufrimiento. Esta conducta, multiplicada en millones de personas, evidentemente genera un caos de importante envergadura.

He aquí nuestro condicionamiento. Hemos sido criados a la fuerza en una sociedad del miedo, en una sociedad insensible que posterga su existir y busca desesperadamente una seguridad ilusoria por medio del prestigio colectivo, con el precio de sacrificar su propia libertad. A cada uno de nosotros nos tocó nacer en una sociedad donde estos mecanismos ya estaban instalados y consagrados, y en nuestra desprotección infantil, tuvimos que adaptarnos a esta vorágine, a este monstruo de cien cabezas, creyendo que de esta manera podíamos ser aceptados por los demás. Así, nuestro condicionamiento estriba en que se nos ha hecho pensar que esta sociedad, esta forma de vivir es la única que existe y es aceptable, y cómo todo el mundo funciona de esta manera, caímos en ceder y aceptar todos estos absurdos. Hay una especie de mecanicidad colectiva, que se ha contagiado por medio de la imitación.

En el momento en que el ser humano comienza a cuestionarse todos estos asuntos, la barrera de la sociedad, comenzará a boicotear todas estas intuiciones, presionando por medio de la familia, el trabajo, la escuela, los gobiernos, la publicidad, etc. Y esta presión radica en acentuar el miedo en la persona, por medio de amenazas ilusorias que invaden la mente del individuo, haciéndole perder la fé en la propia intuición individual. La presión del dinero, el ser profesional, el obedecer a un jefe, pagar cuentas; son todos mecanismos que actúan devolviendo al individuo a la zona del miedo y al deseo de seguridad.

De esta manera, surge la pregunta ¿existe la posibilidad de liberarse de toda esta situación?. Más que exponer una respuesta definida, es necesario que estas preguntas comiencen a nacer en las mentes de todos los seres. Si observamos que el éxito y el prestigio tienen un respaldo psicológico, nos daremos cuenta que gran parte de las bases que sostienen a la sociedad son interiores, por lo tanto, un proceso de liberación primero debe comenzar en el interior. Es en el lugar más íntimo del corazón y la mente de cada ser humano, donde estas problemáticas pueden ser resueltas. Pienso que si un ser puede llegar a liberarse de todo este drama, esa liberación puede repercutir radicalmente en los otros individuos, generando un contagio de frecuencias elevadas de consciencia.

Bajo las enseñanzas de todo mito, de toda tradición y de todos los maestros que la humanidad ha presenciado, se ha escuchado que para comprender la libertad (que es el infinito, el misterio, lo inefable) es preciso morir para uno mismo. Este morir tiene la implicancia de dejar de buscar "ser alguien". Es precisamente esa búsqueda de un yo verdadero, la que trae sufrimiento y miseria para la humanidad. Debemos atrevernos a ser nada, debemos atrevernos a observarnos sin el lente de nuestro propio ego. Es en las dinámicas de esta observación, donde se aproxima la naturaleza de la propia mente. Sin embargo, no podemos llegar a comprender todo esto, si aún dependemos de alguna muletilla psicológica. Seguir una tradición, creer en un maestro, y adherirse a una religión no van a traer en sí mismo la comprensión y la liberación de toda la realidad condicionada. Para esto debemos morir para toda referencia externa, debemos atrevernos a estar solos, a indagar en el significado profundo de la soledad. Si es que llegamos a ser capaces de cultivar esta soledad interior, puede que surja la comprensión que nunca estuvimos solos y que nunca estuvimos separados.

LOS MISTERIOS DE LA SEÑORA DE LA NOCHE

¡Cuánto misterio residía en el templo antiguo de Xilión, dedicado a la diosa ctónica de las profundidades inciertas! Hécate, señora de la no...