Pulsaciones,
y muchas intersecciones de lo imperceptible.
Debo anunciar que las estaciones se me vienen como seguidilla,
vuelven a dibujar rezagos de anuncios y acaso susurros elocuentes,
que solo yo entendí bajo la curiosidad de mi escritura.
Antes de diseccionar lo que discrepo en la entubación de los pesares,
intentaré dar cabida a la imagen que realmente se me da de antemano,
aquella inseguridad indescriptible, aquel titubeo sagrado que me consume,
y me lleva a imprimir las percepciones profundas que se me vienen como silbidos furiosos
de animosidad de antepasados y rituales en olvido.
El espacio se ve desde allí donde no dejas posar la mirada,
allí donde la bifurcación de las temporalidades se hacen cortas
como para fotografiar, cartografía, autografiar estupideces,
que poco importan para la evolución de las singularidades de idas y venidas.
Me enfurezco al ver tanta mierda plasmada en las calles,
de creencias que vinieron de reciclaje al por mayor para aquellas religiones renegadas,
y creídas olvidadas por las masas vulgares y violentas.
Ahí distingo entre apariciones y desapariciones,
también observo el silencio entre la bruma que brindó tan poco para la merienda.
Un autobús, con payasos y montículos, que llegaron como para vivir en respiro profundo,
olvidando que aquéllas venían de lugares un tanto displicentes.
El camino es árido si no se deja tocar por maquinaria incestuosa,
El rostro que se fija en la pantalla es divino, sobre todo cuando llegas a comprender
que no hay nada que entender bajo las luces multiformes de los miles de millones de anuncios,
de esos que se instalan en esquinas, como para atraer a la gentuza sedienta.
Las luces retorcidas de la realidad de la ciudad, aquel desánimo perverso,
aquel grisáceo inoperante y que deja huellas en los rostros cansados,
el reflejo de las lluvias siempre en paradoja acidez,
bebo de ellas cuando debo interceptar cigarras.
Una posibilidad aparece,
pero des-aparece al instante,
pasillos oscuros,
siluetas que se anuncian,
busco y extravío las nociones de ser algo,
en aquel acontecer,
un desdoblamiento de los sentidos,
cortinas que se abren, ascensores que suben y bajan,
una dama en lencería que grita para hacer el amor,
y más y más profundidad,
y fuego y más sangre,
y una estatuilla dorada que anuncia meditaciones venideras,
y una transformación del negro impenetrable,
ahora lianas como ductos,
construcciones diamantinas,
algo que se destierra de la anterior masa confusa,
caminos sin retorno,
templos que fueron de unos otros,
silencio ruidoso de selvatico amanecer,
me veo resonando entre cosas que no entiendo,
el sentido del barro se me da a planta fija,
de mi pie al caminar,
de las hormigas que se colaron por mi rostro,
y un sueño más entre el gran silencio.
Debo viajar a otros lares cuando las cosas se ponen demasiado claras,
me gusta la indagación del sufrir y el éxtasis divino de ser un loco,
ondulaciones y más ondulaciones,
dientes con sarro y un aliento a mierda,
cigarros apagados y música de Motown,
a través de los siglos y los siglos,
quién iba a decir que la radio fue el sentido de todo lo existente,
que detrás de las bocinas que anunciaban guerras,
había una molécula generadora,
la molécula divina que hizo estallar este universo,
y dotó a todas las criaturas la desagradable facultad del habla,
el verbo,
por eso el verbo fue antes que Dios,
porque no fue dios, si no una anticipación de lo acaso creado y potencial creador,
un antes que realmente no pudo divisarse,
pero a su vez estuvo presente en la mera defecación de un obeso vendedor de tacos.
Heces cuneiformes,
dotadas de alas que en realidad fueron siempre un entre paréntesis,
de diversos estadios aparentemente entrelazados,
de ser un grillo dueño de Roma a una prostituta dueña de Harvard
custodiados de samurais gustosos de surfear.
Discrepo cuando dicen, que las aguas son diversas si pensamos en los Beatles,
no lo creo, discrepo y me muevo en el entendimiento de que todo es más bien todo,
que las uñas desechas de la señora Inés fueron igualmente importantes que los mandamientos sagrados de Napoleon y sus gloriosas campañas.
Fui seguidor de Napoleon, en aquellos tiempos,
cuando todavía era un rumor entre los respiros de aquellos vivos de tiempo y moda,
fui una presencia diferente, como una omni abarcabilidad de los latidos de los organismos,
Allí estaba para presenciar al ridículo emperador glorioso abominable y admirable.
Prometí allí que volvería a discutir con ancianos,
quizás tomando un buen whisky, quizás en una partida diferente de ajedrez,
pero la conversación mayor debía darse, ¿por qué no?, a las afueras de lo que se pensaba allegado.
De un báculo bajé de aquel globo aerostático que hizo divisar tantas alturas,
ahora bebo de lo que no sé, como para dejar constancia de mis andanzas infinitas.
El número ocho fue una sucesión de la simpleza.
J.F.
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