Curiosamente, uno de los temas más olvidados para la sociedad moderna, y para el modo de vida de los individuos y colectividades de la actual civilización, es el fenómeno de la realidad. Es curioso, ya que toda la vida humana que conocemos se enmarca en lo que difusamente es llamado "realidad". Es algo que sucede siempre y que es el contenedor de todo lo que conocemos, pero sin embargo, olvidamos que esa cualidad fenoménica (la "realidad") está todo el tiempo expresándose en en nuestro acontecer.
A lo largo de la historia, hemos confeccionado y construido muchos modos de abordar la realidad. Lo que antiguamente lo dictaba la religión, hoy es la ciencia la encargada de confeccionar las pautas de interpretación del universo. Así, desde nuestra educación se nos instruye en ciertas disciplinas que nos enseñan una serie de leyes y formas que construyen toda nuestra cosmovisión. Las ciencias biológicas informan sobre la existencia de las células; la historia por su parte, menciona los procesos culturales, políticos y económicos pasados que han influido en la realidad presente; la física, nos habla de las leyes del mundo físico y las dinámicas del espacio y tiempo; y así siguiendo.
Pero contrastando todo este potencial informativo que la sociedad moderna ha configurado, se contrapone la monotonía de la vida civilizada. Se nos instruye en grandes cantidades de información, pero que la práctica solo provoca individuos con pautas de vida bastante acotadas. Nacemos, estudiamos en las escuelas, vamos a la universidad, hacemos postgrados y luego trabajamos con las ansias de ganar un prestigio imaginado. Entre medio de esta carrera, posiblemente surgen amistades, fiestas, sexo, parejas e hijos que buscan hacer más llevadera está marcha intelectual y sistémica en la que nos han criado.
En esta situación colectiva y existencial, el ser humano moderno, el ser humano burgués, olvida y deja de interesarse sobre cual es la naturaleza de su realidad. Lo que se vuelve importante es producir, generar dinero para la familia o para algún ensueño esperanzador que rompa con la aburrida rutina de la vida actual. Pero toda pregunta que no posea un rol sistémico, se deja de lado, olvidada en el viejo baúl de cosas inservibles.
Por lo tanto, los seres humanos viven en una graciosa paradoja: por un lado, han llegado a dominar la técnica y la información de tal manera, que han generado una interesante ilusión de control y dominio frente a la naturaleza (y por ende, la realidad); pero por otro parte, de la misma manera en que el Hombre parece tecnologizarse, la creatividad y la capacidad de cuestionar la propia realidad parece ir degradándose a pasos agigantados.
Así, asumiendo este contexto colectivo en el que vivimos, preguntamos: ¿qué es la realidad? Seguramente para muchos, esta pregunta puede resultar desconcertante, ya que al formularla pueden caer en cuenta que realmente no poseen herramientas para poder contestarla. Por otra parte, si surgen respuestas, lo más probable es que resulten apresuradas y dejen entre ver las creencias y preconceptos que la persona posee en su fuero interno.
Preguntarnos por la naturaleza de la realidad puede acarrear las siguientes consecuencias: por un lado, puede hacernos caer en cuenta de nuestra total ignorancia respecto este fenómeno; por otro, nos revela que poseemos creencias y teorías internas que se apresuran en el intento de respuesta ante la pregunta; y finalmente, nos da constancia del completo olvido del ser de parte de los individuos y colectividades de la sociedad actual.
Este olvido del ser, desde mi punto de vista responde a una serie de acontecimientos históricos: al surgimiento de la era industrial del capitalismo, la crisis del cristianismo en Europa, el fracaso de la ciencia como fundadora de verdades, el surgimiento de los totalitarismos en el periodo de entreguerras, el auge de las ideologías materialistas (marxismo y neoliberalismo), y finalmente el surgimiento de la postmodernidad en las sociedades occidentales de los últimos 30 años.

Han sido más de dos siglos, en los cuales la cultura mundial se ha encaminado en una serie de cambios vertiginosos, que han traído desde valiosas oportunidades de evolución, hasta la alienación y decadencia de la vida humana. Y es que en la época en que vivimos, el Hombre es asechado por una gran ambivalencia: por un lado, se están abriendo las puertas para un posible despertar colectivo, pero al mismo tiempo va creciendo la amenaza de la autodestrucción.
