En el salón de
amaneceres,
he visto el misterio de tu rostro,
reflejado en las
cenizas
de una noche agonizante.
No hay palabras para substraer
lo sublime que trajiste
entre esas llamas
furias
de tu sexo sublimado.
Hay cosas que la
noche no calla,
hay cosas que la piel
no detiene,
como setas siderales,
he ingresado yo a los aposentos de tu vientre,
recipiente intacto del
vacío de lo no-naciente.
No hay batalla que se
iguale
al encuentro de los cuerpos,
ejércitos sedientos
en libidinal disputa,
carne de santos dibujadas en esculturas epopéyicas,
abridora de portales
hacia palacios y mitologías olvidadas.
Créeme muerto porque
no estoy muerto,
créeme vivo porque no
estoy vivo.
En tus reinados de placer
he encontrado el sentido,
en el verso de tus
pechos he hallado el ojal de los que duermen.
Mírame con tu visión que no aguarda ocasos.
Llévame con tus
labios a la morada de los doce secretos.
Permíteme encadenarme
en tus caderas;
resbalín divino hacia espacios que no se conocen.
Ámame en osada epifanía;
que la presión de recuerdos no reculen tu
instinto.
Déjate caer en mis
brazos llenos de raíces,
y recuerda la chispa
que ensordece tus razones.
Como un nómade de las
cuatro direcciones,
yo te canto este
canto,
para dignificar y anunciarle
al mundo
eternidades de
cabellos ondulados.
Entre aullidos y
sirenas expectantes,
He reconocido el
nombre: mi nombre.
Entre rincones de dudas
sagradas,
he encontrado el
idioma que descifra mis deseos.
Y es así como he
decidido quedarme,
para ser testigo de
tu belleza mestiza;
y volverme complice
de orgasmos planetarios,
que no hallaron
tregua en tu espacio ilimitado
de estrellados horizontes.
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