martes, 14 de abril de 2020

NIGREDO

A veces la imaginación se apaga,
Como una vela vieja,
Como una substancia obsoleta que se ennegrece
Como plomo
Dejando un caminillo de polvo,
Polvo llano sin ningún tipo de colorido interesante.

Se me da que aquello lo miro en desuso,
Pero en una vuelta de tuercas se me aparece como el motor de algo que no pude ver desde un comienzo.

Así que saco el provecho de la mala racha,
Y fabrico bolillas recicladas de las basuras que me precedieron,
Las convierto en abono,
Y las recupero en mierda al momento de transfigurarlas,
Y me encuentro en sorpresa de que las fecas sirvan para algo finalmente.

Al encender las llamaradas del horno interno,
Veo como las brasas van pidiendo un poco más de seco,
Menos humedad para otros intentos fallidos,
Y un poco más de barro para diseñar al hombre venidero.

De ahí bajo un poco más la intensidad de lo que creo seguir,
Calculo un tanto y refrigero el nigredo que se me fue de fondo,
Allí había una imaginación:
Una mujer de luna, un mensajero de dios, la madre del cupido y el dios de la muerte,
Conversando allí como si nada,
Y una mujer naciente de las cloacas cristalinas,
Era el ánima hermosa de mis figuraciones,
Que recordaban tantas muchachas del pasado,
Que no fueron más que el receptáculo de este espíritu viviente que se me paraba en frente.

Su mano se adentró en mi pecho emblandecido,
Lo atravesó como mantequilla y su cuerpo se adentró en el mío figurando ahora un solo sujeto.

Y los dioses hablaban sobre sus problemas ficticios,
Mientras yo era parte de un ritual de lo más extraño para mis costumbres.

Se me dijo que fuera dueño del fuego uterino que me precedió,
Para cabalgar sobre el juego de ser uno con el mundo,
Y restituir viejos ropajes de niños extraviados que ya crecieron.


J.F.

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