De esta manera, nuestra cultura actual, es la expresión de esta alienación, del olvido del ser y el sentido de lo humano. No ha habido época donde los valores y el sentido existencial del hombre este más degradado y decadente. Detrás de nuestra vida moderna se esconde el sin sentido, el nihilismo del que tanto habló Nietzsche. Sin embargo, es por esta misma crisis, que el ser humano anhela y busca más que nunca el sentido del ser.
Ya desde los años sesenta, hemos sido testigos de grandes cambios sociales y paradigmáticos. Los Hippies, las revoluciones sociales, y una renovación de la espiritualidad gracias a la llegada de maestros orientales a occidente, han dado forma a una cultura (o contracultura, más bien) de límites difusos, orientada a la búsqueda de una vida más autentica, más justa y más trascendente. Incluso la New Age cabe dentro de estas manifestaciones, a pesar de la desconfianza de los escépticos.
Esta contracultura, que aún está en periodo de gestación no es otra cosa que el
síntoma, la exteriorización, de una búsqueda inminente, una necesidad inefable que aloja en el corazón de cada ser vivo. Y preguntarse por la naturaleza de la realidad, es encaminar al transeúnte a ese sendero anhelado.
Estamos en una cultura en que el cuestionar la realidad es un asunto innecesario. Es por esto que el cuestionamiento dirigido hacia el fenómeno de la vida es un acto revolucionario, ya que establece las condiciones necesarias para salir de la prisión psicológica que nos hemos construido como raza humana. Una revolución, pero una revolución interna, una revolución total, ya que lo que está en tela de juicio no es solo el sistema, el gobierno, o las naciones: es toda la estructura de la consciencia la que quiere ser examinada.
¿Qué es la realidad? Es la pregunta más poderosa que puede hacerse el Hombre. ¿Es real lo que toda mi vida he creído real? Esas preguntas son lo que genera la revolución. Esta revolución, lejos de encasillarse a lo que conocemos como revolución, es el movimiento interno que genera el despertar en el ser Humano. El despertar de nuestro largo sueño, despertar del sueño de Bhrama, donde todas las estructuras (tanto internas como externas) se disuelven en la visión unificadora del universo.
El verdadero cambio solamente puede surgir desde la propia consciencia. Esperar que lo de afuera se transforme para luego transformar al individuo es una trampa autodestructiva. En la medida que los seres comiencen a despertar a la consciencia se producirá la sinergia inevitable y todas las estructuras sociales de dominación se disolverán como polvo en las cenizas.
H.S.
A lo largo de la historia, hemos confeccionado y construido muchos modos de abordar la realidad. Lo que antiguamente lo dictaba la religión, hoy es la ciencia la encargada de confeccionar las pautas de interpretación del universo. Así, desde nuestra educación se nos instruye en ciertas disciplinas que nos enseñan una serie de leyes y formas que construyen toda nuestra cosmovisión. Las ciencias biológicas informan sobre la existencia de las células; la historia por su parte, menciona los procesos culturales, políticos y económicos pasados que han influido en la realidad presente; la física, nos habla de las leyes del mundo físico y las dinámicas del espacio y tiempo; y así siguiendo.
Pero contrastando todo este potencial informativo que la sociedad moderna ha configurado, se contrapone la monotonía de la vida civilizada. Se nos instruye en grandes cantidades de información, pero que la práctica solo provoca individuos con pautas de vida bastante acotadas. Nacemos, estudiamos en las escuelas, vamos a la universidad, hacemos postgrados y luego trabajamos con las ansias de ganar un prestigio imaginado. Entre medio de esta carrera, posiblemente surgen amistades, fiestas, sexo, parejas e hijos que buscan hacer más llevadera está marcha intelectual y sistémica en la que nos han criado.
En esta situación colectiva y existencial, el ser humano moderno, el ser humano burgués, olvida y deja de interesarse sobre cual es la naturaleza de su realidad. Lo que se vuelve importante es producir, generar dinero para la familia o para algún ensueño esperanzador que rompa con la aburrida rutina de la vida actual. Pero toda pregunta que no posea un rol sistémico, se deja de lado, olvidada en el viejo baúl de cosas inservibles.
Por lo tanto, los seres humanos viven en una graciosa paradoja: por un lado, han llegado a dominar la técnica y la información de tal manera, que han generado una interesante ilusión de control y dominio frente a la naturaleza (y por ende, la realidad); pero por otro parte, de la misma manera en que el Hombre parece tecnologizarse, la creatividad y la capacidad de cuestionar la propia realidad parece ir degradándose a pasos agigantados.
