lunes, 5 de febrero de 2018

EN EL UMBRAL DEL LABERINTO


Como una isla imperiosa,
exhibes los aromas de tu aureola,
rebotando en rupestres plataformas
de un sueño que nunca fue soñado.

Mirando a mi alrededor,
capto sonidos visuales,
que como una brisa misteriosa,
rozan con poesía los rincones de mis preguntas.

¿Quién ha sido? ¿quién me ha sentido?
De la oscuridad de un recipiente vivo
he salido yo al mundo
a buscar las respuestas de un viejo laberinto.

“Mírame a mi, descíframe a mi”.
Así me ha dicho el señor que custodia los caminos que se bifurcan.
Así me he adelantado yo a las profecías de los rezagados,
de aquellos que no pudieron con los golpes de argonautas.

Pero la mirada es anónima y el tiempo insondable,
y la lluvia desierta me anuncia recuerdos de viejas lenguas,
de aquellos códigos cotidianos, inmaculados en su propia danza,
que me llevaron a comprender el sentido de mis pasos.

“¡Eres tú, eres tú!”
me revela el susurro de los héroes.
Teseo, Ulises, el panteón de las victorias,
condecoran misterios con las hojas del verano.

Es así como vuelvo a los nogales,
satisfecho de las andanzas que imaginamos,
porque éramos niños jugando a ser dioses,
inocentes de las verdades de aquellos juegos.

Es por eso que yo aquí termino,
disolviendo temores y fantasmas,
y me entrego a la simpleza de lo que siempre canta,
de lo que siempre sangra.

Y en mis comprensiones de tierra, de hojas, de viento;
vuelvo al hogar que me acogió en los momentos de más zozobra.
Y así guardo en mi morada,
el espacio que no es espacio,
el silencio que no es silencio,
aquellos versos de un laberinto sin tiempo.


H.S.



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