viernes, 21 de agosto de 2020

LAS MIL CARAS DE MI DESTINO


La incertidumbre a veces cala en los surcos del pensamiento operante,

que opera en vida diurna y se cree dueño de los territorios que abarcan la luz del sol.


Pero la pregunta permanece, como cosa insurrecta,

como rebeldía existencial,

de pensar un derecho inmanente,

de reclamar una pertenencia existencial,

que no recula en la inseguridad de una posible ceguera narcisista.


Las posibilidades aparecen de vez en cuando,

y el haz consciente se hace presente para entablar un diálogo con aquello que se escapa,

y la mujer de rostro invisible, de silueta deseable, 

se encarga que la exploración se haga continua en una infinidad de proyecciones.


De ahí es que el lenguaje que designa códigos quizás no sea necesario,

pues lo imaginal se descubre al pie de la letra los espacios, cuando uno se abre a la indagación.

Desquiciado sería aquel que no atraviese a caer en los abismos de su propio misterio.


Y yo en el descenso me pregunto: 

¿que será de aquellas cosas que creo irresueltas?,

¿que será de aquel casi que no se dio por una milésima de segundo

dilatado por un parecer que interrumpió una ingenuidad que se daba sagrada?


Para eso no tengo respuestas,

solo una invitación constante al atreverme en osadía ante lo incierto,

de animarme a ser uno con aquello que pienso diferente,

de figurar los fantasmas eternos que pasaron eones queriendo ser divisados,

de luchar contra la hidra interior, hallada prófuga cuando el héroe solía buscarla,

así otras tantas curiosidades del indagar contemplativo.


Del silencio que me precedió

se halla la posibilidad de hallar las mil caras de mi destino.



J.F.


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