viernes, 11 de mayo de 2018

EL RUGIDO DEL MISTERIO


EL RUGIDO DEL MISTERIO


Hay un disco solar que me absorbe.
No tiene rostro, ni nombre, ni paradero, ni ubicación.

Es una singularidad estelar,
que me lleva como un río a fauces interminables
de misterios desolados y silencios relucientes.

Embudo cósmico de edades venideras,
su pasadizo oblicuo me consume
en una insufrible mitosis metafísica,
esa que llevó a tantos filósofos a la
locura endémica de haberse retirado de
una civilización enferma.

Aquella circunferencia  me ha dicho que imprima su imagen.
No me ha explicado el porqué ni el cómo,
 pero su mandato ha sido tajante,
y desprovisto de cualquier vanidad.

Es un mandamiento vital,
bíblico en sentencia, pero lleno de
Altazor, Bardo Thodol y Zaratustra;
aquellos famosos símbolos que se ahogaron
en los acuarios de la incomprensión humana.

Así, vida o muerte dicen algunos,
patria o muerte dicen otros.
Pero tal imperativo numinoso
desconoce de dualidades antropocéntricas.
Tal ráfaga de pensamiento desdoblado sólo
menciona un vocablo:

Misterio.

Ninguna objeción individual
ha logrado retener la ferocidad de su llegada.
De un abismo a otro se ha anunciado, y arrasa toda ilusión de una permanencia real,
de todo punto de referencia en el cual los cobardes edifiquen sus refugios. 

Porque «la verdad» no tiene por qué ser amigable.
Llega como llega,
al capricho de su propio tiempo
al volumen de su propio rugir,
A la forma de las formas que encuentre
Al instante de los instantes que nunca han sucedido.

De tal manera ha rugido el león que devoró al sol
naciente de las polaridades mercurianas;
y yo en realidad, ya no puedo ser el mismo,

y sin embargo he vuelto a ser el mismo.

Ese vagabundo errante de puentes interminables,
que observó la abertura de la realidad en sótanos olvidados,
y recordó su paso ordinario y anónimo, en estos salones
hermosos que heredamos de los antiguos dioses.


H.S.

jueves, 10 de mayo de 2018

¿PARA QUÉ ESCRIBO LO QUE ESCRIBO?


¿Para qué escribo lo que escribo,
si mi canto es invisible
y tu cuerpo un tormento?

¿Para que escribo lo que escribo,
si mis versos no te alcanzan
            y mi beso solo un roce
en esos “todavía” que me penan?

¿Para qué escribo lo que escribo,
            Si no naces y no mueres
                        Si no sufres y no hieres
                                   Si no hay valla
que retenga el empuje de mi semen
expansivo?

¿Para qué?,
¿si hay tantos para qué
de los para qué para?

¿Para qué? Si no hay sortilegio
ni verano sin diosas,
¿Para qué pararme y si he decidido
repararme en tus reparos que me paran
en paradas de Páramo y Pedro?

Paralelo Paracelso,
si de parar he aparentado
paravientos de paralelepípedos
y peras para anquilosados escribas.

¿Para qué, para quién, para cuál?
Parásitos paréntesis de buenos para nada.
Parapentes parentescos de paralela realidad.
Paráfrasis de parloteo metafísico, párame ahora
o seguiré mañana.

Y así, y así, y así.

[¿Para qué queremos a Sartre
si el no-ser no es un arte
que se cultive en artefactos
de artesanos fornicantes?]

¡Que mi rima sea una mueca que enfurezca al cual acecha
oportunidades vanas en caudillos de ramadas!

Pero no seguiré esperando que me grites,
pues ya sé lo que me sigue
en tus pasillos impermeables de
placeres penetrables.

Entonces pito y repito lo que Platón acaso no dijera,
en tertulia repelente de retórica estridente,
en retorno eterno de aventurarse a luminosa:

“Ya que fue en los coros de antiguas tragedias
—esas que siempre fueron lo mismo—
donde el para qué ya se dijo,

            porque escribo lo que escribo,

En esos escritorios que se han ido o que no existen,
en el umbral de esos «casi» que casi me gustaron tanto,
en aquella luz escurridiza que se fugó en los túneles decrecientes
a los cuales he sabido mirar.” (Flores, 2631).


J.F.

LOS MISTERIOS DE LA SEÑORA DE LA NOCHE

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