Mi rostro trae
lagrimas de recuerdos milenarios.
—Somos generaciones— me digo.
Un oleaje
impermanente y sagaz
se abre paso entre
pechos afligidos,
buscando un refugio
entre aterradoras confusiones.
Mi papel en esta
historia no es vano.
Mi poesía naciente
tampoco.
Que la palabra se
abra como un rayo de luz,
y pueda quemar a la
canalla mentirosa,
Agricultora de tanto
dolor opacado.
De entre montes y ríos,
de entre bosques y
pueblos;
un rumor en el viento
se hace presente.
Es la voz de la
tierra que se ha hecho aire,
es un mensaje
auspicioso de flores benditas.
Dulce y severa se ha
vuelto nuestra tierra.
Quiere salvar, quiere
matar.
Nadie lo sabe más que
ella.
En las profundidades
de esta esfera celeste,
en el corazón más
recóndito de los sueños terrícolas
se inscribe una
indeleble sentencia:
VIDA.
Pero el noble juicio
de los bosques sintientes,
la conmobedora
sabiduría de los cóndores,
saben muy bien que lo
que nace se protege con finales,
y es la ignorancia de
unos pocos,
y el dolor de unos
muchos,
lo que merece
perecer.
¿Y qué es lo que no
se sabe, lo que se sabe que no sabe el “no saber”?
Es aquel saber que
encuentra sueños en granizos violentados.
Es aquella
inteligencia que une a los aceites con las aguas, a los cangrejos con sonetos;
Es la visión de
atardeceres naranjos,
es el reconocimiento
de la patria cósmica,
la
inconmensurabilidad de los alientos que se tocan.
Si hay vida es para
que la vida viva,
para que los campos
de lirios musicalicen la milenaria fragancia,
para que los astros
se toquen como ensueños,
para que astronautas
se pierdan en los ojos de salares desérticos.
Melodías
mixolidias y pentatónicas cruzan los horizontes de alta mar,
aplastando a los
ejercitos de los falsos cantares.
Así nace y renace la
esperanza cada día.
Cada día de sol,
cada noche de luna.
Cada día de rezos
transfigurados en altares andinos.
Desde aquí vengo yo a portar este legado ecuanime,
a cantar las verdades
de mi pueblo, de mi madre tierra.
Aquí vengo yo como un
espadachín de la palabra,
Derribando molinos y
fantasmas de las modernas ciudades.
Que no quede títere
con cabeza,
que no quede misterio
sin desvelar.
La astucia de los que
saben, es más poderosa que las falacias militares.
Tengamos paciencia
hermanos, familia de seres sapienciales,
porque el despertar
de nuestro hogar ya anuncia su llegada.
Con silencio y temple,
con llantos y alegrías,
J.F.
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