martes, 6 de febrero de 2018

SUEÑO DE TIERRA

Mi rostro trae lagrimas de recuerdos milenarios.
—Somos generaciones— me digo.
Un oleaje impermanente y sagaz
se abre paso entre pechos afligidos,
buscando un refugio entre aterradoras confusiones.

Mi papel en esta historia no es vano.
Mi poesía naciente tampoco.
Que la palabra se abra como un rayo de luz,
y pueda quemar a la canalla mentirosa,
Agricultora de tanto dolor opacado.

De entre montes y ríos,
de entre bosques y pueblos;
un rumor en el viento se hace presente.
Es la voz de la tierra que se ha hecho aire,
es un mensaje auspicioso de flores benditas.

Dulce y severa se ha vuelto nuestra tierra.
Quiere salvar, quiere matar.
Nadie lo sabe más que ella.
En las profundidades de esta esfera celeste,
en el corazón más recóndito de los sueños terrícolas
se inscribe una indeleble sentencia:
VIDA.

Pero el noble juicio de los bosques sintientes,
la conmobedora sabiduría de los cóndores,
saben muy bien que lo que nace se protege con finales,
y es la ignorancia de unos pocos,
y el dolor de unos muchos,
lo que merece perecer.

¿Y qué es lo que no se sabe, lo que se sabe que no sabe el “no saber”?
Es aquel saber que encuentra sueños en granizos violentados.
Es aquella inteligencia que une a los aceites con las aguas, a los cangrejos con sonetos;
Es la visión de atardeceres naranjos,
es el reconocimiento de la patria cósmica,
la inconmensurabilidad de los alientos que se tocan.

Si hay vida es para que la vida viva,
para que los campos de lirios musicalicen la milenaria fragancia,
para que los astros se toquen como ensueños,
para que astronautas se pierdan en los ojos de salares desérticos.

Melodías mixolidias y pentatónicas cruzan los horizontes de alta mar,
aplastando a los ejercitos de los falsos cantares.
Así nace y renace la esperanza cada día.
Cada día de sol,
cada noche de luna.
Cada día de rezos transfigurados en altares andinos.

Desde  aquí vengo yo a portar este legado ecuanime,
a cantar las verdades de mi pueblo, de mi madre tierra.
Aquí vengo yo como un espadachín de la palabra,
Derribando molinos y fantasmas de las modernas ciudades.

Que no quede títere con cabeza,
que no quede misterio sin desvelar.
La astucia de los que saben, es más poderosa que las falacias militares.
Tengamos paciencia hermanos, familia de seres sapienciales,
porque el despertar de nuestro hogar ya anuncia su llegada.

Con silencio y temple,
con llantos y alegrías,

con el poderoso rugido de un instinto olvidado. 


J.F.

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