EL DARSE CUENTA: LOS PRIMEROS PASOS DE UNA CONSCIENCIA VACUA
Decir cosas siempre puede acarrear dos consecuencias: la primera y la más común, es construir una base en donde se desglosa esa cosa dicha (el discurso); y la segunda, que es menos común, es dar apertura creativa a algo que va más allá (o más acá, depende de la perspectiva) de las palabras. En la primera consecuencia, podemos incluir en ella a todos los discursos filosóficos, intelectuales y científicos que tenemos como cultura humana. En la segunda, en lo que respecta a la creatividad, se diferencia de la primera en que ésta verdaderamente no puede definirse del todo. Podemos observar que hay ciertos personajes que poseen un "algo" a lo cual se lo podría encasillar en la segunda categoría de "cosas dichas"; tales como un Krishnamurti, Fritz Perls, Gandi, Alan Watts, Silo, Tich Nat Han, Matías de Stefano, entre otros. Sin embargo la profundidad creativa de estos personajes, en sí misma no puede ubicarse en categorías definidas. Es tan así que todos estos personajes citados no puede concebírselos sin una atmósfera de misterio característico y común.Para hablar de un tema tal como el "darse cuenta", inevitablemente debemos entregarnos a una forma creativa y dinámica tanto para expresar como para "entender" (aunque "entender" pueda ser algo muy limitado) lo que queremos conversar. Pues, el darse cuenta, si bien es un concepto que ha llegado a formar parte de un cliché dentro de los ambientes psicoterapéuticos gestálticos y espirituales, en realidad, con esta palabra no nos referimos a nada más sino a nuestra realidad inmediata. Es por esto que hay que ser ágil y simple al abordar el fenómeno de lo que es darse cuenta, pues no es un concepto, no es un discurso filosófico, tampoco una idea vaga o ideal: se trata de algo que está sucediendo todo el tiempo al rededor de nosotros, y es tan simple, pero tan simple, que nuestra mente y capacidad intelectual no puede (o no quiere, más bien) comprender.
Por lo tanto esta tarea es un tanto vertiginosa, ya que al hablar del darse cuenta, nos referimos a algo que está siempre sucediendo y que siempre es nuevo. El darse cuenta, es como observar un río: puedes verlo horas y horas, intentar retener todos los movimientos del agua, puedes realizar teorías y mediciones con el objetivo de comprender el río en su totalidad; sin embargo al final del día quedarás agotado, ya que tu intento por retener el río fue totalmente nulo. Hiciste todo lo que pudiste y sin embargo el río seguía ahí, fluyendo y fluyendo, arrastrando litros y litros de agua por segundo. Te das cuenta que el río siempre es nuevo, que cada vez que lo miras y lo vuelves a observar, no es la misma agua que la que contemplaste hace un milisegundo atrás. De esta manera, estamos tratando con algo que siempre es nuevo, que en sí mismo no tiene referentes, que no tiene réplica anterior.
Pero no nos compliquemos, el secreto de todo esto es que hay una simpleza extraordinaria e incluso cómica en la vida que estamos experimentando. Y para no enredar la madeja, es bueno aclarar que el darse cuenta no es un discurso intelectual, no tiene que ver con el pensar, no tiene nada que ver con un ejercicio de voluntad a modo de desarrollar una facultad extraordinaria. Estamos hablando de otra cosa. Por ejemplo, al observar por un momento a un águila que vuela merodeando el valle de una montaña, tal objeto de percepción (que es el águila) no se presenta ante nuestro espacio sensorial en base a un esfuerzo especial que deba realizar el ave, y tampoco por un esfuerzo de voluntad por parte del observador, el águila simplemente está allí presente ante el observador. Por el momento no es conveniente introducir aquella famosa interrogante filosófica sobre si la percepción del observador remite a características esenciales y objetivas del objeto (pensamiento positivista), o si aquella percepción es simplemente una proyección de la propia perceptualidad del observador (filosofía idealista). Simplemente nos atendremos a que la experiencia de la percepción solamente sucede, y ese suceder en sí mismo es un fenómeno instantáneo que posee su propia y total significación. A ese suceder, que es constante y fugaz, y que además no requiere de esfuerzos o reflexiones de un observador dado, le llamaremos el momento presente.
