El victorioso ejército de Kalirvalion fue divisado en las fronteras de la ciudad, a eso de las 9 de la mañana del día lunes del cinco del mes segundo. Desde los muros de Kalir la gloria se divisaba desde la lejanía: el magnánimo ejército kalirvaliano iba distinguiéndose en sus filas mientras avanzaban dignos y pulcros hacia su ciudad madre. En ellos había triunfo, dignidad y poderío imperioso: podía sentirse la potencia de Marte bajo el estandarte de los guerreros sagrados. Desde los muros, los guardias lloraban de alegría al ver tanta magnificencia, tanto numen inmaculado bajo el cielo de los grandes dioses.
El gran ejército imperial había llegado y con ellos las sagradas materias de las lejanías del Sur. Los merodeadores matutinos entonaron sus trompetas desde los altísimos muros para dar el primer anuncio de la llegada de los justos. Fue así que los mensajeros laterales se dieron por enterados y entablaron sus gongs para enviar la buena nueva a los anunciantes del templo central, para que allí se diera el anuncio oficial a través de las 7 campanas de la Victoria. Toda la ciudad se dio por enterada y los emperadores se dispusieron a preparar sus vestimentas y ornamentos. Mientras los súbditos preparaban los ropajes Reivaj miraba a los ojos a su mujer, lleno de orgullo, emoción y dicha. No eran necesarias las palabras, ambos estaban en comunión con la dicha y el agradecimiento de estar viviendo juntos esta gloria, una gloria que les pertenecía como emperadores, una gloria que no era sino la materialización de su amor eterno. La grandeza de Kalirvalion no era sino el reflejo de la pasión primordial que Reivaj y Aileda-Ralip se tenían el uno al otro, un amor auspiciado por los mismos dioses y que expresaba toda la fuerza del poder trascendental del Gran Ser, de lo uno manifestado en su complemento de su hieros gamos. Los emperadores eran la pareja arquetípica por excelencia, los reyes elegidos para dirigir la inmortalidad de Kalirvalion hacia su éxito absoluto.
No tardaron en llegar entonces los súbditos con todos los preparativos. Llegaron con canastas llenas de lujosos ropajes, perfumes y joyas sagradas. Cada uno podía escoger la vestimenta con la que recibirían el gran trofeo venido del sur, pues ellos eran los emperadores y dictarían la vibración con la que bajarían a la ciudad a encarnar el núcleo de la ritualidad. Al emperador, por su propia petición, lo vistieron con una túnica de seda dorada, y una capa morada obsequiada por el mismísimo Júpiter. Le colocaron un anillo de poder asociado a los 7 vernik, objetos de poder milenarios confeccionados por la magia ancestral de Discalinopla. Lo perfumaron con armas mercuriales y le coronaron con una corona de laurel dorada propia de su condición de Cesar. Por su parte, a Aileda-Ralip la vistieron con su hermoso vestido venusino, venido de los rituales antiguos de la años 1.598 del 4 eon. La emperatriz, fue además cubierta con una capa de Eros obsequiada por él mismo, y fue perfumada con esencias sagradas de los manantiales de Drópile, donde habitaban Ninfas asociadas al linaje de Vildrau. A ella también se le colocó la corona de laurel, propia de su condición de emperatriz.
Afuera de la entrada real eran 12 escoltas quienes les esperaban para trasladarlos a la carroza real. Los centinelas vestidos con impresionantes armaduras blancas de estilo hoplita se inclinaron ante sus emperadores cuando estos aparecieron en el umbral de la puerta del palacio sagrado. “Ave césares” fue la reverencia que cantaron al unísono ante sus excelsos emperadores. De inmediato el grupo rodeó a los monarcas para acompañarlos al sacro transporte. A unos 20 metros una carroza de oro esperaba a los reyes al lado de la cristalina fuente imperial. Más allá de la carrocería figuraban 7 jinetes destinados a liderar la marcha hacia la frontera de Kalir. Los emperadores subieron con sublime semblante, y la falange real avanzó a paso ligero, mientras los vigilantes de la octava torre divisaban la marcha y les avisaban con hoguera abierta a los mensajeros de la intersección de Avilar para que estos, a su vez, le dieran aviso a los vigilantes del Templo las Aperturas para que iniciaran el procedimiento mágico.
