A LOS QUE MATARON A LA REALIDAD
Me he pasado milenios
buscando versos que
encajen en esta trama
enmarañada.
Me he pasado en infiernos y penurias
intentando contemplar la fugacidad
de las olas oceánicas.
Así y todo,
no hay nada que pueda decirte,
porque mis poemas siguen siendo
los mismos.
Idénticos fantasmas
Idénticas deidades
Los mismos garabatos
arañados de las fieras
en el sin sentido.
Echaré a volar todas mis
entrañas
como
palomas futuristas,
para que comprendas el aullido
de lobos
sedientos de
la sangre
de poetas confundidos.
Me gustaría que aquellas
bestias devorasen todo el
pragmatismo de los letrados
ignorantes,
aquellos centinelas
de academias asesinas,
sabiondos de leyes doctrinarias
y podredumbres cientificistas.
Porque fueron aquellos
los que mataron a la realidad,
los que condenaron a los astros
a ser números cuantificables
en hojas de cálculo
de algún cretino
sediento de poder.
Es por eso que no puedo callarme,
aunque mis palabras sean
transparencias insignificantes
frente al silencio de la materia
más oscura.
En este entendimiento es
que le he declarado la guerra
a las falsas profecías,
y aun así
sigo vivo,
montando emboscadas
en los coloquios más irritantes,
en las formalidades más
adversas del sectarismo
burocrático.
Si escuchas de mi algún día
en las lejanías de tus fantasías
innombrables,
de tus anhelos más extraordinarios,
recuerda
que he sido yo el deconstructor de
tus cadenas agobiantes.
He sido el poeta que no ha nacido,
pero que ha muerto tantas veces,
aquel espejo que te mostró
el rostro abrupto de tus
verdades más
insospechadas.
H.S.
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