Así, asumiendo este contexto colectivo en el que vivimos, preguntamos: ¿qué es la realidad? Seguramente para muchos, esta pregunta puede resultar desconcertante, ya que al formularla pueden caer en cuenta que realmente no poseen herramientas para poder contestarla. Por otra parte, si surgen respuestas, lo más probable es que resulten apresuradas y dejen entre ver las creencias y preconceptos que la persona posee en su fuero interno.
Preguntarnos por la naturaleza de la realidad puede acarrear las siguientes consecuencias: por un lado, puede hacernos caer en cuenta de nuestra total ignorancia respecto este fenómeno; por otro, nos revela que poseemos creencias y teorías internas que se apresuran en el intento de respuesta ante la pregunta; y finalmente, nos da constancia del completo olvido del ser de parte de los individuos y colectividades de la sociedad actual.
Este olvido del ser, desde mi punto de vista responde a una serie de acontecimientos históricos: al surgimiento de la era industrial del capitalismo, la crisis del cristianismo en Europa, el fracaso de la ciencia como fundadora de verdades, el surgimiento de los totalitarismos en el periodo de entreguerras, el auge de las ideologías materialistas (marxismo y neoliberalismo), y finalmente el surgimiento de la postmodernidad en las sociedades occidentales de los últimos 30 años.

Han sido más de dos siglos, en los cuales la cultura mundial se ha encaminado en una serie de cambios vertiginosos, que han traído desde valiosas oportunidades de evolución, hasta la alienación y decadencia de la vida humana. Y es que en la época en que vivimos, el Hombre es asechado por una gran ambivalencia: por un lado, se están abriendo las puertas para un posible despertar colectivo, pero al mismo tiempo va creciendo la amenaza de la autodestrucción.
De esta manera, nuestra cultura actual, es la expresión de esta alienación, del olvido del ser y el sentido de lo humano. No ha habido época donde los valores y el sentido existencial del hombre este más degradado y decadente. Detrás de nuestra vida moderna se esconde el sin sentido, el nihilismo del que tanto habló Nietzsche. Sin embargo, es por esta misma crisis, que el ser humano anhela y busca más que nunca el sentido del ser.Ya desde los años sesenta, hemos sido testigos de grandes cambios sociales y paradigmáticos. Los Hippies, las revoluciones sociales, y una renovación de la espiritualidad gracias a la llegada de maestros orientales a occidente, han dado forma a una cultura (o contracultura, más bien) de límites difusos, orientada a la búsqueda de una vida más autentica, más justa y más trascendente. Incluso la New Age cabe dentro de estas manifestaciones, a pesar de la desconfianza de los escépticos.
Esta contracultura, que aún está en periodo de gestación no es otra cosa que el
síntoma, la exteriorización, de una búsqueda inminente, una necesidad inefable que aloja en el corazón de cada ser vivo. Y preguntarse por la naturaleza de la realidad, es encaminar al transeúnte a ese sendero anhelado.
Estamos en una cultura en que el cuestionar la realidad es un asunto innecesario. Es por esto que el cuestionamiento dirigido hacia el fenómeno de la vida es un acto revolucionario, ya que establece las condiciones necesarias para salir de la prisión psicológica que nos hemos construido como raza humana. Una revolución, pero una revolución interna, una revolución total, ya que lo que está en tela de juicio no es solo el sistema, el gobierno, o las naciones: es toda la estructura de la consciencia la que quiere ser examinada.
¿Qué es la realidad? Es la pregunta más poderosa que puede hacerse el Hombre. ¿Es real lo que toda mi vida he creído real? Esas preguntas son lo que genera la revolución. Esta revolución, lejos de encasillarse a lo que conocemos como revolución, es el movimiento interno que genera el despertar en el ser Humano. El despertar de nuestro largo sueño, despertar del sueño de Bhrama, donde todas las estructuras (tanto internas como externas) se disuelven en la visión unificadora del universo.El verdadero cambio solamente puede surgir desde la propia consciencia. Esperar que lo de afuera se transforme para luego transformar al individuo es una trampa autodestructiva. En la medida que los seres comiencen a despertar a la consciencia se producirá la sinergia inevitable y todas las estructuras sociales de dominación se disolverán como polvo en las cenizas.
H.S.





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