¡Cuántos litros de vida habré eyaculado aquella tarde
donde te veías etrusca,
escondida en la sábana que nos veló y contó el secreto de la índole
de un santiamén!
Sí, habrán sido muchos, a lo sumo,
y en segurísimo caso no bastó para contener al recipiente
intacto de tu cavidad sosegada.
A veces ya ni se de lo que hablo [te lo digo con honrada
honestidad],
pero pienso en esas flores que cayeron en otoño, y te veo de lejos, sentada,
en el silencio que cobijó nuestro primer beso, y me remuevo en letra seca,
y vuelvo a esto de representar el momento que no capté en la ansiosa repetición
[de tu erotismo.
en el silencio que cobijó nuestro primer beso, y me remuevo en letra seca,
y vuelvo a esto de representar el momento que no capté en la ansiosa repetición
[de tu erotismo.
¿De qué me sirve entonces, la memoria,
si ahora las formas se retocan en cuestiones ajenas a
toda inspiración poética de facto?
Por favor, dime que captas el sarcasmo aliterado, pues ya
no queda sílaba posible que
dibuje al desencanto, a ese quiebre de sexo inacabado que tu sirviente aún urge por sanar.
dibuje al desencanto, a ese quiebre de sexo inacabado que tu sirviente aún urge por sanar.
J.F.