Como una isla imperiosa,
exhibes los aromas de tu aureola,
rebotando en rupestres plataformas
de un sueño que nunca fue soñado.
Mirando a mi alrededor,
capto sonidos visuales,
que como una brisa misteriosa,
rozan con poesía los rincones de mis preguntas.
¿Quién ha sido? ¿quién me ha sentido?
De la oscuridad de un recipiente vivo
he salido yo al mundo
a buscar las respuestas de un viejo laberinto.
“Mírame a mi, descíframe a mi”.
Así me ha dicho el
señor que custodia los caminos que se bifurcan.
Así me he adelantado yo
a las profecías de los rezagados,
de aquellos que no
pudieron con los golpes de argonautas.
Pero la mirada es anónima y el tiempo insondable,
y la lluvia desierta me
anuncia recuerdos de viejas lenguas,
de aquellos códigos cotidianos, inmaculados en su propia danza,
que me llevaron a
comprender el sentido de mis pasos.
“¡Eres tú, eres tú!”
me revela el susurro
de los héroes.
Teseo, Ulises, el
panteón de las victorias,
condecoran misterios con las hojas del verano.
Es así como vuelvo a
los nogales,
satisfecho de las
andanzas que imaginamos,
porque éramos niños
jugando a ser dioses,
inocentes de las
verdades de aquellos juegos.
Es por eso que yo aquí
termino,
disolviendo temores y
fantasmas,
y me entrego a la
simpleza de lo que siempre canta,
de lo que siempre
sangra.
Y en mis comprensiones
de tierra, de hojas, de viento;
vuelvo al hogar que
me acogió en los momentos de más zozobra.
Y así guardo en mi
morada,
el espacio que no es
espacio,
el silencio que no es
silencio,
aquellos versos de un laberinto sin tiempo.
H.S.
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