En el citado templo, figuraban 9 maestros magos alrededor de un receptáculo central destinado a realizar la apertura energética del ritual de apertura que iba a llevarse a cabo. El receptáculo era un verdadero portal en el que las energías transdimensionales se abrían e ingresaban a la realidad del mundo. Al recibir la señal, los magos se pusieron en postura de invocación, cerraron sus ojos y en coro comenzaron a recitar el siguiente himno de obertura:
“Oh, que bajo la voluntad del verbo,
las puertas de la realidad se abran,
para re-ligar el vínculo primordial de las estancias sagradas.
Que todas las dimensiones se abran y desciendan aquí a la tierra,
y que no seas sino tu, Hermes ctónico, quien las abra.
Que la vagina sideral se de en obertura para que lo divino descienda
a las regiones densas de la realidad y confiera sus bendiciones a quienes
en voluntad reclaman su derecho creador aquí en el mundo.
Que todas las puertas se abran para esta gran invocación,
y que el círculo protector de Atenea nos proteja a todos de influencias indeseadas,
intrusas, que con ingenuidad pretendan penetrar en estos lugares.
Bajo la protección de Atenea, Kalirvalion quedará blindado bajo un escudo de poder
ante los espíritus decadentes, y quedará abierto el canal hacia las estancias altísimas
de lo uno y del origen de todas las cosas.”
Así, de las poderosas palmas de los altos hechiceros se proyectaron 18 haces de luz hacia el centro del receptáculo, uniéndose en una esfera luminiscente de múltiples colores cambiantes. Desde el centro de la esfera, que ya había alcanzando unos 2 metros de diámetro, estalló con violencia un haz de luz que rápidamente se proyectó hacia el cielo. El rayo de poder cruzó la obertura del obelisco de Gulbinder y se elevó venturoso hasta alcanzar unos 1000 metros de altura. Cuando el rayo casi ya tocaba las estrellas, desde el cielo abierto se abrió un gran portal en forma de vesica piscis de unos 400 metros de largo y 150 de ancho. El haz de luz penetró dentro del abismo sideral hasta alcanzar latitudes inciertas. En ese instante, de los contornos del portal descendió una cortina de energía azul que abarcó todo el territorio del imperio y se posó en las líneas fronterizas de Kalirvalion. Tal era el escudo ateneico que la diosa había destinado para proteger al dominio imperial durante el acontecimiento mágico.
Bajo un cielo de ensueño de color violeta astral fue que los emperadores supieron que el portal ya había sido abierto por los excelsos magos. Se respiraba un ambiente fronterizo de ensoñación y numen imaginal, el límite entre los diferentes planos de la realidad ya estaba suspendido y podían divisarse por doquier entidades luminosas que como fluidos se movilizaban por los diversos espacios de la ciudad imperial. Había entidades verdosas, otras fucsia, otras de tonalidad rojizas y otras de un amarillento dorado que emanaban un éter con informaciones abstractas difíciles de asimilar. Los espíritus estaban presentes y lo que continuaba ahora para los emperadores estaba claro: marchar al templo de Mercurio para realizar las invocaciones a los 29 espíritus del dominio monádico Kultrak, la estancia sideral de las manifestaciones venideras.
Fue así entonces que la carroza imperial, escoltada por 7 jinetes en su delantera y otros 7 jinetes desde su parte trasera, avanzó decidida hacia el templo mayor de Mercurio, el centro espiritual principal del dios en la ciudad de Kalir. El templo, de arquitectura extraordinaria, se divisaba desde lejos imponente e impresionante, que desde las alturas presumía su belleza eterna. El centro espiritual se encontraba en una planicie que en uno de sus bordes formaba un risco con un pequeño manantial cristalino. Desde la distancia de los emperadores, el templo podía apreciarse envuelto con un aura luminosa de belleza sublime, lleno de un color anaranjado vibrante que expandía una energía llena de vitalidad y fuerza. Reivaj y Aileda-Ralip se miraron decididos y cada uno comenzó a centrarse en contemplación, preparándose para el ritual que venía, pues requeriría de toda su intención y energía.
Cuando llegaron, bajaron decididos de la carroza y se adelantaron a adentrarse en el templo. Los jinetes escoltas permanecieron afuera manteniendo su figura protectora y esperando la operación de los magnánimos emperadores. Reivaj se adelantó para posarse en el podio de los dones con las palmas en alto y recibir el triángulo sagrado de las Moiras del Serpidión. Recitó los siguientes versos:
“Señoras de todos los tiempos,
tejedoras del destino de los hombres,
dueñas del acontecer,
Regidoras de lo dado bajo la forma originaria de lo uno.
Que nos concedan a mi y a mi mujer Aileda-Ralip, el triángulo supra poderoso de los núcleos invisibles del Serpidión.
