De improvisto te vi pasar,
ahí por los telares de nuestro umbral histórico,
ahí por la guadaña que llegó desde tiempo adverso,
como queriendo decir algo
que el oído captó,
pero que la boca echó volar por aire fresco.
De improvisto te vi marchar,
ahí junto al engaño de nuestro abuelo enamorado,
ahí corriendo a furia, a cual rabiosa jauría olfateara
ceguera en
pasadizo oscuro,
ahí a temple de papel quemado en humedad
de vientre y aliento imprudente.
De improvisto me vi no llegar,
ahí cuando las luces eran tenues,
ahí donde los árboles soplaron bien fuerte,
ahí donde el viento no tocó la palabra que
algunos esperaron.
De improvisto llegué a entender,
que la lluvia no llega en abril
ni los astros se esconden de día,
y aunque la imagen se haya visto grotesca
[en aquel espejo
inexistente],
no hubo espanto capaz de contenerse
a tempo exacto.
Entonces, dime entonces,
¿Por cuánto venderás el terreno que abarcó toda mi sombra?,
¿Por cuántos kilómetros tragarás mi silueta con tal de que te veas muda
ante el espectáculo de los circos?
ante el espectáculo de los circos?
¡Abuela sentencia!,
¡Fuiste liberada en cuanto un cuartel echó cadena!
En acuerdo a presagios subterráneos,
pasando a cuatro espuelas, interrogantes de tanto pesar,
tironeadas por cadenas trotamundas,
belicosas y de tendencia
suicida,
tal como Buñuel y Prometeo en-ca-de-na-do.
Escucho y creo, en suma,
que tu hambre ya sació al hocico,
en limosna menguante de estratos lejanos,
a estratosférico estrepi-centro y devaluado
porvenir.
J.F.
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