EL RUGIDO DEL MISTERIO
Hay un disco solar que me absorbe.
No tiene rostro, ni nombre, ni paradero, ni
ubicación.
Es una singularidad estelar,
que me lleva como un río a fauces
interminables
de misterios desolados y silencios relucientes.
Embudo cósmico de edades venideras,
su pasadizo oblicuo me consume
en una insufrible mitosis metafísica,
esa que llevó a tantos filósofos a la
locura endémica de haberse retirado de
una civilización enferma.
Aquella circunferencia me ha dicho que imprima su imagen.
No me ha explicado el porqué ni el cómo,
pero su mandato ha sido tajante,
y desprovisto de cualquier vanidad.
Es un mandamiento vital,
bíblico en sentencia, pero lleno de
Altazor, Bardo Thodol y Zaratustra;
aquellos famosos
símbolos que se ahogaron
en los acuarios de la incomprensión humana.
Así, vida o muerte dicen algunos,
patria o muerte dicen otros.
Pero tal imperativo numinoso
desconoce de dualidades
antropocéntricas.
Tal ráfaga de pensamiento desdoblado sólo
menciona un vocablo:
Misterio.
Ninguna objeción individual
ha logrado retener la ferocidad de su llegada.
De un abismo a otro se ha anunciado, y arrasa
toda ilusión de una permanencia real,
de todo punto de referencia en el cual los
cobardes edifiquen sus refugios.
Porque «la verdad» no tiene por qué ser
amigable.
Llega como llega,
al capricho de su propio tiempo
al volumen de
su propio rugir,
A la forma de las formas que encuentre
Al instante de los instantes que nunca han
sucedido.
De tal manera ha rugido el león que devoró al
sol
naciente de las polaridades mercurianas;
y yo en
realidad, ya no puedo ser el mismo,
y sin embargo he vuelto a ser el mismo.
Ese vagabundo errante de puentes interminables,
que observó la abertura de la realidad en
sótanos olvidados,
y recordó su paso ordinario y anónimo, en
estos salones
hermosos que heredamos de los antiguos dioses.
H.S.