Danos acceso al tejido del destino,
para estructurarlo según nuestra voluntad,
para manifestar la realidad que nosotros deseamos y exigimos como dioses encarnados en la tierra.
Accedan a nuestra petición, pues no es sino Mercurio quien nos protege,
no es sino Mercurio el benefactor de nuestros pasos,
aquel ladrón, aquel merodeador de la noche,
aquel que escapa de la muerte y del destino,
aquel que trasciende la forma y la limitación
aquel tramposo que es capaz de abrir las puertas del poder absoluto,
aquel señor de la magia hace y rehace según el juego de su voluntad,
aquel es quien respalda nuestro mandato.
Dennos entonces este triángulo, para que acceder al poder supremo del dictamen del espacio y el tiempo.
¡Dennos el triángulo ahora!”
En ese instante, se abrió entonces frente a Reivaj un tubo de luz anaranjada venido desde el techo del templo, del cual descendió un triángulo dorado brillantísimo, lleno de numen y sacralidad. El triángulo medía alrededor de unos 30 centímetros y giraba suavemente sobre su eje. Reivaj posó su mano bajo la figura, a unos 15 centímetros del objeto divino. Flotando sobre su palma entonces, Reivaj llevó el triángulo abajo del podio, hacia donde estaba Aileda-Ralip. Ambos se miraron en sintonía y caminaron hacia el centro del salón principal del templo, donde había un círculo que tenía inscrito un sol y una luna en coniunctio. Mirándose el uno con el otro, Reivaj dejó que el triángulo se elevara frente a ellos. El triángulo ya habiéndo alcanzado unos 4 metros, incrementó súbitamente su brillo, como si un destello de poder hubiese estallado dentro del objeto. Así comenzó a descender un torrente de energía naranja brillantísima que se adentró en los cuerpos energéticos de ámbos. Los chakras de la pareja comenzaron a brillar en sintonía con la energía entrante, formando flujos de luminiscencias que daban a entender que el poder Mercurial comenzaba a influenciar su campo espiritual. La energía se elevaba y se elevaba y ambos iban adentrándose en un gran poder. Los ojos de ambos comenzaron a brillar de un naranja intenso, y su semblante se tornaba impetuosa, magnífica: sus cuerpos astrales estaban despertando a la naturaleza divina de la que formaban parte, que en cotidianidad debía resguardarse para evitar pulverizar a los mortales. De la energía emanada, comenzó a formarse un remolino de luz alrededor de la pareja real. A su vez, el triángulo comenzó a girar en consonancia a una velocidad sideral. De pronto, de giro y la fuerza centrípeta, estalló una onda expansiva de luz naranja que se expandió desde los emperadores hacia todos los contornos del imperio. La luz se desvaneció pero los emperadores permanecieron energizados y bajo el influjo de una energía divina sublime y de imposible descripción. Alrededor de ellos aparecieron las 29 presencias espirituales de Kultrak. Eran brillantes y sublimes en aspecto, de su aura se emanaba una vibración cuya tonalidad era extraordinariamente musical. Los espíritus se inclinaron ante los emperadores en señal que les servirían durante el transcurso del presente ritual.
Así, y con los espíritus ya presentes, el triángulo sagrado suavizó su luminiscencia y descendió a las manos de Reivaj. La pareja se miró con amor y emoción, se sentían afortunados de estar siendo parte de algo tan extraordinario. En éxtasis entonces es que salieron del templo tomados de la mano, portando con ellos el sagrado objeto divino.
Al momento de cruzar el umbral del edificio sagrado, los centinelas quedaron impresionados al contemplar la belleza sacra que los emperadores emanaban frente sus ojos. Se inclinaron con un orgullo que ni siquiera ellos podían describir, y en coro cantaron los versos estipulados para el presente ritual, que por protocolo sabían y habían aprendido con férrea disciplina:
“Oh señores sagrados, oh estandartes del cosmos.
Ustedes quienes son la divinidad encarnada aquí en la tierra,
ustedes que dan sustento trascendental a la sacralidad de Kalirvalion,
nos inclinamos ante su magnificencia para servir en su preciosísima voluntad.
Como así los dioses quieren, les llevaremos hasta el muro a que reciban a los excelsos héroes imperiales, quienes han contraído augusta victoria.”
Así, los emperadores retornaron a su carroza y siguieron la marcha por las calles de Kalir, hacia la frontera de la ciudad para encontrarse con el sagrado ejército, que victorioso esperaban a sus excelsos emperadores, para brindarles a ellos los frutos del triunfo.