El momento presente, es toda la realidad que estamos experimentando aquí y ahora. Es simple pero fugaz, pues escapa constantemente de nuestro pensamiento y nuestras categorías racionales. El momento presente funciona con la misma "lógica" que con la fugacidad del río mencionado en la metáfora de unos párrafos más arriba. De este modo, el darse cuenta y el momento presente no son fenómenos estrictamente distintos, más el darse cuenta vendría a ser un "percatarse" del suceder del momento presente, que finalmente no puede decirse que estén separados. Muchas tradiciones espirituales han dado énfasis a este fenómeno, siendo el Budismo, el más característico y certero en traducir este entendimiento. Pero tampoco es conveniente identificar este fenómeno, esta capacidad de la realidad, con una tradición espiritual específica. Las religiones, las enseñanzas espirituales, en mi opinión son representaciones y traducciones de esa realidad esquiva que no puede ser atrapada por las palabras, por lo tanto confundir las traducciones de esa realidad con su representante es esterilizar las posibilidades de sumergirse en el fenómeno presente de manera directa. Las tradiciones espirituales son mapas y guías que han ofrecido (y ofrecen) al ser humano una aproximación al fenómeno de la vida; pero la vida, la consciencia, son fenómenos que en última raíz no dependen de cultura alguna.
Llegando a este punto, algún lector se podrá estar preguntando: ¿cómo uno puede desarrollar esta facultad del "darse cuenta" en nuestra vida diaria? Esta pregunta puede abordarse desde muchos ángulos, y una forma un poco desconcertante de hacerlo, pero dueña de una gran paradoja, es dar la simple respuesta que realmente no hay un cómo. Krishnamurti solía decir que las preguntas que engloban un "cómo", son preguntas erradas que nacen de una comprensión limitada de la realidad. Cuando preguntamos por el "cómo" desarrollar una facultad, en el fondo lo que estamos buscando es un método, una certeza y unos pasos definidos para obtener algo deseado para nosotros. Lo deseado siempre es algo imaginado, ya que el deseo está directamente relacionado con la imaginación, por lo tanto siempre se desean cosas que no se encuentran en el instante presente, cosas que no son; puede que en algún presente próximo ese hecho deseado por nosotros pueda presentarse, pero por el momento, el presente actual nos está hablando de otra cosa. ¿cómo desarrollar algo que ya está sucediendo? Ése es el asunto, el darse cuenta no puede desarrollarse, porque no es algo que se encuentre en el futuro, es algo que ya está aquí mismo. Por lo tanto no hay un desarrollo del darse cuenta, si no que simplemente hay darse cuenta. De instante en instante, atendiendo a lo que es, se abren las puertas de la realidad, por lo tanto no se puede decir que haya progreso ni retroceso, sino simplemente una apertura constante hacia lo que es nuevo.
Llegando a este punto, algún lector se podrá estar preguntando: ¿cómo uno puede desarrollar esta facultad del "darse cuenta" en nuestra vida diaria? Esta pregunta puede abordarse desde muchos ángulos, y una forma un poco desconcertante de hacerlo, pero dueña de una gran paradoja, es dar la simple respuesta que realmente no hay un cómo. Krishnamurti solía decir que las preguntas que engloban un "cómo", son preguntas erradas que nacen de una comprensión limitada de la realidad. Cuando preguntamos por el "cómo" desarrollar una facultad, en el fondo lo que estamos buscando es un método, una certeza y unos pasos definidos para obtener algo deseado para nosotros. Lo deseado siempre es algo imaginado, ya que el deseo está directamente relacionado con la imaginación, por lo tanto siempre se desean cosas que no se encuentran en el instante presente, cosas que no son; puede que en algún presente próximo ese hecho deseado por nosotros pueda presentarse, pero por el momento, el presente actual nos está hablando de otra cosa. ¿cómo desarrollar algo que ya está sucediendo? Ése es el asunto, el darse cuenta no puede desarrollarse, porque no es algo que se encuentre en el futuro, es algo que ya está aquí mismo. Por lo tanto no hay un desarrollo del darse cuenta, si no que simplemente hay darse cuenta. De instante en instante, atendiendo a lo que es, se abren las puertas de la realidad, por lo tanto no se puede decir que haya progreso ni retroceso, sino simplemente una apertura constante hacia lo que es nuevo.
¿Qué queda entonces? Radicalmente: nada. Pero, ¿qué es lo que hace que una mente, un ser, se de cuenta de todo este movimiento de la realidad, si es que a fin de cuentas no puede hacerse "nada"? Estar en contacto con lo que es, y estar en contacto con lo que es, implica meditación, y la meditación no es otra cosa que el darse cuenta. En el Zen existe la noción de que lo que trae confusión y sufrimiento al discípulo, es creer que éste existe, y la noción de la existencia propia está aparejada con la noción de conocimiento sobre el mundo. Cuando yo conozco me separo, pues la mente crea una abstracción de la cosa conocida, generando una separación entre el conocedor y el objeto de conocimiento. Por lo tanto, la verdadera sabiduría es trascender nuestros conocimientos ordinarios y descubrirnos como una mente, como una gran consciencia ignorante sobre sí misma, como un gran espacio vacío donde nada ha surgido y donde nada surgirá. Ese es la unidad total, esa es la naturaleza incondicionada de Buda.
H.S.


