domingo, 6 de agosto de 2017


LA BELLEZA COMO SENDERO EXISTENCIAL



Estar en el mundo, es habitarlo. En realidad, no es posible otra fórmula que ésta.
La cuestión del ser, de la vida, de la realidad son tópicos que desde el origen de los tiempos han movido la motivación de los seres para la elaboración de respuestas a la altura de tales preguntas. Si bien no es mi intención hacer una revisión de las formas en que el ser humano ha abordado estas problemáticas a lo largo de su historia, me parece pertinente hacernos recordar, la presencia de preguntas inmemoriales que hasta el día de hoy actualizan su vigencia.

El habitar el mundo, es una cuestión cotidiana, democrática. Democrática en el sentido que, si bien la cultura ha puesto parámetros y diferencias (sociales, ideológicas) que condicionan y diferencian tal habitar entre las personas, todas ellas en realidad están en una situación igualitaria: la situación de vivir. Esta situación de vivir, además de igualitaria, es ineludible, en el sentido que la experiencia del vivir en estricto rigor no puede ser postergada; incluso los suicidas no pueden escaparse de ella, ya que, aunque decidan poner un "fin" a sus vidas adelantándose a las "causas naturales", la experiencia del vivir es ya un suceso presente, en cual, desde ese mismo vivir, se decide una dirección hacia el destino de su "ocaso"; por lo tanto tal decisión se enmarcaría dentro del fenómeno mismo de la existencia, y de esta manera, tampoco ajena a ésta.

Pienso que un "correcto" habitar el mundo, supone necesariamente una dirección hacia la pregunta por el ser, la existencia, la realidad y el universo. Con este "correcto habitar" no me refiero a una idea moral de "estar en el mundo", sino una dirección que nos sitúe de una manera más íntima con la naturaleza inefable del existir. Tal dirección, evidentemente no posee recetas o senderos "objetivamente establecidos", pues, direccionarse hacia lo inefable es necesariamente caminar en la "incertidumbre" y alejarse de los "puntos de referencia". Sin embargo, podemos identificar cinco áreas en las cuales el Humano ha direccionado sus preguntas fundamentales: el misticismo, la religión, la filosofía, la ciencia, y el arte.

Todas estas áreas requieren de un amplio desarrollo, estudio y comprensión; pero para efectos de este escrito, me interesa enfocar nuestra mirada en el arte. Dicho esto, mi intención es indagar en el arte desde una postura existencial, más allá de la dialéctica "obra-espectador" común para toda la historia artística. ¿En qué consiste hacer del arte una postura existencial? Es hacer del "habitar el mundo" un arte. Este habitar, basado en las cosas "en sí mismas", es hallar la belleza en el mundo cotidiano y actuar en base a ella, es reconocer el misterio en todas las cosas existentes y entregarse a éste sin esperar comprenderlo.

De acuerdo a lo anterior, más que elaborar ideas sobre la belleza del mundo circundante, es menester llevar a cabo una tarea contemplativa en el mundo cotidiano del suceso. Esta labor es la que busca desarrollar el gran arte: poder expresar en un modo representativo la belleza, el misterio, lo indecible; de modo que el espectador logre penetrar en el mundo contemplativo que ha dado a luz a la obra que está ante sus ojos. Pero esta idea, de evidente influencia platónica, no queremos volverla una metafísica de la experiencia de la belleza, sino una fenomenología capaz de "tocar" eso indecible, que no necesita ser definido de ningún modo. Y esta fenomenología es justamente la "acción" contemplativa capaz de encontrarse con las "cosas mismas" del mundo circundante.

Contemplar significa "tocar", "acoger", y "sostener" los fenómenos del mundo dejando espacio para que éstos se expresen en sí mismos y en cuanto tales. El canto de un pájaro no requiere de mis juicios para "ser", tal canto tiene su propia dimensionalidad, su propio modo de "aparecer", que en sí mismo expresa un "algo" que apela directamente a nuestro propio existir. Esto se replica con todos los fenómenos de la realidad. Así, la contemplación nos hace situarnos en la realidad fugaz y momentánea de lo presente, pues requiere que nuestra intencionalidad se "sitúe" en las cosas que son, que están siendo, y que se encuentran en constante movimiento.

De algún modo, podríamos expresar, sin intensiones esquemáticas, que la belleza como fenómeno, está íntimamente relacionado con aquello "indecible" de la existencia. La belleza es la expresión fenoménica del misterio del ser, cuya dimensión no vale la pena categorizarla, como muchos metafísicos lo intentaron durante siglos. Hacer de nuestro "habitar el mundo" un acto poético, es dar cabida a tal belleza en todas las expresiones de nuestro existir; es tomar consciencia del misterio, de la vida, del amor, de la muerte, y quizás... de lo infinito. 

Y desde aquí, solo cabe hacerse cómplice de todo en cuanto existe.




H.S.















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