Fue alrededor de 1 hora la que demoraron en llegar a la zona del muro de la enorme ciudad imperial, que tenía un perímetro de 500 metros de espacio militarizado por guardias, cuarteles y centinelas de la zona. Si bien el imperio de Kalirvalion alcanzaba enormes continentes, la seguridad militar de la ciudad era una tradición que siempre se mantuvo en pie. Esto por una razón simbólica pero también de seguridad metropolitana: el núcleo del imperio debía estar siempre protegido por las potencias armadas del reino, pues se prefería la prevención antes de posibles insurrecciones que pudieran lamentarse.
Al llegar a la línea de los Drilvin, la carroza imperial se detuvo y los centinelas dieron señal de que los emperadores habían llegado a la frontera de la ciudad. Los guardianes de los muros le informaron al general Almandro de la presencia de los monarcas y procedieron a abrir las puertas para que el primer encuentro ritualístico se realizara. El protocolo era el siguiente: el general debía entrar y acercarse a los emperadores para informarles formalmente la victoria del imperio en las tierras del sur. Acto seguido, el emperador preguntaría “¿y qué me traes, noble súbdito, como demostración de aquello?”, para que de esta forma el general Almandro ordenara la entrada de las carretas mercantes. Así fue y ahora unidos, comenzaron a marchar al Templo de las riquezas sagradas, lugar en el que sacralizarían el oro y lo someterían a la magia expansiva del gran Júpiter.
Este era el orden de la augusta marcha: por la delantera se hallaban los 7 jinetes protectores de la monarquía, seguidos por la carroza real imperial. Después le seguían los otros jinetes protectores de las espaldas de los emperadores. Luego el general Almandro, que seguido de él las numerosas carretas se adentraban en la ciudad imperial. Toneladas y toneladas de oro eran las que llevaban esos transportes, que en una fila enorme le mostraban a todo Kalirvalion el tamaño logro de las recientes conquistas. Seguidos de la materia sagrada, comenzó a marchar el ejército de 200.000 mil hombres, que con orgullo escoltaban el oro sagrado.
La caravana imperial marchó augusta hasta alcanzar los dominios del Templo de las Riquezas Sagradas. Allí, Reivaj junto a Aileda-Ralip se bajaron de la carroza para encontrarse con el general Almandro. Caminaron por las escaleras del templo y se posaron ante el santuario de Marte, el protector exterior del gran templo. Allí, al gran dios de las conquistas le brindaron homenaje, agradeciéndoles las victorias kalirvalianas con la quema de incienso de mirra. Sumaron al general que inclinado posaba frente a los emperadores, y lo bendijeron con la gloria marciana.
Luego, los emperadores, ya solos, entraron al gran templo a realizar las aperturas ritualísticas de la sacralización de las materias. Allí, Reivaj y Aileda-Ralip, en estado de trance, invocaron al gran Júpiter con el báculo de Valdrick, y abrieron un gran portal azul que bajó desde la cúpula del templo al altar central del aposento. Fue así entonces como las puertas laterales de la bóveda central se abrieron, para recibir el oro bruto de las campañas kalirvalianas. Las carretas entraban numerosas mientras súbditos asistían en el transporte de las materias al laboratorio alquímico central de la ciudad, que se hallaba debajo del gran templo, en un aposento subterráneo donde grandes alquimistas sacralizaban las materias primas del gran imperio.
Tanta era la belleza de aquel acontecimiento. Júpiter los guiaba, los espíritus presenciaban la llegada gustosa de las riquezas extraordinarias, los alquimistas recibían el material que en breve sometían a tratamiento mágico. Todo se daba como una maquinaria divina, consonante absolutamente con el gran Júpiter, que en su podio invisible presenciaba la gran gloria de su pueblo elegido. Los alquimistas subterráneos trabajarían en lo siguiente: en la multiplicación de las riquezas del templo. El oro arribado serviría en la perpetración de la expansión imperial, serviría de motor para la multiplicación de la abundancia kalirvaliana, magnetizando la materia con el núcleo gravitacional del gran Júpiter. Así se haría la gloria y así se preservaría el triunfo eterno de Kalirvalion.
Habiendo cumplido con el gran rito. El gran portal sideral se cerró y los emperadores realizaron el ritual de destierro específico para la operación que acababan de realizar. Los monarcas retornaron a su palacio gustosos y esa noche declararon fiesta nacional en la que todos celebrarían el gran triunfo del imperio.
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